jueves, 10 de diciembre de 2009

¿No damos cátedra?






–¿No damos cátedra?


–Sí. Ese ha sido el nombre que hemos querido darnos, hace ya más de un año. Pero antes de ponernos a explicar el por qué de éste, quisiéramos acercarles una pregunta, que es también un problema, que aún hoy nos inquieta y nos reclama seguir pensando: ¿es posible hacer experiencia de otros modos de producción de conocimiento no parcelados por la máquina-academia? Decimos que la academia es una máquina que opera cercando las tierras comunales del intelecto. De la misma forma en que el trabajo vivo produce a su opuesto –el capital, trabajo muerto acumulado-, la academia se nos aparece como la privatización de la inteligencia del común. Esta mercantilización requiere, asimismo, que la máquina produzca la escasez de su producto, es decir, que recorte de entre un inagotable fondo –sin fondo- de saberes comunes, una propiedad plena de sabiduría. La certificación académica, el anhelado título, compondrá así con el capital una perfecta máquina: soportará una dominación basada en el principio de la desigualdad de las inteligencias. El mando del capital sabrá vestirse así con los ropajes de la racionalidad y/o de la naturaleza. En todas partes no habrá ya más que ordenamiento policial de los cuerpos –ese mal hábito de la/s jerarquía/s-; a cada cual le corresponderá, pues, hacerse del lugar que le ha sido asignado como propio en el reparto, ocuparse de lo suyo. Estudiante será quien sepa consagrarse a la servidumbre.


¡Pero si son Uds. unos privilegiados! ¡Hablan de la academia cuando persiguen el mismo título del que reniegan! –se nos dirá. Es cierto. Pero cuando no hay afuera del capital ¿adónde podríamos ir? Indefectiblemente en él, intentamos pasar de un espacio a otro, haciendo lo posible por no golpearnos. Habitamos la máquina, somos producidos por sus dispositivos. Empero, así como el hecho de que el capital produzca industrialmente modos de vida no elimina la emergencia del antagonismo, habitar la máquina no impide que le hagamos sabotaje. Al igual que cualquiera, somos capaces de resistir al dominio del capital creando alguna otra cosa. Un desafío nos consume: desalambrar las tierras comunales del intelecto. No profesamos la arrogancia del propietario en territorio conquistado; quisiéramos que los campos que habitamos dejasen de ser dominios. La experiencia del borde resume así lo impensado mismo. Afirmar la ruptura; fugarse sin por eso arribar a ninguna parte. No el afuera, sino el entre. Podemos la autogestión; podemos lo que cualquiera puede. La proliferación de experiencias de autoorganización en los márgenes de la máquina-academia remite a una verificación en acto de la potencia común del intelecto; un indicio de otros modos de ser-en-común que escapan a la forma-mercancía. No se sabe de dónde vienen, pero vienen, se encuentran. La máquina procede consagrando separaciones, produciendo jerarquías; nada hay más peligroso para ésta que la confusión. Nosotras/os no queremos reparar en sus codificaciones; sabemos que esa puerta ha sido hecha para solicitarnos, mas nuestras miras apuntan hacia otra parte. Hemos nacido para contribuir a la confusión generalizada; queremos volvernos indistintos. Indistintos, no uniformes. Ante el muro de la normalización, quisiéramos abrir pasajes, grietas, poner en funcionamiento otras tantas máquinas contra el Estado. No consideramos nuestro pensamiento un ministerio, no buscamos impartir órdenes; queremos hacer experiencia de la potencia común del intelecto. Hemos querido nombrar aquello que hacemos como “investig/acción”, es decir, una investigación que se reconoce a sí misma acción. Un encuentro con el otro –en el que nosotras/os también nos encontramos-, un dejarnos afectar por la situación abierta. El nuestro es un taller de co-producción (de saberes disidentes en torno) de modalidades de vida urbanas. Envueltos en ellas, confundidos en ellas, hacemos experiencia, actualizamos, inventamos otros posibles. Ni un soliloquio, ni un coloquio, ni un paper. Polifonía de voces, resonancias múltiples –irreductibles a lo Uno-, recombinaciones, afinidades. Crear, pensar, delirar. Es pretencioso, lo sabemos. Pero también sabemos que la potencia del hacer/pensar común nos asiste. Nuestra apuesta es por la autoorganización del trabajo vivo, la cooperación y el apoyo mutuo. No sabemos cómo hacerlo. Para encontrar los modos hemos puesto a andar un co-laboratorio contra la privatización de la experiencia, un pensamiento sin buró central, una máquina delirante. Pero, ¿qué son todas estas etiquetas? No más consignas; se trata de dejar de repetir, reanudar el juego y así poder escuchar la música, derribar los muros. ¡Ah!, teníamos que contarles el por qué de un nombre… bueno, sencillamente, porque no hay jerarquía en la ignorancia.



Indisciplina urbana


¿Cómo confundirnos con los otros y sus saberes? Esta es la pregunta a la que buscamos inventarle, al menos precariamente, alguna que otra respuesta. Un año hace ya que le damos vueltas. ¿Cómo dejar atrás los cercamientos disciplinarios?, ¿cómo recombinar nuestros saberes con otras disciplinas?, pero también, ¿cómo producir desbordando las separaciones consagradas, trascendiendo la academia y su producción industrial de modos de ser –modos de ser que, sabemos, arrastramos en torno nuestro-? O lo que es lo mismo, ¿cómo producir indisciplinadamente? El pensamiento remite siempre a la apertura de problemas. A éste poco le importan las propiedades, nada sabe de cercos disciplinarios, se confunde fácilmente. Se trata de poner algo en común, y ya se puede echarlo a andar. No hay que privarse, para esto, de ir a ver qué pasa al lado. No confinarse; por el contrario, hay que ser impropios. Al encuentro con el otro emergen los saberes comunes, las afinidades, las complicidades. Ser libre significa no ser función. Tampoco disciplina. El pensamiento no observa límites. Es por esto que, al encuentro, nos hemos encontrado implicados, envueltos en la situación. A partir de allí comenzamos a pensar, incluso contra nosotras/os mismos. Nos sorprendimos al ver emerger la desmesura de la metrópolis urbana como un interrogante –y ya no como una propiedad-. Quisimos pensar la máquina y sus dispositivos específicos, y hasta incluso aquello que, al mirar, no se deja ver, es decir, que aparece como el puro medio del medio: la máquina mediática-espectacular. La metrópolis nos reclamaba, asimismo, pensar las subjetividades emergentes, aquello que resulta del encuentro de los cuerpos y dispositivos. Los modos de ser-en-común. Hay allí un conflicto latente, lucha, antagonismo. Y quisimos tomar parte, porque formábamos parte. Esgrimiendo algunos saberes menores, nos arrojamos a la tarea. Y compusimos algunos textos, algunas máquinas mutantes. Buscábamos algo en común y no un terreno que cercar. Y en el camino encontramos algunos cómplices. Decimos que queremos crear un urbanismo indisciplinado, aún cuando nada tenemos que ver con el urbanismo. Porque, al igual que cualquiera, podemos servirnos de él. En este cuadernillo abordamos algunas percepciones en torno a lo urbano que nos urgen poner en común. Son parte de una producción fragmentaria, que se quiere en situación, que se piensa envuelta en ella y con ella se produce, se altera y compone. Al pensarlas nos pensamos a nosotras/os mismos: de eso se trata la autonomía.



Nota: este texto pertenece a nuestra revista "pensar el espacio, resistir el desalojo". Se puede bajar acá o pedírnosla en formato papel a nodamoscatedra@gmail.com



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