miércoles, 9 de febrero de 2011

Una muerte nunca vale




Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
Federico García Lorca, Alma ausente

Una muerte nunca vale otra muerte, y no porque la singularidad de sus circunstancias se rebelen irreductibles a lo Uno, ni porque aún resuene, siquiera a modo de farsa, la consigna montonera: 5 por uno no va a quedar ninguno. Y es que, finalmente, la personificación de la muerte, su arcaico anhelo de inmortalidad, de permanencia más allá de la descomposición del cuerpo, acaba siendo capturada por la máquina axiomática de la tanatopolítica, valorizada y arrojada sobre el campo santo para competir por los laureles de la gloria junto con múltiples otras muertes. La cuestión, pues, yace en indagar cuál es aquel parámetro de medición capaz de soslayar el abanico de singularidades que hace de cada muerte una muerte única e irrepetible –muerte, resta decirlo, hasta devenir gato, hay una sola-, parámetro a partir del cual de una multiplicidad de muertes podría extraerse La Muerte, que no sería una, indeterminada, sino muerte soberana. Si la pregunta fuera por la muerte en cuanto acontecimiento inclemente, tiro de gracia que arranca del cuerpo la última experiencia del último suspiro, tal vez se podría inquirir su precio –que siempre es justo, ¿o acaso alguien se cree capaz de ocupar el lugar de tercero de apelación cuando de ponerle precio a una muerte se trata?- en el mercado negro de sicarios, barrabravas para-policiales y mercenarios. Pero no es del acto de matar a lo que se trata, sino de aquel estado de continuidad irrepresentable en que la vida emerge displicente como radical excepción. ¿Con qué parámetro medir, entonces, las diversas muertes para hallar aquello que hace que una muerte nunca valga otra muerte: cantidad de lágrimas derramadas, de días de duelo padecidos, de personas movilizadas al entierro, a la Plaza (¿será acaso que con la muerte de Néstor, como con la de Evita y Perón antes, la Plaza devino cementerio –no así con el poco recordado bombardeo del ´55, pues no es en los cementerios donde se mata, sino en los campos de concentración y de batalla-?), longitud de avenidas berazateguienses con el nombre del difunto mayor, diámetro de baldosas memoriosas con el nombre del difunto menor (¿cuántas baldosas vale una avenida?), altitud de montículos de piedra, exotismo de flores entregadas, cantidad de caracteres del epitafio, costo del mármol de la lápida, de las cruces de madera reciclada? Si tomáramos alguno cualquiera de tales parámetros al azar, ¿podríamos responder cuántos Marianos vale un Néstor? ¿Cuántos Robertos y cuántos Sixtos vale un Mariano? ¿Cuántos Bernardos, cuántas Rosemaries, cuántos Juanes, cuántos Julios? ¿Y cuántos n/n vale cada uno y una de ellas? ¿Alguien sabe de quiénes se trata? ¿Podríamos tal vez medir las muertes por la cantidad de recuerdos que sus nombres despiertan? A las muertes no se las mata con el olvido pues nadie puede morir dos veces, apenas se las torna insignificantes, vanas, sin-sentido, indignas.


Imágenes.

 


Y con qué fin toda esta dialéctica en historia
para qué ir al paraíso estando muertos
para qué buscar la gloria estando vivos
si la gloria está muy lejos de este huerto.
Loquero, Esculturas

Un campo –sí, otra vez, todos a la vez: de juego, de concentración, de batalla, campo santo- inmerso en la intensidad de una ciudad a la que nunca le importó, franqueado por avenidas en que circulan privaciones advenidas al encierro automotor. / Un puente haciendo las veces de palco preferencial, de tribuna de Coliseo o elevación del terreno desde el cual dirigir los movimientos militares. / Miles de fogatas alumbrando la metáfora de la pérdida irreparable, astros fulgurantes caídos al ocaso de los villeros. / Madres llorando y pidiendo por sus hijos. / Varones sin saber qué pedir pero sí cómo hacerlo: afilando el machete contra el guardarrai del puente. / Jóvenes obscenos recién desembarcados del pre-metro jugando a ser corresponsales de guerra sin cámara ni grabador, incapaces de testimoniar lo que no se atreven a mirar.

Cuando imágenes inasibles por discursos imprudentes hacen estallar nuestros modos habituales de decir, las preguntas por el testimonio –no sólo por el cómo sino, sobretodo, por la elección de lo que se dice sobre el fondo de lo que se calla- se disparan al aire sin solución aparente más que la verborragia de pretensiones redundantes y elocuentes hábiles para enmarcar todo acontecimiento en las letras de titulares gráficos y zócalos televisivos. Expresiones harto ponderadas de afán sobrecodificante cargan con la simpleza de nombrar aquello que, por (in)definición, carece de nombre y acaban escabulléndose en la insensatez de lo que se repite, y se repite, y se repite sin mediación reflexiva alguna. La violencia desnuda y descarriada sobre un espacio en que el formalismo de la otra violencia –la monopólica del Estado- se limita a habitar desde el diagrama distante de la avenida es calificada de zona liberada, aunque lo que allí suceda poco tenga que ver con la idea de una liberación. Sin demasiadas avenencias, propongo arrancarle al significante la pregunta por el objeto indirecto de la acción escondida tras la argucia del participio: ¿liberada de quién: de la palabra, del discurso político, del orden pretérito, de la ley, del Estado?
Las imágenes de la ocupación del Parque Indoamericano durante los momentos de conflicto entre “vecinos” parecían salidas de la descripción del estado pre-social hobbesiano en que el hombre lobo del hombre –no así la mujer, que en las tomas de tierra, como no lo hubiera permitido incluso un acérrimo libertario como Buenaventura Durruti, resulta la primera en escapar del aplomo de la retaguardia para arrojarse impávida a la solemnidad de la batalla- se lanza a una guerra de todos contra todos hasta que, finalmente, acaba solicitando al soberano imponga la seguridad del cerco gendarme. Pero el paso de la historia no admite retrocesos, menos aun a instancias míticas. Cuando el monopolio de la fuerza decide actuar por omisión sobre tal o cual localización, cuando opera un dejar hacer - hacer matar entre cuerpos marginales en abierta disputa, lo que allí acontece no es el retorno a un momento en que la ley aún no se hubiera inscripto, sino el desgarro de su propia línea de inscripción, la apertura de una grieta en el trazo indeleble que el significante en letra mayúscula ha dejado tras su arrasamiento originario. Más que retorno a un estado pre-social, la zona liberada en el Parque Indoamericano conformaría el reverso de un Estado de excepción: no confirmación del poder soberano sobre la pura vida biológica, sino producción de las condiciones para el reclamo de su intervención.


Palabras.



Escuchar a alguien es ponerse en su lugar mientras habla. Ponerse en el lugar de un ser cuya alma está mutilada por la desgracia o en peligro inminente de serlo es anonadar la propia alma. (…) Por ello a los desgraciados no se los escucha.
Simone Weil, La persona y lo sagrado

- Vengan con nosotros que es peligroso, somos vecinos, venimos a manifestarnos para que los ocupantes se vayan.
- Mi hijo, mi hijo está abajo, lo van a matar.
- Corré, corré, corré.
- ¿Van a bajar o se van?
- ¿Realmente tienen necesidad de quedarse?, los van a matar.
- ¿Querés que demos la discusión política ahora?
- Vayan, vayan a hacernos el aguante desde el Jumbo.
- Quiero ir a mirar, estar ahí, verlo con mis propios ojos.

En la zona liberada del Parque Indoamericano, allí mismo donde la Ley se desgarra y el significante se agrieta, no hay lugar (o: hay no-lugar) para el debate político. Las palabras se lanzan y se pierden como escupitajos impotentes al calor de las fogatas, el verbo se escabulle y cobarde se exilia en recintos equipados con aire acondicionado y sistema de audio. El orador de palco y tribuna se muerde la lengua y atraganta con las (s)obras del arte de su retórica, mientras los cuerpos afectados por la erótica del combate defienden impertérritos su vida y su tierra. ¿Asistimos, en tales acontecimientos, a un agotamiento de la palabra, un desborde de los hechos más acá de las fronteras del verbo, emergencia de la imposibilidad de decir, de testimoniar?
La experiencia límite de la muerte es, por antonomasia, aquella sobre la cual nunca nadie podrá dar cuenta, intensidad nirvánica cuando irrumpe, continuidad inexpugnable al instante, a la que la vida no puede más que rendirle culto. Cementerios, placas recordatorias, epitafios, animitas, mausoleos, espacios de la memoria, no podrán jamás evocar la muerte: triunfo ostensible del olvido. Así pues, si su emergencia prodigiosa lleva consigo a cuestas, como un jorobado su joroba, la imposibilidad de la palabra, el destierro anticipado de esta última, ¿anuncia de manera afónica el cortejo fúnebre de los cuerpos silenciados?
Lejos de satisfacer una condena soberana, el silencio conforma la expresión de una resistencia, más que el anuncio del fin de una vida, tal vez –bien lo saben quienes padecieron, detenidos y desaparecidos, las confesantes torturas cívico-militares- la única posibilidad de su supervivencia. Y es que, valga la aclaración, el silencio no delata la imposibilidad de decir, sino la elección de no hacerlo. Lo que mata no es el silencio ni denuncia éste el agotamiento del lenguaje que –al igual que el Estado-, una vez pronunciado, ya no admite su retorno a una mítica lengua pre-babélica. Lo que mata, con implacable sutileza y masiva efectividad, es la ausencia de una escucha atenta. Si de algo fue liberada la zona del Parque Indoamericana fue justamente de ella, de la posibilidad de las y los ocupantes a ser escuchado su reclamo, de que su discurso fuera tenido en cuenta en igualdad de condiciones que los discursos mediáticos, de senadores y diputados, de funcionarios, de militantes renombrados y vecinos indignados. La vulneración a los y las ocupantes de su derecho a ser escuchados constituyó su asesinato en cuanto sujetos, generando a su vez las condiciones para el posterior aniquilamiento impune de los cuerpos.


Experiencia.



Me niego a pensar que hemos sido derrotados, que las vidas secuestradas, torturadas y asesinadas por los estados terroristas de este vapuleado planeta tierra fueron en vano.
Fun People, Spirito del 77

Compañeros de la Asamblea de Flores ocuparon algunas de las tierras del Parque Indoamericano. El viernes 10 de diciembre a la noche, luego de ir a la reunión especial de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, fuimos desde el bachillerato popular “20 Flores” hasta Soldati. Llegamos al Supermercado Jumbo minutos después de que asesinaran al pibe de 19 años, mientras en el predio nuestros compañeros intentaban sacar a uno de los heridos, a quien le habían aplastado la cabeza y explotado un ojo. Caminamos hasta el puente, allí nos quedamos inmóviles observando desde arriba las cientos de fogatas prendidas por los ocupantes para pasar la noche, mientras alrededor nuestro mujeres lloraban y nos pedían el celular para llamar a sus hijos que estaban abajo, y otros vecinos marchaban con facas y machetes buscando entrar a desalojar a las y los ocupantes. Se escucharon nuevos disparos y salimos corriendo. Al rato nos llamaron nuestros compañeros que estaban en el predio para que nos acercáramos nuevamente al puente. Les dimos algunas aguas que les habíamos llevado, les dijimos que por qué no se iban de allí, que los iban a matar, que los ayudábamos a salir. "¿Querés que demos la discución política ahora?", nos contestaron. Nos fuimos. 
Las imágenes desmedidas, imposibles de ser capturadas en toda su intensidad por las cámaras televisivas, la experiencia del terror a perder lo más precioso que nos queda cuando todo lo demás carece de sentido, me hicieron pensar sobre la violencia desnuda que adviene cuando la palabra se ausenta. Miedo y vergüenza, tonalidades emotivas emergentes ante situaciones que exigen el suficiente tiempo de reflexión para una elaboración que no caiga en la imprudencia de la declamación. Ya no se trataba de una lucha por la tierra, sino por la vida de quienes estaban en el predio. Ellos eligieron no salir, ¿qué es lo que moviliza a que alguien decida arriesgar su vida de tal manera? Tal fue la pregunta que motivó la escritura del presente texto. Tal vez será que, contra los argumentos de Oscar Del Barco para injuriar a las organizaciones armadas de los ´70, no toda vida vale lo mismo. Tal vez será que, quienes optamos por no bajar aquella noche, decidimos que nuestra vida –y, por ende, nuestra muerte- vale más que la de quienes decidieron quedarse en el Parque aquella noche.

         Arrellanado en un estrato más profundo y arcaico que la expresión consciente de un ideal o de un deseo, el anhelo por la inmortalidad –en sus múltiples formas y colores: encarnación, resurrección, supervivencia del doble- no escatima exigencias de tipo alguno a los actos en cuyos efectos se juega la sobre-escritura del nombre. La heroicidad del combatiente y la gloria del militante constituyen, dentro de los estrechos márgenes del campo de lo político, las esplendorosas ambiciones por medio de las cuales se apresta a afrontar el riesgo a la muerte, el segundo de los mayores miedos del individuo –el primero: el olvido. Muerte y olvido conforman, por superposición –pues cuál es el fin de la memoria (así como de los cementerios y museos) sino el absurdo intento por preservar aquello que se ha ido-, el ineludible destino sobre el que pende el sentido de la persona. Para el combatiente heroico y el militante que busca la gloria, dar la vida por un ideal es el precio que deben pagar por alcanzar la inmortalidad: paradójica peripecia de superar la finitud de la duración habitando el recuerdo del más allá. Pero la vida no se da tan sólo en el momento excepcional en que la muerte deviene posibilidad tangible, sino también –y sobretodo- mucho más acá: en la cotidianeidad de los ámbitos por los cuales transitan los afectos, allí donde el pensamiento resulta inescindible de los modos de ser. Aquellos instantes de confusión, aquel pastiche de emociones del que ni el yo ni el nosotros son capaces de dar cuenta, conmueven la emergencia de lo impersonal –dimensión anónima y pre-individual- que yace silencioso en cada uno. Aquellos instantes en que los ideales dejan de ser un horizonte lejano a alcanzar mediante la entrega incondicional y se funden con lo habitual de la existencia de un modo que resulta inaprensible para la máquina axiomática de la tanatopolítica, apartan de un manotazo el velo de la apariencia para dejar al descubierto la evidencia de que, finalmente, una muerte nunca vale, pues las formas-de-vida son lo único que cuentan.


martes, 30 de noviembre de 2010

La imagen-buzón. Hablando de procesos de experimentación colectiva.





¿Qué contar de no damos cátedra? ¿Cómo, al hacerlo, no venderles un lindo buzón? Bueno, ¿qué sería venderles un buzón, no? ¿Qué decirse a sí misma? Y entonces las identidades, los presupuestos, los como sí que nos ponen debajo un fondo de lenguaje y/o experiencia común emergen. ¿Idénticas a qué?, nos decimos. Sentimos así que quizás haya que remover el suelo a nuestros pies.

¿Cómo hablar de los llamados procesos de experimentación colectiva, o, también, de lo que ahí emerge, ingobernable, allende todo membrete? Antes que a etiquetas, quisiéramos referir aquí a experiencias inconfesables que consideramos educativas, modos de habitar, de ser-ahí. Pero qué difícil, ¿no? Y es que decir no es asir. Luego, ¿cómo decirnos? ¿Cómo exceder la etiqueta?

No diremos que somos –¿idénticas a qué?-, mas sí que nos estamos haciendo y deshaciendo. No diremos tener gobierno alguno sobre aquello. De todo se nos escapa. Nuestro despliegue informe de la potencia, empero, no es sin algunos apuntalamientos. Así sea que los excedamos todo el tiempo, ése que estamos siendo. Eso quisiéramos, mejor. Pensar ese hormigueo de instantes que somos es mutarnos, estar en lo abierto. Y quizás esa mutación sea lo que signifique hacer experiencia. Significación sin amarras, sin raíces. O sólo algunas pocas e insustanciales. Diremos que somos una colectiva delirante en autoformación.

¿Cómo hacernos de la experiencia del afuera? No vendemos buzones. No hay saber del ahí. Ensayamos el cómo. Diversión acomunada, agrietamiento y fuga de la temporalidad aplanada, mas no sin arrugas, del equivaler generalizado. Informidad de cuerpos que se tensan donde no hay mando ni gobierno, sino un estar envueltas las unas en las otras, una confusión sin presupuestos ni buró: no damos cátedra como máquina delirante, no idéntica, en autoformación, un hacerse y deshacerse que reverbera sobre sí, que ralentiza el movimiento a la vez que no se detiene, o, también, que activa sus devenires, resonancia de múltiples devenires sin centro alguno más que eso que pasa –se encuentra- en nosotras/os. El afecto como fugacidad de un vínculo que nos tiende un fondo, que ensambla cierta sedimentación, que no su propio Estado, al que conjura.


viernes, 26 de noviembre de 2010

Nosotros, los bahienses





Ayer concurrí a mi primer marcha en mi ciudad natal. Mi espíritu coleccionista/taxonomista/perfeccionista me ha llevado a la búsqueda de inicios perfectos. En los inicios, en los primero de /cualquier cosa/ he tratado obsesivamente la perfección. Desde la colección de figuritas, pasando por la construcción de colecciones de objetos y hasta en el inicio de cualquier actividad que lleve adelante. La búsqueda de un inicio perfecto es la condición indispensable para la perfección final. Será que la falta de perfección en el inicio habilita el abandono de la empresa, en fin.

En esta primera marcha en Bahía tuve un inicio cuasi perfecto. El motivo era el correcto, era EL motivo. Condición de posibilidad de la constitución de una vida política en Bahía aceptable era un inicio como este. Si debía asistir a una marcha en Bahía Blanca esa marcha debía ser contra La Nueva Provincia, mi primera obsesión política (junto con la dictadura) allá cuando tenía 14 o 15 años. Además, lo que lo hace mejor aún, fue absolutamente improvisada, estaba de casualidad en la ciudad, me enteré de casualidad y casi que caminé hacia el centro de la plaza casualmente, con miedo, solo, distante, expectante, para recibir de una simple caminata de dos cuadras lo que no sentí en 27 años de bahiense.

La ida de la ciudad previa a la edad universitaria y mi falta de conocimiento de ese ámbito me alejó también de experiencias de militancia en la ciudad. Todas mis experiencias de militancia se desarrollaron en Buenos Aires.

Llego al centro de la plaza desde una de sus esquinas, escondiéndome en mis bolsillos. La soledad en una marcha siempre fue algo que me fue difícil de llevar. El primer grupo de personas que veo es chiquito, unos 5 o 6 charlando. Identifico a un hombre, alto, de barba, muy alto, grandote, pero de esos grandotes que no intimidan, un grandote de unos 60 con amigable sonrisa, ojos alegres, entusiastas. Lo conozco de cuando iba a los Juicios por la Verdad, cuando tenía 15 o 16 y empezaba a hacer algo por mis inquietudes políticas. Veo una mujer charlando con él y me esperanza la posibilidad de que sea Mirta Colángelo, a quien hace un par de años no veo. No es. Paso por su lado, voy girando en torno al monumento central y apunto a un árbol buscando algún punto de referencia donde no sentirme tan solo. Me apoyo allí, contemplando a la JP y sus banderas y cantos. Que difícil militar en Bahía, pienso. Son 4, pienso. No son 4, son más. Cantan a favor de Cristina, son muy jóvenes. Algunos, tímidos, parecen asistir a su primer marcha militante. Cerca mío un par de chicas de la facultad (que acá se dice Uni). Una de ellas docente, comenta sobre su trabajo, vino en bici. Yo llegué en un Tiida, pienso. “¿Se puede militar con gente con la que se tiene tal diferencia vehicular?”. Tal vez haga falta comprase una bici, consenso.

Partimos de la plaza. Me encuentro caminando en la columna de la JP tras una bandera que dice “Juventud Kirchnerista”. Un poco incómodo por el tag me termino corriendo al llegar a la punta de la plaza. Voy vagando entre las banderas, miro el celular constantemente como único punto de referencia, lugar de encuentro con quienes son parte de mi vida y no están ahora. Solo allí comienzo a buscar comunidad. Me da vergüenza no estar del todo seguro donde está el edificio de La Nueva Provincia. Entre mi falta de orientación geográfica crónica y mi poca familiaridad con el transito cotidiano por estas calles trato de seguir a los co- como sabiendo hacia donde vemos. Veo unas banderitas de 678 y por alguna extraña razón me siento más familiarizado. Alguna vez pensé que una de las pocas cosas lindas que tiene la globalización son los puntos de referencia globales que al ser también puntos locales pueden remitir a la localidad estando al otro lado del planeta. Ya me pasó en Londres, donde me sucedió algo tan estúpido como que un McDonalds fuera lo único conocido, lo único que podía conectar a mi lugar.

Dejamos la calle de la plaza y ahora nos rodean comercios. Los comerciantes, apostados en la puerta de sus propiedades, nos miran. Espectadores de una manifestación, han salido todos a las puertas, todos. Los miro extrañado y comienzo a sentirme parte. No soy ellos, soy estos. Aquí, de este lado, donde hay alegría, donde se camina charlando, cantando, donde un desconocido como yo camina como un compañero, también se es bahiense. Allá, mirando el espectáculo, interrumpiendo la labor comercial por la fuerza, reaccionando como todos esperan, poniendo cara de desaprobación, colocando la marcha en un escenario teatral, cómodos, los otros. Bastó esa cuadra para cambiar la mirada sobre mí mismo, la ciudad y sus habitantes.

Camino junto a un grupo de desconocidos con los que me siento identificados políticamente y puedo visualizar, son carne, frente a mí, a aquellos por los cuales he puteado tanto a esta ciudad, a aquellos por los que tal vez nunca me sentí del todo cómodo en ella, y a aquellos por los que acelere mi salida todo lo que pude.

Comencé como un etnógrafo, terminé siendo parte. Recorrí esas mismas calles en las que me crucé con los vestiditos tantas veces, esos que miran de costado, que se fijan en lo puesto, que tienen padres bien. Recorrí esas calles, las mismas, mismitas, en las que nunca me sentí cómodo caminando. Esas calles en las que aceleraba el paso, esquivando gente, sin mirarlos. Las que recorría como un shopping, intentando esquivar el camino diseñado para ir directo al punto, a comprar una zapatillas, un disco, a tomar el bondi, pasar, entrar y salir.

Esta vez el recorrido se hace cuerpo social, se extiende en colectivo y modifica el paisaje. Me estiro cual goma y soy/somos todos. Una sensación de comunidad que no corresponde a la frialdad del clima, de los transeúntes, de la ciudad. Lo que era caminata aislada, lo que era evitar al otro, se hace cuerpo colectivo, se hace contacto. Los vestiditos siguen allá y acullá. Pero el recorrido es pura extrañeza. Ya no son los que eran. Esas mismas calles donde la sociedad bahiense se reafirmaba a cada paso comienza a modificarse con la irrupción de un nosotros.



Nota: este testo ha sido traído desde práctica discursiva. Lo leen acá

sábado, 20 de noviembre de 2010

El dormidor (o la máquina que venció al insomnio)





¡Qué se vote!, aúllan los rubios animales de presa en las noches de asamblea llena.

¡Qué se vote, qué se vote!, corean con el puño izquierdo en alto, aquel que lleva el reloj pulsera.

Ya es hora, se dicen somnolientos en gemidos y bostezos, deseosos por desfigurar el círculo sin contorno, metáfora geométrica imposible de la comunidad de iguales.

No va más, canta el grupière y hecha a rodar la bolilla y pone a girar la ruleta –negro, el cuatro.

Acallemos al orador, indispongamos nuestros oídos a la desatención, sustituyamos la palabra por el número, la retórica argumentativa por el conteo de manos alzadas.

Que nosotros trabajamos, ni vagos ni holgazanes, queremos estudiar, ir a nuestras casas, descansar, retornar –como lo hubiera querido el General.


CONTRAMOCIÓN:

Abolición del sueño (no del amo, no del esclavo, no de Dios, no de la producción ni de la reproducción [heterosexual] –tal vez, en próxima votación).

Muerte al agotamiento, que el desfallecimiento desfallezca, larga vida al desvelo, utopía del pleno rendimiento.

Y así fue que nunca más alguien durmió, la vigilia sempiterna se apoderó de los cuerpos, epidemia universal de insomnio.

Los días se volvieron uno con las noches, las almohadas vírgenes, los lechos vacíos, los párpados suspendidos, el calendario deshojado como margarita, como carpeta de escuela a fin de año.


Hasta que un lúcido inventor creó...

         El Dormidor: el primer y único despertador que te manda a la cama a dormir 
(con o sin cenar).