Mostrando entradas con la etiqueta flâneur mixto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta flâneur mixto. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de mayo de 2010

Haití no estuvo aquí




Entre los ecos de la fastuosa celebración del bicentenario de la Revolución de Mayo, uno que todavía me repimporotea es el de la Galería de los Patriotas Latinoamericanos, inaugurada el último 25 de mayo por la presidenta Cristina Fernández en la Casa Rosada. Se trata de 24 retratos de figuras políticas de distintos países de América Latina, algunos de los cuales, hay que destacarlo, hubiera sido impensable ver expuestos en ese contexto.

No es la intención hacer una crítica sobre la selección de esas figuras, porque desde Althusser y sus aparatos ideológicos del Estado en adelante, es una perogrullada andar llorando sobre lo selectivo que puede resultar, por ejemplo, el contenido de una proyección histórica sobre el Cabildo, como clamó entre lágrimas el diario La Nación. Cualquier historia está matizada por una ideología. La que escriben los que ganan y las otras historias, a-discursivas, orales, corporales y jalonadas desde abajo por los pueblos. Algo de esas otras historias, dinámicas, en constante movimiento, comienza a filtrarse en los resquicios institucionales y, de una u otra manera (edulcorada, empalagosa o sin aderezos), aporta a la construcción del mito de las naciones latinoamericanas. De hecho, se homenajeó a personalidades que debieron esperar añares para ser reconocidas por estados a los que, en su configuración actual, tal vez hubieran combatido, como Tupac Amaru, Tupac Katari, Bartolina Sisa, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Farabundo Martí y Augusto Sandino.

Dentro de esa selección uno puede entretenerse haciendo la sub-elección que más le guste para su propio altar, porque algo de museificación también tiene. Esa diversa posibilidad de combinatoria habla menos de contradicciones que de especifidades de cada momento histórico y en cada país. Porque no es lo mismo abrazar el trinomio San Martín-Rosas-Perón, que al tridente San Martín-Evita-Ché Guevara. Lo cierto es que allí hay una diversidad amplia de pro-seres con proyectos disímiles, nacionalistas, internacionalistas, populistas, agraristas, libertarios, comunistas, indígenas, criollos. La galería, por más selectiva que sea, también tiene ausencias y omisiones que implican cuestiones políticas más actuales, como la de Pedro Albizu Campos, independentista portorriqueño del siglo XX que luchó por emancipar a la isla caribeña del control administrativo que todavía hoy ejerce Estados Unidos.

Pero quizás la omisión que trasunta un olvido más recurrente y significativo, según ya lo ha señalado Eduardo Grüner, es Haití y la cultura afrodescendiente. Dijeran Gilberto Gil (que estuvo presente en el Paseo de Julio) y Caetano: "O Haiti não é aqui". Y no, Haití no estuvo aquí, ni allí, ni ahí(ti). La primera revolución anticolonial de América Latina, propulsada por esclavos negros que tomaron las armas y dieron vuelta la tortilla permaneció invisibilizada. El 1° de enero de 1804, Dessalines proclamaba la independencia de Francia luego de casi trece años de levantamientos y batallas, alentado por las ideas que había ventilado la propia Revolución Francesa. Además, confeccionó la primera bandera e instituyó el nombre que hasta hoy lleva Haití, tierra montañosa en lengua arawak. Una nación afro enmarcada por un término indígena, que desplazó hacia oriente a Santo Domingo, hoy Dominicana. Esa gran isla que Colón había bautizado La Española, pero que antes había llevado el nombre de Quisqueya, madre de todas las tierras.

La isla que fue madre de todas las revoluciones de la Matria Grande americana hubiera merecido un homenaje más explícito. Esa galería podría haber tenido a un François Toussaint-Louverture, quien fue el iniciador, la obertura del levantamiento negro, y que luego fuera fusilado por Napoleón; o a un Jean-Jacques Dessalines, con su nombre tan jacobino y su apellido inmortalizado en el himno haitiano, La Desalinienne; o a un Alexandre Pétion, que a pesar de haber alentado el asesinato de Dessalines para controlar el poder interno, colaboró con armas y municiones en las campañas emancipadoras de Bolívar por la América de Sur. Todos generales libertadores que habían nacido esclavos.

En el marco del bicentenario, esas ausencias institucionales tuvieron un compensación en las calles. La Marcha de los Pueblos Originarios marcó un punto de inflexión en la visibilización que la nación argentina tiene de su población de raíces precolombinas. Que en nuestro país no constituye la proporción que habita en Bolivia, Perú o Ecuador, pero que, como tal, existe y pervive. Y aunque tuvo un tibio apoyo en cuestiones de políticas materiales, se hizo de un importante espaldarazo simbólico a nivel social.

Sin embargo, la cuestión afro sigue postergada, aun cuando miramos hacia atrás en conmemoraciones y festejos. Los afrodescendientes exterminados mayormente en la guerra de la Triple Alianza y durante las epidemias de fiebre amarrilla fueron protagonistas urbanos (como los indígenas lo fueron desde su resistencia territorial en ámbitos rurales y que, a pesar de su derrota, emergen hoy nuevamente) de esa fragua diversamente nacional. Una fragua plurinacional.

No se trata de una moralina, de que incluir en un homenaje oficial a indígenas, mujeres o afrodescendientes es políticamente correcto. Porque ese reconocimiento llegará haciéndose sentir y ejerciendo presión desde otro ámbito. De hecho, lo étnico estatal no es garantía de nada. Hasta la negritud como etnicidad de Estado manipuló y exterminó. El intelectual haitiano René Depestre, durante su exilio cubano en los sesenta, decía sobre el dictador François Duvalier, que éste había articulado su acción política en base a un factor étnico, instaurando lo que llamó un tipo de "negritud como fascismo antillano". Pero la etnicidad tomada positivamente como construcción política ligada a las bases y a los movimientos sociales, como ocurre por estos tiempos en Bolivia (o por aquellos de 1804 en Haití) y en otros países con los inmigrantes, constituyen gran parte de las luchas (inter)nacionales emancipadoras de hoy.


domingo, 2 de mayo de 2010

Orillas siamesas


¿Lepública Oliental del Uluguay? Peces orientales con ojos rasgados, como este karateca del barrio portuario montevideano, prometen poblar el lecho del Río Uruguay. Que el Mundial 2030 nos encuentre unidos.


Difícilmente haya quienes piensen que el conflicto uruguayo-argentino por la pastera finlandesa Botnia tiene reminiscencias del conflicto más general y duradero entre Oriente y Occidente. Los roles no son analógos, pero las coordenadas geográficas sí. Incluso nuestro país vecino fue un poco más allá y se autodenominó Oriental. No tanto en referencia a la Argentina -aunque por lo que se comenta en el mundo acerca de nuestro ego no estaría mal creerlo-, sino porque arrastraba ese nombre desde que los colonizadores la denominaron Banda Oriental, por ubicarse al este del Río Uruguay. Una especie de Estrecho de Bósforo, divisor de la turca Estambul y del auténtico Oriente y Occidente. Raro que nuestros próceres unitarios y europeizantes no hayan copiado la idea bautizando a la nación como República Occidental de la Argentina. Les hubiera quedado al dedillo.

Lo cierto es que la pastera Botnia contamina, como también contamina la tan mentada Papel Prensa, ubicada en el delta del Paraná y cuya maquinaria fue construida, escandinava casualidad, por una empresa finlandesa. El Río Uruguay será cuna de peces de tres ojos, como los que no viven en el Riachuelo porteño. En todo caso, los diferendos, aunque sean protagonizados periféricamente por asambleas y manifestaciones populares de uno y otro lado, son estatales y siempre marcados por intereses económicos (¿sería posible un corte del puente Avellaneda por habitantes de la Isla Maciel, en contra de una papelera construida en la ribera de La Boca?). No resulta novedoso entonces que un tribunal internacional como el de La Haya, que defiende intereses europeos, haya salvaguardado a Botnia. O que en la última Cumbre del Clima en Copenhague los estados no se hayan puesto de acuerdo en cuanto a políticas efectivas para preservar el medio ambiente.

Por cierto, la pica entre los pueblos argentino y uruguayo no es tan picante como resulta con otros países. Pero cuando surge, se presiente un maremoto litoral o un nuevo sitio de Montevideo. Claro que los pueblos, por más movilización que promuevan, son meros espectadores expectantes de políticas gubernamentales torpes y de penosas intervenciones mediáticas en el manejo de los conflictos. Porque la industria cultural también contamina.

El teórico palestino Edward Said estudió los modos prejuiciosos con que Occidente representaba a Oriente en distintos escritos eurocéntricos de la etapa imperialista del viejo continente (otra expresión eurocéntrica, porque es tan viejo como el resto). Esto se tradujo en ciertas formas de imperialismo cultural, es decir, en la penetración en Oriente de representaciones sobre Oriente construidas fuera de Oriente. Eso sumado a la colonización propiamente dicha, con ocupación del territorio y de los hilos de poder autóctonos. Idéntica lógica advirtieron Armand Mattelart y Ariel Dorfman acerca del mensaje que las grandes industrias del entretenimiento estadounidense, ya a mediados del siglo XX, dosificaban directamente al inconsciente de los consumidores latinoamericanos a través de personajes como el pato Donald.

Lo que pasa culturalmente hoy entre Argentina y Uruguay es una micro-analogía, que encuentra a Tinelli en lugar del pato Donald y de las percepciones de Balzac sobre Oriente, salvando las enormes distancias, claro. Lo peor de la televisión argentina invade la pantalla del Cercanísimo Oriente sin feed-back, sin doble circulación, por cuestiones de economía financiera internacional y concentración de medios. El premio consuelo para los orientales es el cupo mínimo para alguna vedettonga uruguaya en las rutilantes competencias que esos programas organizan.

Las resistencias se hacen oír desde otros canales, más marginales que los televisivos, pero no por ello menos eficaces. Como las murgas, que en los tablados contribuyen a mitigar o a hacer catarsis contra esa saturación de chatura foránea. Claro que las diferencias culturales entre uruguayos y argentinos no tienen parangón con las que experimenta un irakí con una danesa; o una californiana con un hondureño. La frontera nacional, como cualquier otra, es una ficción que impidió el anhelo de las provincias americanas unidas. Pero en nuestro caso se trata ni más ni menos que de un río simbólico, anchísimo y también contaminado, sobre todo en el lecho argentino. El Río de la Plata articula como matriz identitaria a dos orillas hermanas, casi como un órgano que une a dos siamesas, pero a las que cada tanto les pinta al petardismo fratricida para ver por dónde corta el bisturí.


miércoles, 7 de abril de 2010

Entre el voyeurismo y la exhibición





Siempre hay una referencia literaria a alguna obra de arte u obra mayor para alimentar al carroñero texto menor. Al apocado texto bemol. Al bloguero texto residual. Así que.

Más aún si se arranca de una postal. De una Julieta de postal (y llegamos a la referencia, ahora agarrate que la bola de nieve refrita te chamusca las pestañas).

En el carnaval la historia se multiplica en serie. Y se repite como contrafarsa. Entre otros personajes, siempre puede encontrarse alguna Julieta que espera a Romeo o a Godot. Como la de la mentada imagen, que desde su platea preferencial, parece esperar impaciente los 100 goles de Romeo en San Lorenzo. O tal vez haya elegido un atalaya desde el cual atravesar con su mirada las máscaras que, sin ser venecianas sino santelminas, no dejan de recrear un carnaval de góndolas que, lejos de flotar, exhiben en su mayor fulgor supermercantil torres de latas de conserva (cfr. Las llamas que llaman y la masificación selectiva del carnaval o el carnaval como consumo). Y desde allí, decíamos, Julieta se erige en voyeur exclusiva de la multitud. Ya no hace falta flâneurearla desde un espacio público como el ventanal de un bar; podemos volver a las bases burguesas decimonónicas y reservarnos el espacio privado de las cuatro paredes para observar la multitud, allí donde las miradas se cruzan y confunden en desorden orgiástico, sin mezclarnos con ella. La multitud carnavalera, donde el régimen de lo visible expone todas sus facetas y los espectadores y los pasantes intercambian sus roles y sus miradas como figuritas. En este caso, la Julieta de arrabal parece expresar una mirada pura y panóptica, vigía pescadora que busca un crustáceo entre un cardumen de festejantes sin ojos laterales para ella.

Pero te olvidás, Juli, o Eta, como más te guste, que un eximio fotógrafo digital que por allí pasaba te captó y trocaste de voyeur a exhibicionista. Qué tensión esa, eh. Claro que exhibicionista involuntaria, no te voy a decir que estás en pose de Coca Sarli y preguntando qué pretende usté de mí. Exhibicionismo involuntario como cuando hacemos la mímica de un guitarrista de música de rock famosísimo frente al espejo (tipo guitar hero), voyeurs de nuestra propia imagen, y de repente vemos por detrás de nuestro reflejo, en una ventana del edificio de enfrente, una silueta que nos mira, seguramente divertidísima. O como cuando vamos en bondi mirando embobados el exterior, todo ojos, y en cuanto frena empezamos a sentir un peso pupilar irisado sobre nosotros, y caemos en la cuenta de que estamos siendo observados desde afuera por todas las personas que, por ejemplo, están en la hilera de la parada de turno o mirando desde el interior de otro bondi que frenó a la par del nuestro; y la balanza visual se desequilibra hacia el otro lado. ¿No captaste la comparación? Sí, muy larga. Mirá, Julieta, la cosa es que ahora sos parte de una postal que puebla la hacinada web, la densificada iconósfera (¿por ahí no pasaba el cohete menemista que iba a Japón en dos horas?). La tangente de tu mirada quedó apresada como una secante trunca, enmarcada contra la pared descascarada de píxeles que algún que otro par de ojos degustará con fruición más turbia que turbada.

Y como el régimen de lo visible, el régimen enunciativo también puede cambiar de un párrafo a otro, como en este texto chatarra.

En todo caso, quien piense que esto no fue más que una hermenéutica pedorra para ejemplificar un poco cómo algún retazo teórico también puede hacerse literaturismo barato, texto menor, en fin, la pretensión crítica enterrada en un enorme basural de palabras farragosas de tan virtuales, estará en lo parcialmente cierto. Pero por sobre todo, la risa.


jueves, 11 de febrero de 2010

Las llamas que llaman

 
 


Llama un resplandor
ya están en la esquina
templando el tambor
y corre la lija
y crece el barullo
y arranca la clave
parece que largó.

Jaime Roos, "El tambor"


Las Llamadas de Montevideo veintediez fueron otra vez la apoteosis del extenso carnaval uruguayo, el momento del año en que se suspende la rutina; el espacio donde, según Bajtin, los roles de la sociedad se subvierten, o mejor aún, deberían subvertirse. Porque lamentablemente el carnaval ya no es lo que era. Cuando la fiesta se mercantiliza, se masifica selectivamente (confrontar si no con el carnaval de Río de Janeiro). Es decir, sólo pueden entrar y ver el desfile algunas masas. La calle Isla de Flores, por donde desfilan las comparsas, cumple con el requisito de ser angosta y encajonada para que el repiquetear de los tambores no pierda sonoridad. Pero entre las gradas y los asientos numerados no hay mucho más espacio para acomodarse en las veredas de las casi diez cuadras por las que se desarrolla el desfile. Entre las personas que quedaron agolpadas en las bocacalles transversales a Isla de Flores intentando ver al menos el flamear de las banderas en puntitas de pie, impedidas por la policía, las vallas y la cantidad de gente congregada, se llegó a escuchar una frase contundente: después dicen que esto es popular.

Como consuelo nada pequeño todavía pueden verse los preparativos de este lado de las vallas. Ese momento auténtico que relata el cronista Jaime Roos, donde las lonjas se templan al calor de un fueguito, las caras se pintan frente a las ventanillas de los autos estacionados y las mama viejas empinan alguna botella de coca y se mezclan con el resto de las personas que pululan impregnándose de la carne carnavalera. Allí pudo verse a Páez Vilaró y a Cachila aprontando la salida de Cuareim 1080, una comparsa que homenajea al conventillo Medio Mundo, ubicado en dicha dirección y demolido por la dictadura el 3 de diciembre 1978 (día en que actualmente se celebra el Día del Candombe). Un conventillo donde se templaron los ritmos afroamericanos a fuego lento y que fue espacio exponencial de la cultura negra y cuna de la comparsa Morenada. Y hasta fue escenario de la obra Cachafaz, de Copi, esa oveja negra de una familia noble, oriental y mediática como los Botana.

En fin, una vez más se volvieron a escuchar los cueros en los barrios Sur y Palermo de la otra orilla, la del otro monte, además de las voces murgueras desde los tablados de la ciudad montevideana. Y de este lado del río no estaría mal seguir el ejemplo charrúa y volver a caer en las garras del hedonismo popular. Habría que interpelar a las masas juerguistas a comprometerse, ser parte de la fiesta, y que ésta no sea un mero espectáculo, un carnaval simbolizado como mercancía y autorrepresentado, donde lo único que faltara fuera ponerse los anteojos 3D. Lo popular de la cuestión sería que ese pueblo que asiste como espectador e interviene sólo con la mirada deje de postergar la puesta en juego de su cuerpo y el éxtasis que ésta genera. El carnaval es el tiempo en el que el arlequín Hop-Frog quema reyes a lo bonzo y todos ríen; es el tiempo en el que el melancohólico Pierrot y la sombra de Colombina se multiplican en cada esquina buscando algún rincón desfarolado para chapar a la antigua. 


Don Luc Pierrot atiende también acá
 

viernes, 22 de enero de 2010

Urbanismo lúd(d)ico





Manera sencillísima de destruir una ciudad


Se espera, escondido en el pasto, a que una gran nube de la especie cúmulo se sitúe sobre la ciudad aborrecida. Se dispara entonces la flecha petrificadora, la nube se convierte en mármol, y el resto no merece comentario.


Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos.



Este fragmento pertenece a un libro publicado en 1967 que es lo más parecido a un blog en papel, un verdadero anticipo ludopático plasmado en distintos escritos-fragmentos-mundos.

Una vuelta al día que me encontraba en Córdoba capital, porteño y culiáo, levanté la vista y me encontré con esa nube de la especie cúmulo, que retraté defectuosamente con una vieja cámara Canon sin zoom. Luego, recordando el pasaje cortazariano en un flash de lucidez terrorista y luddita, fui rápidamente a buscar mi bolso. Primero saqué el arco y lo tensé para probar su alcance. Pero, pucha, me dije y carcajeé, justo me vine a olvidar el carcaj, ¡juá!



Publicidad engañosa




Esta publicidad de las heladeras Polaris la veo desde que hago uso indebido de la razón. Está ubicada en la esquina de Belgrano y Perú, en cuya manzana casi de las luces viví toda mi infancia.


El otro día pasé por esa esquina luego de mucho tiempo y tal vez por la nostalgia, la efectividad de la interpelación publicitaria o la urgencia de cambiar la heladera, me propuse consumir Polaris. Aunque puede que la peli Solaris de Tarkovsky haya agitado mi inconsciente con su parecido nominal y temático: la imagen del polo norte terráqueo discurriendo frescor o dominio telepático hacia el aparato (¿o simplemente es la tierra condenada a morir en la heladera eléctrica?, uf, éste es un caso para la gestalt) es al menos análogo con el océano interplanetario Solaris, que goza de un poder de conciencia sobre los piantados tripulantes de la estación espacial soviética.


La cosa es que doblé decidido la esquina por Perú y a mitad de cuadra no había más que un portón cerrado y con cara metálica de pocos amigos. Para sacarme las dudas probé llamar al 23-3915, a ese tal Quijano, pero Telecom me informó que la característica marcada era "inexistente". Con lo cual, o la señorita Telecom niega la realidad, o está en cualquiera por el zogaca de la estatización, o bien yo veo cualquier cosa. Imaginate, supuse misterios de todo tipo: tal vez sólo yo podía ver el anuncio y, como Solaris, me ganaba la conciencia pidiendo que consuma, consuma, consuma. En fin, mi hipótesis quedó rebatida cuando le saqué la foto y me enteré que el dibu era patrimonio histórico de la ciudad bonaérea. Pero claro, ¡si estás pintado! Aunque, tal vez... el cartel y Quijano están intentando comunicarse desde el pasado para anunciarnos una nueva glaciación y ahí andá cazando la tricota. Y a propósito de Quijano, ¿no será el vice de Perón, el más tapado de todos, que con lo de Cleto se avivó y viene a inventar el quijanismo? No hay caso, la quijada siempre secundó a la pera.



ché rondamón




Los tablones que rodean el Centro Cultural Gral. San Martín nos regalan una obra de arte con firma del artista colectivo Partido Comunista, que hasta tiene el buen tino de avisarnos que allí, en la esquina de Sarmiento y Paraná, hay una obra.


Lo curioso es que el ícono inconfundible del Ché Guevara, con su gorra estrellada y su melena leonina, parece contener el rostro de Don Ramón, alias rondamón, el personaje boludeado pero querible del Chavo. Es poco probable que se trate de un stencil jocoso. Muy por el contrario, además de demostrar que estamos en una época de Chés flacos, lo que pareciera connotar este graffiti es una posible y silenciosa trotskización del PC a través de las técnicas estéticas. ¿Cómo? Es evidente, las influencias del muralismo mexicano de Diego Rivera, tan iconista como trotskista, están haciendo de las suyas en las filas del Partido. Este Ché rondamonizado es apenas una etapa del proceso que encontrará muy pronto a don León enaltecido con los accesorios guevaristas. Todo cierra.



jueves, 17 de diciembre de 2009

¿De quién es la plaza del bicentenario?






¿De quién es la plaza del bicentenario?


Es indiscutible que la Plaza de Mayo es el lugar simbólico por antonomasia que distintas fracciones de la sociedad argentina eligieron a lo largo de los años como espacio para realizar demandas o apoyar a distintos gobiernos y personalidades vinculadas al poder. El libro de Gabriel Lerman, La plaza política, de la colección Puñaladas de Editorial Colihue, sirve de guía de aquellos hitos que la cultura política cristalizó en ese lugar. No es difícil consensuar que las fechas más significativas que tuvieron a la plaza como escenario fueron el 25 de mayo, el 17 de octubre, el 20 de diciembre y los 24 de marzo. Aunque también existieron movilizaciones hacia la Plaza contrapuestas al valor simbólico e ideológico que esas fechas resumen. Sin ir más lejos, las minoritarias manifestaciones que apoyaron los golpes de estado o la lamentablemente masiva de la nunca declarada guerra de Malvinas.


En cuanto a los grupos sociales exponenciales que le dieron sentido político a la Plaza de Mayo, ocupándola y habitándola, se puede mencionar primero al movimiento obrero que abrazó la política sindicalista de Perón, metonimizado en la famosa figura de las patas en la fuente; y, años más tarde, a las Madres de Plaza de Mayo, que resistieron la represión durante la última dictadura circulando alrededor de la pirámide. Las Madres en su conjunto -a pesar de las internas que sufren los organismos de derechos humanos- ostentan la legitimidad de llevar la posta a la hora de manifestarse en la Plaza, no sólo por ser nominalmente de la Plaza, sino por la extensa lucha que sostienen y el capital político que consiguieron con la Casa Rosada como fondo. Son como habitantes vitalicias.


Pero claro, la Plaza es un espacio público, y en tanto vivimos en un estado de derecho (nos guste o no), sólo el Estado tiene derecho sobre ella. Por eso puede extender un vallado que la corta en la mitad para evitar que las manifestaciones se acerquen a la casa de gobierno, como sucedió en 2001. Y tal vez, quién sabe, así como la dictadura de Videla le agregó canteros para evitar movilizaciones, en un futuro amanezca con una reja perimetral como el resto de las plazas porteñas.


Lo que sucedió el último martes 15 en la Plaza se da en un marco distinto, de abulia, fragmentación, dispersión política, pero con antagonismos marcados y falsamente dicotómicos. La Asociación de Madres de Plaza de Mayo, alineada con el gobierno, se concentró para apoyar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por las amenazas sufridas durante un viaje en helicóptero. Mientras tanto, el dirigente del MIJD (con sus banderas cada vez más amarillo pro, en función de las tierras pertenecientes al ex centro clandestino de detención Club Atlético que el gobierno de Macri le cedió a ese grupo) Raúl Castells se encuentra haciendo una huelga de hambre por los habitantes del Chaco Impenetrable. Por otro lado, y como testigos mudos, ex colimbas durante el conflicto de Malvinas que prestaron servicios en la zona continental, acampan hace meses para que se los reconozca como ex combatientes y puedan recibir un subsidio. Y, para sumar a la heterogeneidad de la concurrencia, el martes 15 se autoconvocó también un grupo de bolivianos que se manifestaban por el asesinato a manos de la policía del albañil Juvelio Aguayo, de esa nacionalidad, al que acusaban de narco, y cuyo cuerpo trasladaron en un cajón para velarlo allí mismo. La frutilla del postre la pusieron, como siempre, los medios de comunicación.


Más allá del exabrupto injustificable de Hebe de Bonafini al querer echar con insultos a los familiares que protestaban por un caso de gatillo fácil, con el argumento de que "la plaza es nuestra" y de que "ésta es la plaza de la vida, no de la muerte", el hecho se degeneró más de lo que estaba en la máquina mediática. En una especie de reedición más pequeña de lo que fue la "toma" ruralista de la Plaza a mediados de 2008 y la posterior "recuperación" por parte de las organizaciones afines al gobierno (¿el regreso decimonónico a la Plaza de[l Frente para] la Victoria?), lo de ayer fue una disputa territorial entre kirchneristas (Hebe) y antikirchneristas (Castells) por un espacio emblemático. Aunque esa disputa tiene varios antecedentes ya desde la década del setenta, cuando las dos grandes fracciones del movimiento peronista se cantaban y se tiraban alguna que otra piedra desde Rivadavia hacia Yrigoyen y viceversa. Pero convivían en la Plaza por un denominador común, curiosamente, de nombre adversativo como la primera palabra de esta oración.


Pero (¡otra vez!) volviendo al martes 15, Castells aprovechó para las cámaras la oportunidad para hacer suyo el reclamo de la familia boliviana, en vistas de que los militantes de la Asociación de Madres creyeron que el ataúd podía ser una provocación opositora. El asunto es que antes de ese encontronazo, hubo problemas entre el MIJD y las Madres por la delimitación de la Plaza y, seguramente, chispazos entre sus respectivos adelantazgos. Y en ese barullo, los medios aprovecharon su posición contraria al gobierno para denostar a Hebe y que sus dichos fueran la noticia. Sus dichos, que fueron un lamentable intento de invisibilizar un reclamo que hace algunos años, cuando no había implicancias con los gobiernos de turno y la comunidad boliviana tenía menos incidencia en el espacio público que hoy, hubiera sido mediado precisamente por los organismos de derechos humanos y levantando como otra bandera de lucha. Días más tarde se supo que los insultos se dirigían contra Alfredo Ayala, presidente de la Asociación Civil Federativa Boliviana, quien está acusado en varias causas judiciales de explotar talleres clandestinos donde trabajan personas en situación de esclavitud. Como todo grupo social, la comunidad boliviana encuentra disputas también en su interior. Es probable que Ayala se hubiera encontrado allí como representante de una de las tantas asociaciones bolivianas para apoyar a la familia Aguayo (apoyo que tal vez haya sido tan oportunista como el de Castells). Y más allá de que la trata de personas es repudiable, no existió en el momento una acusación directa al respecto contra su persona; y en el caso de que se hubiera hecho, no se puede hacer transitiva esa culpabilidad a una familia que está reclamando por un asesinato a manos de las fuerzas de seguridad estatales. Mientras tanto, la Embajada del Estado Plurinacional de Bolivia ya solicitó a la cancillería argentina que investigue el asesinato y los hechos ocurridos el martes. Y seguramente algunos puntos opacos sobre lo sucedido se aclaren con el correr de los días.


La Plaza de Mayo es un espacio de visibilización, y como tal, es el lugar que han elegido distintos grupos sociales a lo largo de la historia argentina para instalar en la esfera pública sus demandas. La comunidad boliviana en Buenos Aires recién en los últimos años pudo generar una cierta repercusión social y una visibilidad de la comunidad hacia el resto de la sociedad, con las distintas movilizaciones que protagonizaron a partir de la llamada guerra del gas en 2003 ocurrida en Bolivia, y que terminó con la caída del presidente Sánchez de Losada. En este caso que comentamos, la demanda de la familia boliviana fue desautorizada por una referente con una autoridad ganada por años de lucha y con la potestad indiscutible de desautorizar a grupos que reivindican la tortura, la represión y el terrorismo de estado (pero resulta incomprensible que lo haya hecho con este caso particular); y, como plus, la demanda quedó invisibilizada gracias a los medios, que resaltaron otros puntos de los sucesos.

Doscientos años después del 25 de mayo los colores de las divisas que alumbra la Plaza de Mayo constituyen un auténtico papel tornasolado. La disputa territorial es puramente política y se debe jugar según esas reglas, que no por eso deja de lado el posicionamiento de fuerzas a través de los cuerpos. De hecho, el espacio público se toma, se ocupa, se pelea y se gana con el cuerpo. El derecho extra-jurídico (que comienza como un desvío marginal frente al orden impuesto por el Estado) a establecerse en la plaza se ejerce con la movilización, su visibilización social y la posterior obtención de un capital político que logra instalar el tema en cuestión en la agenda política. La familia boliviana que fue a velar a su ser querido lejos estaba de pintar de negro los pañuelos de las Madres, como ocurrió con los familiares de los militares muertos por las guerrillas en los setenta, liderados por Cecilia Pando. Las Madres seguirán siendo la punta de lanza de todas las manifestaciones que busquen justicia. Las huellas de los pañuelos sobre las baldosas son indelebles. Pero no como escritura de propiedad, sino como faro para el resto de las luchas populares, por más fragmentadas que estén (y justamente, los pañuelos siempre fueron un gran factor aglutinante). Y no hablamos estrictamente de la lucha de Castells -cobijado hace tiempo por el fascismo partidario, más allá de que personifique el reclamo de personas con necesidades básicas insatisfechas-, sino de las eventuales voces de los sin-voz que toman el espacio público poniendo el cuerpo, para hacerse escuchar con un clamor pelado de justicia o con una denuncia contra los atropellos del Estado, en el vórtice del remolino urbano y mediático.



Apostillas mediáticas sobre el caso:


-Los medios masivos de comunicación, en su mayoría contrarios al gobierno, resaltaron el dislate de Hebe de Bonafini. Todo se redujo a un enfrentamiento entre ella y Castells. Mientras tanto, el caso de gatillo fácil quedó solapado. Una vez más. Como muestra, TN recién al día siguiente puso al aire una nota filmada el 12 de diciembre informando sobre el asesinato del albañil boliviano a manos de la policía, "para que la gente sepa" el origen del "conflicto Hebe-Castells". Si no, difícilmente lo hubieran pasado al aire.


-C5N es el canal de cable de Daniel Hadad, al que accedió gracias a un acuerdo con el gobierno de Néstor Kirchner. Pero es evidente que el acuerdo fue que el canal se comprometía a no criticar la marcha de la economía del gobierno, a cambio de poder decir lo que se les cantara en materia de derechos humanos. Por ejemplo, cubren cuanta marcha organiza Pando y retrataron historias de vida de [gabis, fofós y] miliquitos "caídos durante la guerra antisubversiva". En este caso, mientras filmaban lo sucedido el 15, Eduardo Feimann decía -regalón de epítetos- que por ahí andaba "el parricida Schoklender"; y tomó como fuente para que contara lo ocurrido a Raúl Castells. Éste, más allá de la alharaca que hizo del cruce con la titular de Madres, elogió a Schoklender por haber calmado los ánimos y negociado la delimitación de la Plaza (el fascista Feimann refunfuñó por lo bajo). Y cuando terminaba la entrevista ambos cruzaron este saludo para la posteridad surrealista:



-Buenas tardes, Raúl. Usted sabe que lo estimo.

-Gracias, Eduardo, me siento honrado por su respeto.



viernes, 20 de marzo de 2009

Postal del poder



Las callecitas de Ayacucho tienen ese qué sé yo. Un saber en realidad ajeno, que organiza el espacio, pero del cual podemos reapropiarnos. Ese saber que, como dijo Michel "Torino" Foucault, y simplificando, es poder. En nuestro divagar por la urbe rural del sur de la provincia de Buenos Aires, intentamos atender a los detalles benjaminianos, a los fragmentos que delatan grandes constelaciones, esos relámpagos de indeterminación (o sobredeterminación, según cómo se lo vea) que iluminan verdades fugaces y escurridizas.

Era de prever que caminando por una calle que se llama Poderoso nos íbamos a topar con algo. Antes de pensar si el nombre de la calle era un homenaje a un buque, al koinor, o a aquella persona que se ufana de su investura de poder, Ayacucho, tierra de muertos en quechua, nos regaló una señal de que la tumba de los poderosos está en constante proceso de excavación. El poder, o Poder, aunque no lo veamos, siempre está. Pero cuando lo vemos, cuando lo sorprendemos en un flash inasible, puede mostrar y expresarnos sin quererlo sus debilidades. La microfísica a flor de piel nos hace preguntarnos, ¿quién tiene el poder: he-man(/she-ra) o it-town? Personal o impersonal, impartido por los que lo ejercen o subvertido por quienes se lo apropian y lo desvían de su cauce controlador y pretendidamente ubicuo, esa red de poderes en tensión se manifiesta en números que nombran propiedades, nombres que numeran calles y espacios planificados para ser transitados de una manera ordenada por cuerpos no dóciles, pero sí perdidos en una ficción impuesta. Sin embargo, esa trama también se expresa en todos los usos y abusos que podemos efectuar sobre un espacio dado y cuyas directrices podemos hacer estallar en su continente como una botella devenida molotov.

Los números que pretenden ordenar un oasis de cemento en un desierto de pasturas y los nombres que se extienden sobre las calles de un pequeño felpudo asfáltico que bienviene a la pampa, se diluyen en la resistencia corporal, en la crítica que ejerce el libre albedrío. Así nos debatimos entre la literalidad y lo metafórico que exuda la composición de una placa numérica que se cae y un nombre apuntalado precariamente. El significado es equívoco como todos, pero la ciudad letrada, como la llama Ángel Rama, en su afán de ordenamiento, deja entrever sus falencias a la hora de aspirar al control absoluto. Estos tropiezos del poder se traducen en resquicios de poesía que, a veces, pueden liberarnos brevemente de las cadenas de la brújula. Y esas experiencias reales pueden permitirnos crear nuestras propias ficciones para ponerlas en común, en una especie de mito destructor refundante.