viernes, 4 de junio de 2010

Inmanencia en Los divinos de Calamaro: NDC tampoco sabe de arte.




Un poco de autobombo, como de otras cosas, no viene mal. Sino que lo diga La Brumaria, revista-agrupación de la que este grupo es a la vez continuación y recreación. Nunca Lo Uno, porque no se puede ser no-división de un Uno estallado por todos lados. Los cinco lados de la casa merleaupontyana pero también los lados que son estos lares.

Y por estos lados, además de un Bicentenario de un modesto Estado-Nación[1] que –a comienzos de año- parecía no interesar más que como conjura de un Fondo de Desendeudamiento –es decir: de pago- de obligaciones internacionales pero que –en los 5 días que fueron del 21 al 25- se convirtió en el topoi –es sabido: lugar común- de toda conversación que se dignara de tal,  por estos lares -se decía- también suceden novedades artísticas. Porque ¿cómo no incluir dentro de la pomposa etiqueta de arte la emergencia de un disco, ya sea de una de las figuritas repetidas –o sea: un invitado que no puede faltar a fiesta alguna- del mainstream pop-rockero argentino o de Horacio Lavandera anticipando lo que luego instrumentará con privilegiada acústica en el re-cuperado y cententario Teatro Colón? En cuya reapertura, al igual que en el contextualmente menemista rock chabón, lo que menos importa es lo que sucede arriba del escenario, pero no por fiestera inversión de los cristalizados roles de actores y espectadores, porque lo que importa -así como en el rock chabón el aguante de quienes no asisten a escuchar a su banda sino a ellos mismos en la comunión que funda la transpiración, los trapos y (postCrogmañon) las demonizadas bengalas- es el talante y la elegancia, los otros trapos que visten como signos-síntomas de distinción y pertenencia. Aún si se escuchó La boheme de Puccini la misma cantidad de veces que -gorilismo mediante (anacrónicamente hablando)- la marchita peronista, ya sea en su versión carnavalito, jazz o clásica. Es tan ridículo demandar erudición en la más decimonónica de las músicas a los selectísimos –como lo son todos los elegidos, herederos, de cualquier selección- 2700 asistentes a la tardía y costosa reapartura del Colón como suponer que un músico de una cultura local y mundial a la vez se encuentra exento de la parafernálica circulación de discursos –mediáticos pero también cultos- rondantes en una sociedad informativizada como también lo es la Argentina. En esta dirección, ¿por qué –miserabilistamente- retacear con tanto ahínco a algunos lo que –complacientemente- se concede con tanta facilidad a otros? Hoy cualquier puestero de diarios, el segundo de los sectores más conservadores de una ciudad que levanta como emblema del reaccionarismo al movimiento trasnacional del tachismo, sabe quién fue Foucault: sus libros se venden en sus góndolas, los viajantes en bondi los avistan desde las ventanas del colectivo. Si García leyó a Bukowski, ¿por qué Calamaro no puede haber leído Benjamin y Deleuze?

La elección de autores a citar, popes que suenan bien en la boca del que las pronuncia y mejor en los oídos de quien/es lo escucha/n –motivo por el cual suele/n privar al primero de ahondar en la cita de autoridad de la que pretende derivar su autoritas, juego de manos de estudiante de CBC que considera que puede demostrar erudición spinoziana enumerando los conceptos legibles en las tapas de los libros-, prácticamente como cualquier elección, es arbitraria. En lugar de Benjamin podría haber sido Warburg, en el sitio de Deleuze podría haber jugado Leibniz. Eso, se sabe, es lo de menos. Tampoco es Calamaro lo que importa –no, al menos, aquí-: podría, en su lugar, haber estado Páez, el no-Piazzola, el no-Mercedes Sosa, el no-García. Lo que interesa, como si hiciera falta explicitarlo, es cierto estado de la cultura, el que interpela a la Argentina en al menos algunas de las sociedades de las muchas que laten en su seno. Lo que interesa no es –psicologistamente- inteligir en lo que estaba pensando –o, aún más patéticamente, lo que ha leído- cierto mediador cultural –porque, al fin y al cabo, eso son los músicos, sea Jodos o Calamaro- al momento de escribir una pieza –un cuarto, una habitación-, sino, inversamente, lo que de él puede leerse. Con independencia, por supuesto, de lo que determinado orden socio-cultural considera su productor. Las intenciones, es sabido, son lo menos importante en la comunicación y la cultura –fórmula, desde hace 40 años, de un ministerio francés, recién cercanamente sedimentada en los gobiernos latinoamericanos que, con un delay de 30 años, han comprendido que jamás podrán gobernar con cierta dosis de independencia sin tomar cartas en el asunto de quienes ahora ocupan el satánico lugar de los anarquistamente demonizados Estado-Nación: los medios (es por este motivo que el anarquismo, como las denominaciones primer y tercer mundo, no tienen demasiado que hacer en la arena política [al menos] desde hace veinte años: el neoliberalismo, como ya provocara el pelado puto francés, ha hecho su proyecto y con creces). Es en el marco de una sociedad mundial –pero también local, regional, micropolítica- atestada por el flujo incesante de discursos/representaciones y en el clivaje de lo que puede leerse en ellos con radical independencia de las intenciones de lo que un orden social considera su creador donde se cuecen las habas de lo que se intentó e intenta en el presente texto.

Calamaro representa el frondizismo musical. El neodesarrollismo del pseudo gobierno nacandopista nacional traducido en la fórmula beatle de cuatro estrofas y dos estribillos. El neoliberalismo nacional que Rozitchner[2] el bueno, desde luego, para sonrisa de Verbitsky e indignación de Abraham, defensor más de ausentes que de pobres- lee en las gestiones kirchneristas llevado a la indiscutiblemente personalísima fórmula de canción que ha patentado y permite identificarlo ya sea en el desvencijado más que viejo mundo como en el país del plata. No es tan fácil crear algo –lo que sea: un estilo musical, un texto literario, un mueble de entrecasa- que resulte automática y más o menos unívocamente asociable a su creador. Aquí, como es sabido, la firma está de más. No sólo podría vivirse de sacar discos experimentales[3] o regalar –donar, desechar, execrar- canciones en la web, a base de regalías de pasados hits instalados en las radios y canales de músicas por las mismas discográficas demonizadas en el contexto ballardianamente findelmundista de la antesala del 19 y 20 de diciembre del 2001, sino también de no firmar lo que se edita, dona, regala. A caballo regalado no se le miran los dientes, reza el dicho popular, pero los libros regalados/ofertados en las bateas de los supermercados –allí donde antes había estadios de clubes porteños que, en virtud y defecto, razón y sin razón, de los vaivenes de la economía argentina de los últimos 30 años, y de las consecuencias que ellos derramaron sobre un diagrama urbano más improvisado que programado, debieron mudar (ay) provinciana y ya no capitalinamente sus estadios al Conurbano latinoamericano- en ocasiones resultan desdentados, motivo por el cual no hay nada para ver. Allí están el libro de Calamaro y Rozitchner[4] –el malo, desde ya- y aquel exclusivamente de este último[5], que hasta logró con-fundir a avezados tesistas de grado en que su lectura resultaría pertinente para una investigación sobre las memorias de los pasados políticos argentinos, para demostrarlo.

¿Qué otra cosa que una crítica inmanente a la versión teleológica de la historia, a la teoría del progreso, a la idea del tiempo como continuo homogéneo y vacío, al fin de la historia traducido en la toma del poder del Estado por el sujeto histórico del proletariado, trasunta el verso: ya no existen los destinos/ni siquiera los divinos? ¿Qué otra cosa que un inmanentismo radical pero no por eso feroz que, en el mismo instante que se afirma como oposición a cualquier trascendentalismo, reconoce sus limitaciones a riesgo de caer en una psicosis del puro presente que no puede eyectarse de la mera sincronía para reconocer también el pasado y el presente, implica el estribo: hoy es hoy/ ayer fue hoy ayer? Honda reflexión sobre el tiempo, sobre la imprescindible necesidad de vivir cada minuto que se pisa, sobre el uso político del tiempo y del estar-en-el, pero también reconocimiento que, como la vida, lejos de la eternidad, él es finito, y que, por ende, lo que ayer se absolutizó hoy no son más que cenizas, cenizas de las que nada nacerá salvo el presente que se vive y el futuro que se vivirá, cenizas que se dispersarán en el terreno cuando se largue a volar el ave de la memoria. Calamaro ha tenido sus polémicas declaraciones sobre la dictadura, nunca del todo claro si son golpes de efecto destinados a instalarlo en la escena mediática –opinión pública- de cara a un reciente disco o nuevo show, o sinceras –por más provocativas o poco oportunas que resulten- manifestaciones de principios, pero que, como las referencias a uno de los recientes desaparecidos por la policía -Luciano Arruga- por parte del boricua Calle 13 en un show en Rosario, en tanto que discursos, se instalan en una red de pares y desde allí distribuyen sus efectos, ya no volviendo a ser exactamente el mismo el campo en el cual operan antes de su emergencia en él. Es por este motivo que, cara a la postura provocativa que el diario adopta como línea editorial, Barcelona no agitó el avispero cuando tituló que las formas políticamentecorrectas de referirse a los pueblos originarios, a las personas con capacidades diferentes, a las mujeres en situación de prostitución o los homosexuales –indios, discapacitados, putas y putos-, no había cambiando un ápice las reales condiciones de existencia -las condiciones de existencia materiales- de los ab-orígenes, de los dis-capacitados, de las trolas y de los maricas: es decir, políticamentecorrectos, de los pueblos que estaban desde el origen, de las personas que no poseen las capacidades que ciertas configuraciones culturales dictan como normales, de las mujeres y hombres que ejercen la prostitución y de quienes –Milk mediante- son llamados y se autosubjetivan gays, palabra que, como es sabido, también quiere decir divertido. La machista asociación entre homosexualidad y, no sólo diversión, fiesta, des-control, sino, fundamentalmente, alegría, sonrisa constante, buena onda a toda hora: lo que en el barrio podía ser llamado pelotudez alegre. Casi, homofóbicamente, como si los putos no tuvieran derecho a la seriedad, a la parquedad, a la tristeza. Escatológicamente, a la cara de culo. Elogio del caraculismo. Los putos con Perón, a lo cual, desde la otra tribuna, ahora en Provincia/Latinoamérica y ya no más en Capital/París, se replica no somos putos no somos faloperos somos los soldados de Evita y el pueblo. Que homofóbicos peronistas ya no puedan cantar esto en manifestaciones públicas es una demostración simple de que el modo de llamar lo que se nombra no resulta inocuo sino que posee sus consecuencias.

¿Qué otra cosa que la reciente mudanza de los históricos edificios de las instituciones fundantes del bicentenario Estado-Nación argentino del centro de la ciudad hacia su periferia, por obra y gracia de negocios inmobiliarios que pretenden levantar torres allí donde existían casas decimonónicas o de comienzos del siglo XX, puede significar un verso como: cuando te quedás adentro/mientras se derrite el centro? No importa lo que cierto personaje pensó a la hora de escribir tal o cual frase: lo que importa es lo que nosotros pensamos a partir de ella y de él. Incluso, desde ya, a contrapelo de su melena.


Notas:

[1] Gruner, Eduardo, “Fin de fiesta y bicentenarios varios”, domingo 30/05/10.
[2] Conversaciones en el Impasse. Dilemas políticos del presente, Colectivo Situaciones, Bs. As., Tinta Limón, 2010.
[3] “Roca y camino”, Suplemento Radar, Página/12, domingo 9/5/10.
[4] Calamaro, Andrés, Rozitchner, Alejandro, Tirados en el pasto, Bs. As., Ed. Sudamericana, 2000.
[5] Rozitchner, Alejandro, El despertar del joven que se perdió la revolución, Bs. As., Ed. Sudamericana, 1998.


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