Mostrando entradas con la etiqueta hormiguita voladora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hormiguita voladora. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de febrero de 2012

Fantasmas en la estación





Un cadáver en el cuarto vagón. Cincuenta muertos entre el primero y el segundo y un cadáver en el cuarto vagón desquicia toda previsibilidad. Porque aún después de cincuenta muertos es necesario al menos una pizca de previsión. Que no hubiera más muertos en la estación permitió que se retomara la circulación. Que los trenes echaran nuevamente a andar. Que las boleterías volvieran a expedir boletos. Hasta que un cadáver en el cuarto vagón detuvo otra vez el flujo. Estaba tan cerca y nadie lo vio. Casi en la punta de los hocicos de los sabuesos busca muertos y nadie olió su olor a putrefacción. La estación se supo de pronto invadida por un fantasma que se resistía a abandonarla. Un fantasma que viajaba en tren fantasma.

Dos días es el tiempo que comúnmente media entre la muerte de un cuerpo y su entierro. Es el tiempo del velorio. También de los primeros signos de descomposición.  ¿Quién de nosotros podría asegurar que no palidecería a la vista de un cadáver lleno de gusanos?, nos pregunta Bataille. Los mismos fierros ferroviarios que aplastaron el cuerpo fueron los que se encargaron de ocultarlo. De mantenerlo oculto de las caras pálidas. Y de pudrirla. ¿Quién habrá ocultado el olor? ¿Y el dolor? Resultado del ocultamiento: la inminencia frente a las narices de investigadores, pasajeros, cámaras y deudos ya no sólo de un tendal de gusanos, sino de un fantasma. Y si al mal olor lo quitan los perfumes, si a los cadáveres los retiran los bomberos, al fantasma no hay quien lo vaya.

La muerte es un viaje de ida. ¿Pero qué hay allí cuando el viaje se detiene a mitad de camino? Hay un umbral, como aquel que media entre la ciudad capital y el conurbano bonaerense, entre el lugar de trabajo y el de vivienda. Hay un no-lugar, como una estación de trenes en que sucede de todo menos la posibilidad de una identificación –de un cuerpo. Hay una estancia liminar, como destierro al cual son arrojados los cuerpos marginados. Hay un entre dos y, lo que sucede entre dos –según dice Derrida-, entre todos los “dos” que se quiera, como entre vida y muerte, siempre precisa, para mantenerse, de la intervención de un fantasma.

Las cortinas azules de la PFA se corren para efectuar el retiro del cadáver. Como antes los fierros ferroviarios, las cortinas se disponen a mantener el cuerpo oculto de las caras pálidas y de las cámaras morbosas –al menos hasta que aparezca el mejor postor de la Crónica mortuoria. ¿Pero a quién resguardan las cortinas: al muerto, a las caras, a las cámaras o al fantasma? Que la muerte no se vea. Que se vaya el cadáver. Y lo sacan con las patitas para adelante por la puerta trasera de la estación, aquella que linda con el santuario por los muertos de Cromagnon. Allí donde alguna vez la arteria fue taponada y –paradoja del destino-, en estos días de inclemencia, by pass mediante, se volverá a abrir. ¿Taponarán estos nuevos muertos su propia arteria? ¿Tendrán estos nuevos muertos su propio santuario? Para que haya santuario, es preciso que antes haya luto. Y aún hay muertos que no lo tienen.

Si no hay cadáveres, hay fantasmas. Si no hay luto, hay anomia. Mientras el duelo postergado tendrá lugar en otro lugar, la indignación popular se agita ante las cámaras para que se haga visible la aberración de aquellos para los que el muerto pasó desapercibido. ¿Cómo puede que no lo hayan visto? ¿Cómo puede que no lo hayan olido? Y, aprovechando la inminencia del fantasma, otro fantasma copa la estación. ¡Que se vayan todos, que no quede ni uno solo! Si un fantasma es un exceso, dos es una exuberancia. Alcen las barreras para que pase la farolera. Que se reanude el servicio. Que se desplieguen los efectivos. Que se vayan todos los fantasmas.

jueves, 21 de julio de 2011

El barrio que quería ser cosmos (hasta que se topó con el cinturón gendarme)

 




Érase un barrio creciendo entre otros barrios de la ciudad de Buenos Aires. Favorecido por su ubicación geográfica y la convivencia fraternal, sincera y leal de sus vecinos, el barrio fue desarrollándose a lo alto y a lo ancho como un verdadero territorio vivo. Su olvidadiza memoria nos cuenta que allí vivió quien fuera el primer líder peronista de la historia. Amado por algunos, odiado por muchos, su sobrino nos relata que, a diferencia de lo que los detractores del bárbaro caudillo pretendían, el barrio de Palermo no era foco social inmundo alguno, sino todo lo contrario.

Las primeras noticias que se tuvieron sobre la mutación in extenso del territorio, aquellas que sólo los verdaderos palermitanos nos saben narrar, refieren a la apropiación de ciertos modos de vida particulares de sus oriundos habitantes. Modos particulares de caminar –meneando las caderas y estirando el cogote-, de vestir –saco de lana abotonado y boina francesa a la cabeza-, de decir –¿todo ok?, muy cool, divino, nah, =) -. Con ellas, los palermitanos fueron ganándose una identidad claramente definida a fuerza de hacerse un cuerpo de barrio, muy distinto a lo que entendían era un cuerpo de barro –qué grassa man-. Así, como alguna vez lo fuera la calle Florida, poco a poco Palermo fue convirtiéndose en un estado de ánimo: despreocupado, desinhibido, excéntrico, gozoso. 

Sin embargo, al igual que la cocina de autor que puede degustarse en sus modernas cantinas, una única identidad no dejaba de tener gusto a poco. Tal fue el motivo por el que Palermo comenzó a diferenciarse de sí mismo trazando delimitaciones dentro de su propio territorio. Primero fue Palermo Viejo y Palermo Chico. Luego Las Cañitas, Palermo Hollywood y Palermo Soho.  A ellas le siguieron Palermo Vivo, en referencia a la zona de mayores espacios verdes de la ciudad, y Palermo Boulevard, delimitado apenas por el enfrentamiento en paralelo de dos veredas  separadas –como no podría ser de otra manera- por una única arteria: la avenida Juan B. Justo. Pero el estilo de vida palermitano comprendía inseparablemente en un mismo todo a su propia extensión. Lejos de debilitarse con su subdivisión, poniendo en funcionamiento la operación dialéctica de la unidad en la diferencia, el barrio de Palermo fue haciéndose más y más fuerte. Y a crecer ingobernablemente.

Tal como alguna vez dijera Sartorio en ocasión del levantamiento español contra los romanos –Roma no está en Roma, ella está por entera donde yo estoy-, o Máximo en el levantamiento boedense contra los caballitenses –Boedo queda donde estemos nosotros-, los palermitanos, llevando el barrio a cuestas, comenzaron a extender sus fronteras más allá de sus nada estrechos límites oficiales –recordemos que Palermo era de por sí el más grande de los noventa y nueve barrios porteños restantes-. Los vecinos de los barrios lindantes lo veían aproximarse, primero con cierta emoción y ansiedad por pertenecer ellos también a la vanguardia palermitana. Pero luego comenzaron las preocupaciones por lo que imaginaban una suerte de invasión barrial. Los más viejos fueron los primeros en alarmarse y anunciar nostálgicos los trastornos que la palermización de sus modos de vida podía ocasionarles. La mudez de los comentarios futboleros en el café de la esquina. El desencuentro de los fortuitos encuentros a medio camino de la panadería. La ausencia de la venta ambulante de medias y bombachas. El repliegue del chancleteo de la doña los domingos por la mañana. La dilución de los Maruca te amo firma Yo con aerosol sobre el paredón. La desbandada de los pibes en banda referenciados por el pasaje que los resguarda. 

El primero en sucumbir fue Chacarita, re-bautizado post violación de sus confines con el nombre de Chacalermo –o, como algunos le llamaban haciendo alusión a sus hábitos sepulcrales: Palermo Death. Luego llegó el turno de Villa Crespo, refundado como Palermo Queens, nombre tanto más grato al intento concentracionario de nominarlo Palermo Auschwitz. Pero el avance no cesaría allí. A medida que Palermo crecía iba ganando, proporcionalmente, mayor unidad y potencia. Se trataba de una verdadera máquina bárbara de desterritorialización porteña por sobrecodificación palermitana. 

El monstruo inclemente extendió sus tentáculos hacia el Oeste y capturó las tierras de lo que él mismo llamó Palermo Ico, Palermo Flowers y Palermo Mu. Encrespados por el avasallamiento sin miramientos, los vecinos de este último, antiguamente conocido como Mataderos, se auto-convocaron una noche en asamblea vecinal en el Parque Avellaneda para planear de manera mancomunada la resistencia contra el avance palermitano. Mientras tanto, sus niños –quienes habían quedado durmiendo en casa- fueron gustosamente convertidos al barrio invasor a cambio de juguetes de diseño y golosinas de autor. 

Palermo continuó luego creciendo en dirección norte, donde no sería respetuoso siquiera del cruce de la General Paz y pasaría impune a ocupar las tierras del conurbano. Viéndolo venir de manera irrefrenable, los vecinos de Vicente López –quienes aseguraban tener su propio estado de ánimo- se congregaron espantados frente a la intendencia y reclamaron a las autoridades vecinales una inmediata respuesta. La policía que custodiaba el edificio permitió que una comitiva de tres delegados subiera a entrevistarse con el Intendente. En su despacho, éste los aguardaba tembloroso y cabizbajo. Sin emitir palabra, entregó a los vecinos un sobre lacrado en un cuyo remitente se leía Barrio de Palermo, Ciudad de Buenos Aires, República Argentina, Continente Americano, Planeta Tierra, Cosmos –en alusión no tanto a la puntillosa localización como a los propósitos despiadados de crecimiento planificado. Fue también enviado con copia oculta al Gobernador de la Provincia y a la Presidenta de la Nación, balbuceó el secretario personal del jefe de Estado local.

Y finalmente llegó el turno del sur de la ciudad, donde el crepitante barrio se anexionó los territorios que él mismo daría en llamar Palermo Telmo, Palermo Roca y Palermo Mouth. Según figuraba en sus planes, desde los umbrales del segundo de ellos Palermo proyectaba lanzarse por vía ferroviaria a la conquista del desierto. Y así lo hubiera hecho de no haber sido por la intromisión en su camino del cinturón gendarme. Una cincha verde oliva se imponía a la intrepidez de su extensión y le impedía continuar su excelso crecimiento. Especialistas en la custodia de fronteras, los obedientes efectivos desplegados en fila india cumplían órdenes de no dejar que nada ni nadie cruce hacia un lado o el otro de los términos por ellos mismos trazados. Así como alguna vez lo hicieran con las líneas de los ferrocarriles –líneas de intrusión del afuera en el adentro-, los gendarmes demarcaban, de manera clara y precisa como la letra de la ley, lo propio de lo impropio, lo digno de lo indigno. 

En una primera instancia, los palermitanos se sintieron violentados ante la irreverencia de un cuerpo ajeno y contrario a su libertad de crecimiento. ¿Quiénes se creían aquellos para ordenarles hasta dónde debían crecer? Luego comprendieron. Empecinados por el alcance de la novísima forma impuesta por la moda, habían olvidado haber sido ellos mismos quienes mandaron a hacerse a medida aquel cinto tan à l´avant-garde en las pasarelas más destacadas de la estética securitaria. Garantía de pureza, mantenía a raya debajo de su cintura los movimientos espásticos de los anómalos del desierto. Los beduinos. Los  outsiders. Lejos de figurarse un corazón latente, el cuerpo-Palermo conformaba una cabeza ataviada con un pickelhaube y un torso cubierto por un sobretodo ornamentado con insignias en mangas y charreteras. Largo hasta las rodillas, el atuendo había sido especialmente confeccionado para ocultar la desnudez de las piernas. Así, mientras Palermo se regocijaba de su forma conquistada, debajo del cinturón gendarme los anómalos se movían al ritmo vertiginoso de la falta absoluta de vergüenza. Desnudos bailaban, corrían, saltaban, se alborotaban, vivían.



Nota: Sesenta y siete años antes de aparecido este escrito, el mismo será plagiado por aquel cuyos padres darán en llamar Macedonio Fernández. Bien digo será plagiado puesto que, como el mismo Macedonio dirá en otro de sus debidamente elogiados textos –y aquí sí lo cito por el solo motivo de que no podría tolerar ser acusado dos veces seguidas de plagiador de un mismo autor-, por aquello de que en alta metafísica el tiempo no tiene pasado ni futuro, no es el segundo inventor sino el primero quien comete el plagio. Por otra parte, si fuera obligación de escritor citar cada escrito por él utilizado para la confección del suyo propio, éste texto, tanto como cualquier otro, no sería más que una larguísima serie de citas de escritos ajenos, y así hasta llegar a la palabra primigenia: mamá. Larguísima serie de escritos escritos así como más larga aún de escritos orales, puesto que no todo escrito se escribe, también hay los que se dicen, así como –conformando la amplia mayoría dentro del universo de los escritos- los que no sin esfuerzo con suerte se piensan: escritos humildes y desinteresados que no exigen cita de autoría.

Asimismo, otra de las razones por las cuales no cabe duda de ser este escrito el plagiado y no el plagiador, es el hecho harto evidente de que resulta mucho más verosímil la existencia de un barrio con ínfulas cósmicas que la de un zapallo con idénticas pretensiones. Un barrio es el espacio compuesto por relaciones de cercanía, sean estas geográficas, tectónicas, temporales, a-históricas o afectivas. Espacio cuya trama se teje de a pie y cuya jerga conforma lenguaje oficial. El cosmos, por su parte, tal como alguna vez dijo, dirá y dice en simultáneo en este y a cada instante el encerrado, es el espacio infinito y eterno que todo lo contiene o, si se quiere, que todo lo es. Siendo infinito, no admite lejanía alguna en tanto toda distancia es milimétrica en relación a su infinitud. Y, aunque así lo fuera, por más alejado que un astro o domicilio de amigo se encuentre, se dispone siempre de toda una eternidad para llegar donde se quiera ir. 

Tales proposiciones nos permiten deducir que el cosmos es el barrio por antonomasia, barrio-rey o barrio de todos los barrios. Palermo, mientras crecía y se obstinaba en devenir cosmos, había olvidado ésta realidad fundamental. Y mientras sus vecinos se organizaban en mesas locales preocupados por la inseguridad, los vecinos anómalos de los noventa y nueve barrios cósmicos restantes ya lo habían hecho en mesas sosías preocupados por el aumento inusitado de los índices de obediencia en territorio palermitano.


sábado, 7 de mayo de 2011

Ensayo sobre la ocupación




El agua de la bañera aguardaba ansiosa cual travesti seductora, engalanada con pétalos de rosa y una boa de sales espumosas enlazada a su garganta delatora, la zambullida en sus profundidades neptúnicas del cuerpo dionisíaco de Arquímedes cuando, sumergidos hasta el fondo de la pecera sus glúteos desfigurados por la contemplación, el líquido se alzó insurrecto y desbordó los límites hasta el momento infranqueables del contenedor. Desde aquella infortunada y húmeda torpeza ornamentada en filoso progreso del pensamiento helénico, nuestros baños adquieren la forma de olímpicas piscinas cada vez que ingresamos a la bañera completamente llena, al tiempo que sabemos, más por experiencia de vida en secado de pisos que por legos conocimientos en cuestiones relativas a la física, que todo cuerpo –sea éste terrenal o celestial, divino o vulgar- carga con una ocupación, es decir: ocupa espacio. De allí que, cada vez que me dispongo birome en mano a completar un formulario y contestar la pregunta en que el sentido común obliga hic et nunc marcar con un tilde alguno de los siguientes casilleros mutuamente excluyentes:


Otras veces, en cambio, ensayo ejercicios de memoria y refiero a la mitad de la cama de dos plazas en que la premura del desvelamiento me escupió sin miramientos al torrente inexpugnable de la labor execrable, o el reducido espacio entre los cuerpos advenidos a la masa de miembros confundidos que viajan cada día cuales topos somnolientos por las ciegas madrigueras inundadas de excremento, o el toldo de casa de quiniela bajo el que aguardé parara de llover mientras aprendí que los sueños sueños son y la lluvia el 93 (¿o el 39 es?), o cada una de las baldosas por las que pisé, ecosistema de hormigas en busca de su hormiguero de cantero, de cigarrillos consumidos por los nervios y envoltorios multicromáticos de caramelo, o, sin más, menos que el que ocupa un elefante condenado a siete años de zoológico so pretexto de incurrir en el escandaloso crimen peligrosamente fantasioso. Frente a tales incitaciones, muy bien también podría referir al domicilio en que resido, aunque ello me obligaría a reescribir lo señalado en un punto anterior del formulario, inaceptable profanación de las reglas básicas de la estadística, aquella que olvida que, para vivir en una casa, es necesario primero ocuparla, cuestión que me conduciría a la declaración jurada de que mi domicilio nunca es Uno, sino tantos como espacios a cada momento ocupo –caracola nómada que hace de cada esquina su concha marina, tortuga trashumante que de cada balcón su caparazón. 

Arribado sin  estribos a este grado cero de la reflexión, cosmos de la ensoñación, me creo en condiciones de arriesgar fulguraciones sobre la subsecuente consideración: no sólo el domicilio sino todo ítem de formulario nos remite, de modo lineal e indefectible, a nuestra personal e íntima ocupación por lo que, si de economizar papel y tiempo se tratara, podrían éstos entregarse con apenas tal sólo interrogante. A fin de ser cabalmente comprendido –y no tildado de espectacular especulador-, permítanme hacerles la siguiente incontrastable y harto evidente demostración:

-Estado civil: ocupación de la institución sobre el flujo ingobernable de los afectos imborrables:

·soltero: narcisista onanista;
·casado: moderno espiritista;
·divorciado: moderno malogrado;
·viudo: sepulturero nekrofílico.

-Documento: cantidad de ocupantes idénticamente nativos fronteras adentro nacidos del territorio indiviso. 30.401.974 y contando.

-Fecha de nacimiento: día en que el acontecimiento a cada año recordado de un embarazo a buen puerto arribado ocupó el centro de atención de familiares, amigos y demás desconocidos.

-Edad: partiendo del carácter intrínsecamente inmanente –valga la abundancia de la redundancia- del tiempo y el espacio, así como la ocupación de una persona remite a la estancia espacial de su cuerpo singular, la edad refiere al tiempo que su vida ocupa en el santuario de Kronos crepuscular.

-Nombre: violenta ocupación, más bien parecida a una vejación, de los padres usurpadores sobre el cuerpo imaginado del niño esperado, quien primero acepta sin chistar y luego puja por desalojar: antes Sebastián, ahora Emperatriz, la travesti seductora que aguarda engalanada con pétalos de rosa y una boa de sales espumosas.


Post-facio del ensayo:
somos cuerpo ocupante/ocupado por nombre que resuena desde los bajos fondos de la indolencia hasta que el suplicio de la inclemencia nos arroja a los bajos fondos agusanados del vientre terrenal mientras nuestro nombre –propio
por idolatría, ajeno por ontología, rebelde por eufonía-
 resiste como eco vacío que se pierde en la
herida abierta del
 tiempo
     . 



Notas:

 [1] Conversación mantenida entre una joven saltimbanqui de fronteras y el señor atendedor de públicos distraídos en el centro de tramitación de pasaportes de la calle Azopardo:

-Disculpe Ud., señor atendedor de públicos distraídos, tengo una duda con el formulario. Desde hace unos años me encuentro cursando la carreta (acto fallido: la joven saltimbanqui de fronteras quiso aquí decir carrera) para ser farmacéutica, por lo cual bien se podría decir que soy estudiante. Pero además trabajaba hasta el mes pasado en un call center, del cual me echaron por encontrarme suspirando ante el oído abnegado de un cliente desesperado. Desde aquel momento, busco sin éxito ni esperanza un nuevo y prometedor trabajo, por lo cual, a su vez, se podría decir que soy desocupada. Aunque también suelo encargarme de las cuestiones que hacen al cuidado de un hogar, lo de siempre: cocinar, lavar, planchar, hacer las compras, cuidar al gordo que ya tiene seis meses y no sabe lo lindo que está, todavía no habla pero ya aprendió a decir mamá en código morse con las pestañas. En fin, como bien verá, se podría de igual modo decir que soy ama de casa. Entonces, mi pregunta es: ¿cuál de todas ellas dice Ud. es mi ocupación?

-Es muy fácil –contestó el señor atendedor de públicos distraídos- según el punto tres del artículo doce inciso b del manual de preguntas más frecuentes sobre el modo correctamente correcto de llenado de formularios, allí debe tildar aquella actividad a la que dedique usted mayor cantidad de horas al día.

La joven guardó silencio y se puso a contar con los dedos de una mano, luego con los de la otra y cuatro en préstamo de su pie izquierdo hasta que, finalmente, respondió:

Por razones tan obvias como paradójicas, mi ocupación coincide vis à vis, tête à tête, codo a codo y frente a frente con mi des-ocupación.

[NDC agradece la amistosa colaboración de D. ¡Gracias!]

miércoles, 9 de febrero de 2011

Una muerte nunca vale




Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
Federico García Lorca, Alma ausente

Una muerte nunca vale otra muerte, y no porque la singularidad de sus circunstancias se rebelen irreductibles a lo Uno, ni porque aún resuene, siquiera a modo de farsa, la consigna montonera: 5 por uno no va a quedar ninguno. Y es que, finalmente, la personificación de la muerte, su arcaico anhelo de inmortalidad, de permanencia más allá de la descomposición del cuerpo, acaba siendo capturada por la máquina axiomática de la tanatopolítica, valorizada y arrojada sobre el campo santo para competir por los laureles de la gloria junto con múltiples otras muertes. La cuestión, pues, yace en indagar cuál es aquel parámetro de medición capaz de soslayar el abanico de singularidades que hace de cada muerte una muerte única e irrepetible –muerte, resta decirlo, hasta devenir gato, hay una sola-, parámetro a partir del cual de una multiplicidad de muertes podría extraerse La Muerte, que no sería una, indeterminada, sino muerte soberana. Si la pregunta fuera por la muerte en cuanto acontecimiento inclemente, tiro de gracia que arranca del cuerpo la última experiencia del último suspiro, tal vez se podría inquirir su precio –que siempre es justo, ¿o acaso alguien se cree capaz de ocupar el lugar de tercero de apelación cuando de ponerle precio a una muerte se trata?- en el mercado negro de sicarios, barrabravas para-policiales y mercenarios. Pero no es del acto de matar a lo que se trata, sino de aquel estado de continuidad irrepresentable en que la vida emerge displicente como radical excepción. ¿Con qué parámetro medir, entonces, las diversas muertes para hallar aquello que hace que una muerte nunca valga otra muerte: cantidad de lágrimas derramadas, de días de duelo padecidos, de personas movilizadas al entierro, a la Plaza (¿será acaso que con la muerte de Néstor, como con la de Evita y Perón antes, la Plaza devino cementerio –no así con el poco recordado bombardeo del ´55, pues no es en los cementerios donde se mata, sino en los campos de concentración y de batalla-?), longitud de avenidas berazateguienses con el nombre del difunto mayor, diámetro de baldosas memoriosas con el nombre del difunto menor (¿cuántas baldosas vale una avenida?), altitud de montículos de piedra, exotismo de flores entregadas, cantidad de caracteres del epitafio, costo del mármol de la lápida, de las cruces de madera reciclada? Si tomáramos alguno cualquiera de tales parámetros al azar, ¿podríamos responder cuántos Marianos vale un Néstor? ¿Cuántos Robertos y cuántos Sixtos vale un Mariano? ¿Cuántos Bernardos, cuántas Rosemaries, cuántos Juanes, cuántos Julios? ¿Y cuántos n/n vale cada uno y una de ellas? ¿Alguien sabe de quiénes se trata? ¿Podríamos tal vez medir las muertes por la cantidad de recuerdos que sus nombres despiertan? A las muertes no se las mata con el olvido pues nadie puede morir dos veces, apenas se las torna insignificantes, vanas, sin-sentido, indignas.


Imágenes.

 


Y con qué fin toda esta dialéctica en historia
para qué ir al paraíso estando muertos
para qué buscar la gloria estando vivos
si la gloria está muy lejos de este huerto.
Loquero, Esculturas

Un campo –sí, otra vez, todos a la vez: de juego, de concentración, de batalla, campo santo- inmerso en la intensidad de una ciudad a la que nunca le importó, franqueado por avenidas en que circulan privaciones advenidas al encierro automotor. / Un puente haciendo las veces de palco preferencial, de tribuna de Coliseo o elevación del terreno desde el cual dirigir los movimientos militares. / Miles de fogatas alumbrando la metáfora de la pérdida irreparable, astros fulgurantes caídos al ocaso de los villeros. / Madres llorando y pidiendo por sus hijos. / Varones sin saber qué pedir pero sí cómo hacerlo: afilando el machete contra el guardarrai del puente. / Jóvenes obscenos recién desembarcados del pre-metro jugando a ser corresponsales de guerra sin cámara ni grabador, incapaces de testimoniar lo que no se atreven a mirar.

Cuando imágenes inasibles por discursos imprudentes hacen estallar nuestros modos habituales de decir, las preguntas por el testimonio –no sólo por el cómo sino, sobretodo, por la elección de lo que se dice sobre el fondo de lo que se calla- se disparan al aire sin solución aparente más que la verborragia de pretensiones redundantes y elocuentes hábiles para enmarcar todo acontecimiento en las letras de titulares gráficos y zócalos televisivos. Expresiones harto ponderadas de afán sobrecodificante cargan con la simpleza de nombrar aquello que, por (in)definición, carece de nombre y acaban escabulléndose en la insensatez de lo que se repite, y se repite, y se repite sin mediación reflexiva alguna. La violencia desnuda y descarriada sobre un espacio en que el formalismo de la otra violencia –la monopólica del Estado- se limita a habitar desde el diagrama distante de la avenida es calificada de zona liberada, aunque lo que allí suceda poco tenga que ver con la idea de una liberación. Sin demasiadas avenencias, propongo arrancarle al significante la pregunta por el objeto indirecto de la acción escondida tras la argucia del participio: ¿liberada de quién: de la palabra, del discurso político, del orden pretérito, de la ley, del Estado?
Las imágenes de la ocupación del Parque Indoamericano durante los momentos de conflicto entre “vecinos” parecían salidas de la descripción del estado pre-social hobbesiano en que el hombre lobo del hombre –no así la mujer, que en las tomas de tierra, como no lo hubiera permitido incluso un acérrimo libertario como Buenaventura Durruti, resulta la primera en escapar del aplomo de la retaguardia para arrojarse impávida a la solemnidad de la batalla- se lanza a una guerra de todos contra todos hasta que, finalmente, acaba solicitando al soberano imponga la seguridad del cerco gendarme. Pero el paso de la historia no admite retrocesos, menos aun a instancias míticas. Cuando el monopolio de la fuerza decide actuar por omisión sobre tal o cual localización, cuando opera un dejar hacer - hacer matar entre cuerpos marginales en abierta disputa, lo que allí acontece no es el retorno a un momento en que la ley aún no se hubiera inscripto, sino el desgarro de su propia línea de inscripción, la apertura de una grieta en el trazo indeleble que el significante en letra mayúscula ha dejado tras su arrasamiento originario. Más que retorno a un estado pre-social, la zona liberada en el Parque Indoamericano conformaría el reverso de un Estado de excepción: no confirmación del poder soberano sobre la pura vida biológica, sino producción de las condiciones para el reclamo de su intervención.


Palabras.



Escuchar a alguien es ponerse en su lugar mientras habla. Ponerse en el lugar de un ser cuya alma está mutilada por la desgracia o en peligro inminente de serlo es anonadar la propia alma. (…) Por ello a los desgraciados no se los escucha.
Simone Weil, La persona y lo sagrado

- Vengan con nosotros que es peligroso, somos vecinos, venimos a manifestarnos para que los ocupantes se vayan.
- Mi hijo, mi hijo está abajo, lo van a matar.
- Corré, corré, corré.
- ¿Van a bajar o se van?
- ¿Realmente tienen necesidad de quedarse?, los van a matar.
- ¿Querés que demos la discusión política ahora?
- Vayan, vayan a hacernos el aguante desde el Jumbo.
- Quiero ir a mirar, estar ahí, verlo con mis propios ojos.

En la zona liberada del Parque Indoamericano, allí mismo donde la Ley se desgarra y el significante se agrieta, no hay lugar (o: hay no-lugar) para el debate político. Las palabras se lanzan y se pierden como escupitajos impotentes al calor de las fogatas, el verbo se escabulle y cobarde se exilia en recintos equipados con aire acondicionado y sistema de audio. El orador de palco y tribuna se muerde la lengua y atraganta con las (s)obras del arte de su retórica, mientras los cuerpos afectados por la erótica del combate defienden impertérritos su vida y su tierra. ¿Asistimos, en tales acontecimientos, a un agotamiento de la palabra, un desborde de los hechos más acá de las fronteras del verbo, emergencia de la imposibilidad de decir, de testimoniar?
La experiencia límite de la muerte es, por antonomasia, aquella sobre la cual nunca nadie podrá dar cuenta, intensidad nirvánica cuando irrumpe, continuidad inexpugnable al instante, a la que la vida no puede más que rendirle culto. Cementerios, placas recordatorias, epitafios, animitas, mausoleos, espacios de la memoria, no podrán jamás evocar la muerte: triunfo ostensible del olvido. Así pues, si su emergencia prodigiosa lleva consigo a cuestas, como un jorobado su joroba, la imposibilidad de la palabra, el destierro anticipado de esta última, ¿anuncia de manera afónica el cortejo fúnebre de los cuerpos silenciados?
Lejos de satisfacer una condena soberana, el silencio conforma la expresión de una resistencia, más que el anuncio del fin de una vida, tal vez –bien lo saben quienes padecieron, detenidos y desaparecidos, las confesantes torturas cívico-militares- la única posibilidad de su supervivencia. Y es que, valga la aclaración, el silencio no delata la imposibilidad de decir, sino la elección de no hacerlo. Lo que mata no es el silencio ni denuncia éste el agotamiento del lenguaje que –al igual que el Estado-, una vez pronunciado, ya no admite su retorno a una mítica lengua pre-babélica. Lo que mata, con implacable sutileza y masiva efectividad, es la ausencia de una escucha atenta. Si de algo fue liberada la zona del Parque Indoamericana fue justamente de ella, de la posibilidad de las y los ocupantes a ser escuchado su reclamo, de que su discurso fuera tenido en cuenta en igualdad de condiciones que los discursos mediáticos, de senadores y diputados, de funcionarios, de militantes renombrados y vecinos indignados. La vulneración a los y las ocupantes de su derecho a ser escuchados constituyó su asesinato en cuanto sujetos, generando a su vez las condiciones para el posterior aniquilamiento impune de los cuerpos.


Experiencia.



Me niego a pensar que hemos sido derrotados, que las vidas secuestradas, torturadas y asesinadas por los estados terroristas de este vapuleado planeta tierra fueron en vano.
Fun People, Spirito del 77

Compañeros de la Asamblea de Flores ocuparon algunas de las tierras del Parque Indoamericano. El viernes 10 de diciembre a la noche, luego de ir a la reunión especial de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, fuimos desde el bachillerato popular “20 Flores” hasta Soldati. Llegamos al Supermercado Jumbo minutos después de que asesinaran al pibe de 19 años, mientras en el predio nuestros compañeros intentaban sacar a uno de los heridos, a quien le habían aplastado la cabeza y explotado un ojo. Caminamos hasta el puente, allí nos quedamos inmóviles observando desde arriba las cientos de fogatas prendidas por los ocupantes para pasar la noche, mientras alrededor nuestro mujeres lloraban y nos pedían el celular para llamar a sus hijos que estaban abajo, y otros vecinos marchaban con facas y machetes buscando entrar a desalojar a las y los ocupantes. Se escucharon nuevos disparos y salimos corriendo. Al rato nos llamaron nuestros compañeros que estaban en el predio para que nos acercáramos nuevamente al puente. Les dimos algunas aguas que les habíamos llevado, les dijimos que por qué no se iban de allí, que los iban a matar, que los ayudábamos a salir. "¿Querés que demos la discución política ahora?", nos contestaron. Nos fuimos. 
Las imágenes desmedidas, imposibles de ser capturadas en toda su intensidad por las cámaras televisivas, la experiencia del terror a perder lo más precioso que nos queda cuando todo lo demás carece de sentido, me hicieron pensar sobre la violencia desnuda que adviene cuando la palabra se ausenta. Miedo y vergüenza, tonalidades emotivas emergentes ante situaciones que exigen el suficiente tiempo de reflexión para una elaboración que no caiga en la imprudencia de la declamación. Ya no se trataba de una lucha por la tierra, sino por la vida de quienes estaban en el predio. Ellos eligieron no salir, ¿qué es lo que moviliza a que alguien decida arriesgar su vida de tal manera? Tal fue la pregunta que motivó la escritura del presente texto. Tal vez será que, contra los argumentos de Oscar Del Barco para injuriar a las organizaciones armadas de los ´70, no toda vida vale lo mismo. Tal vez será que, quienes optamos por no bajar aquella noche, decidimos que nuestra vida –y, por ende, nuestra muerte- vale más que la de quienes decidieron quedarse en el Parque aquella noche.

         Arrellanado en un estrato más profundo y arcaico que la expresión consciente de un ideal o de un deseo, el anhelo por la inmortalidad –en sus múltiples formas y colores: encarnación, resurrección, supervivencia del doble- no escatima exigencias de tipo alguno a los actos en cuyos efectos se juega la sobre-escritura del nombre. La heroicidad del combatiente y la gloria del militante constituyen, dentro de los estrechos márgenes del campo de lo político, las esplendorosas ambiciones por medio de las cuales se apresta a afrontar el riesgo a la muerte, el segundo de los mayores miedos del individuo –el primero: el olvido. Muerte y olvido conforman, por superposición –pues cuál es el fin de la memoria (así como de los cementerios y museos) sino el absurdo intento por preservar aquello que se ha ido-, el ineludible destino sobre el que pende el sentido de la persona. Para el combatiente heroico y el militante que busca la gloria, dar la vida por un ideal es el precio que deben pagar por alcanzar la inmortalidad: paradójica peripecia de superar la finitud de la duración habitando el recuerdo del más allá. Pero la vida no se da tan sólo en el momento excepcional en que la muerte deviene posibilidad tangible, sino también –y sobretodo- mucho más acá: en la cotidianeidad de los ámbitos por los cuales transitan los afectos, allí donde el pensamiento resulta inescindible de los modos de ser. Aquellos instantes de confusión, aquel pastiche de emociones del que ni el yo ni el nosotros son capaces de dar cuenta, conmueven la emergencia de lo impersonal –dimensión anónima y pre-individual- que yace silencioso en cada uno. Aquellos instantes en que los ideales dejan de ser un horizonte lejano a alcanzar mediante la entrega incondicional y se funden con lo habitual de la existencia de un modo que resulta inaprensible para la máquina axiomática de la tanatopolítica, apartan de un manotazo el velo de la apariencia para dejar al descubierto la evidencia de que, finalmente, una muerte nunca vale, pues las formas-de-vida son lo único que cuentan.


sábado, 20 de noviembre de 2010

El dormidor (o la máquina que venció al insomnio)





¡Qué se vote!, aúllan los rubios animales de presa en las noches de asamblea llena.

¡Qué se vote, qué se vote!, corean con el puño izquierdo en alto, aquel que lleva el reloj pulsera.

Ya es hora, se dicen somnolientos en gemidos y bostezos, deseosos por desfigurar el círculo sin contorno, metáfora geométrica imposible de la comunidad de iguales.

No va más, canta el grupière y hecha a rodar la bolilla y pone a girar la ruleta –negro, el cuatro.

Acallemos al orador, indispongamos nuestros oídos a la desatención, sustituyamos la palabra por el número, la retórica argumentativa por el conteo de manos alzadas.

Que nosotros trabajamos, ni vagos ni holgazanes, queremos estudiar, ir a nuestras casas, descansar, retornar –como lo hubiera querido el General.


CONTRAMOCIÓN:

Abolición del sueño (no del amo, no del esclavo, no de Dios, no de la producción ni de la reproducción [heterosexual] –tal vez, en próxima votación).

Muerte al agotamiento, que el desfallecimiento desfallezca, larga vida al desvelo, utopía del pleno rendimiento.

Y así fue que nunca más alguien durmió, la vigilia sempiterna se apoderó de los cuerpos, epidemia universal de insomnio.

Los días se volvieron uno con las noches, las almohadas vírgenes, los lechos vacíos, los párpados suspendidos, el calendario deshojado como margarita, como carpeta de escuela a fin de año.


Hasta que un lúcido inventor creó...

         El Dormidor: el primer y único despertador que te manda a la cama a dormir 
(con o sin cenar).


jueves, 4 de noviembre de 2010

Inversionistas y albañiles. Lo que quedó de la toma.




Inversionistas y albañiles
Lo que quedó de la toma


La diferencia radical entre el trabajo para sí de los inversionistas y el trabajo para sí de los albañiles reside en que los primeros construyen casas para luego venderlas; los segundos, para vivir en ellas. Mucho antes de colocar la piedra fundamental, los inversionistas realizan una serie de cálculos racionales de costo-beneficio que les permiten saber si la construcción será o no un negocio rentable. Entre dichos cálculos, ocupan un lugar preponderante los planos arquitectónicos, donde se proyectan a escala las dimensiones de cada habitación de la casa, así como la funcionalidad que se otorgará a cada una de ellas. Planos, mediciones, proyecciones, estimaciones, cálculos y más cálculos en cuyo horizonte se perfila la fantasía de reducir a cero el riesgo de inversión, hacer de ella un negocio seguro eliminando el mayor dejo posible de contingencia.

Muy distinto es el modo en que los albañiles emprenden la construcción de sus propias casas. Su única certeza es la necesidad de comenzar por los cimientos. Sus planos, no más que un boceto del pensamiento o, cuanto mucho, un dibujo improvisado en el bar de la esquina sobre una servilleta de papel manchada con café. Las formas, tamaños y funciones destinadas a cada una de las habitaciones van delineándose a medida que avanza el insondable proceso de construcción que, por su escasa o nula pro-yección, siquiera cabría incluirlo en el universo de la pro-ducción. Así puede suceder que termine abriéndose una ventana en lo que se creía la medianera, una sala de juegos donde se extendería un pasillo, la habitación de los niños en la que sería la de los padres o un comedor donde se pretendía el aula 6.

Las formas estratégicas a partir de las cuales un movimiento político decide llevar adelante su plan de lucha se asemejan bastante a los modos de planificación y ejecución de los inversionistas. Los pliegos de reivindicaciones cumplen la función de la ganancia proyectada, que no es tan sólo materialmente cuantificable, pues contiene asimismo de modo inmanente las posibilidades de su capitalización, el reconocimiento del conjunto del movimiento de los aciertos de tal o cual agrupación y su implicancia en el logro de aquello que se procuraba obtener: becas para estudiantes, compromisos firmados, terceros pliegos para la construcción de edificios (o adefesios) únicos, veeeeinte milloooones de peeeesos. Ante semejantes reclamos, las medidas de fuerza adoptadas –previamente, fríamente calculadas- son apenas meros medios para.

La Toma de la Facultad se inscribe como uno de tales medios –tal vez, incluso, el medio por antonomasia que el movimiento estudiantil se ha dado a sí mismo en los últimos años. Pero hay en ella algo más, un exceso que se despliega ingobernable a los modos instituidos de lo político, emergencia de experiencias no previstas por el plan, profanación de la proyección en el tiempo de la impaciencia y en el espacio del uso común. Tales contingencias escapan a la captura del cálculo y resultan insoportables para el ojo previsor (pre-visor: que ve antes de ver) de los inversionistas. La toma del aula 6 (toma menor respecto a la Toma de la Facultad) y posterior construcción del comedor de Constitución no había sido prevista por nadie más que por las estudiantes organizadas en comisión quienes, vestidas para la ocasión con overol de albañil, se lanzaron inexpugnables a saborear los nuevos manjares de la cocina comunal. Y es que, por más rica que sea la comida de la vieja, no hay como la que una misma hornea, ni como la imagen infantil de una niña parada en puntitas de pie queriendo encender la hornalla de la cocina mientras sus padres se ocupan de lo político del hogar: cosa de grandes. 

Aconteció entonces lo peor: subversión irreverente de la razón, catástrofe de la medición. El Gobierno de la Facultad anunció que, para ceder a las reivindicaciones que el movimiento demandaba, ya no bastaba con levantar las medidas de fuerza, también se debía detener aquello que las excedía, y no se trataba tan solo de entregar el comedor, sino de hacerlo retornar al momento original anterior a la alteridad –desaparición forzada del tiempo pleno de la experiencia: acá no pasó nada. Ante la nueva situación, los inversionistas, ansiosos por capitalizar un nuevo triunfo histórico, salieron a hacer lo que mejor saben: vender. “Veinte millones por un comedor, un negoción”, se decían entre codazos y relamidas en el buró erigido detrás del micrófono de la asamblea. Y así fue que, bajo pretexto y confianza de que el Gobierno les cedería un nuevo espacio, especial y arquitectónicamente diseñado para la función, respetuoso de las condiciones de seguridad y salubridad que demandan el Instituto de Calidad Alimentaria y las normas ISO 9001, retomaron las formas primitivas de la política, se envistieron en padres proxenetas de la horda y entregaron sus hijas al jefe acaudalado de la tribu vecina. Pero olvidaron –pues aún en las sociedades de la memoria se olvida, condición funesiana de seguir viviendo o, para el caso, capitalizando- que en las ciudades-museo los espacios denuncian recuerdos. Las marcas de la historia se inscriben en ellos como pintadas indelebles en los muros o cicatrices y tatuajes en los cuerpos. Así pues, aunque los pupitres vuelvan a vaciar el espacio en que hoy se cocina a fuego lento la potencia del autogobierno, el aula 6 ya no volverá a ser lo que era, en sus paredes se traslucirá el signo peso ($) de la venta, y los cuerpos de las estudiantes-albañiles –cuyo perfume persiste impregnado al aroma de la comida casera que emanan las ollas del lugar (pues, vale la aclaración, en aquella construcción no hubo enajenación)- recordarán por siempre la traición. 

Si en verdad la devolución del aula 6 en las mismas condiciones en que se encontraba es condición para la entrega de los 20 millones, pues entonces como movimiento estudiantil deberíamos exigir la administración del dinero y decidir en asamblea –como hicimos con cada una de las acciones del plan de lucha- en qué gastarlo: si en la construcción de una casa de altos estudios a la que la clase obrera, como recita el cántico, deba subir en escalera, o en una fábrica de producción colectiva de conocimiento; si en golosinas para endulzar las gargantas agrias de discursos vacuos y compromisos pendencieros, o en armas para cuando llegue la hora de las barricadas –última instancia de la política ante el agotamiento de la palabra. Cuando ello suceda, vendedores y compradores estarán por fin del mismo lado del mostrador, aquel contra el que apunten los cañones de la autogestión.



Ya entrada la primavera,
en momentos del trabajo en que el patrón
mira para otro lado, 2010


miércoles, 22 de septiembre de 2010

Retorno a la normalidad. Lo que queda(rá) de la toma

 



Retorno a la normalidad
Lo que queda(rá) de la toma

 
Entre la avalancha de intervenciones y pronunciamientos imprudentes que circulan en momentos de abierta excepcionalidad a través del incesante flujo discursivo de la virtualidad postal, un grupo de estudiantes ansiosos por dejar de serlo llamaron a todos aquellos que no se sintieran representados por el devenir de los acontecimientos a organizarse para sacar a patadas en el culo de la facultad a quienes osaron poner en suspenso su tan preciada normalidad. Ignorantes o indiferentes a sus propias condiciones de cursada, así como a las situaciones que de manera cíclica se vienen repitiendo cada dos o tres años en el espacio que ellos mismos habitan, no se percataron de que aquella excepción que aborrecen se inscribe en una norma extensiva (esa misma a la que dicen querer retornar como perro que se muerde la cola) que la instituye y configura. Por nuestra parte nosotras, pesimistas e incrédulas, les aconsejamos tengan paciencia, más pronto que tarde las mal llamadas clases públicas volverán a desarrollarse al interior del estocólmico encierro áulico-estatal. Así pues, los interrogantes que se desprenden y buscan trazar huella que fugue hacia un tiempo por venir, podrían ser los siguientes: ¿cuál será el resto instituido de la presente potencia instituyente?, ¿qué forma tendrá cuando el magma de significaciones emergentes solidifique?, ¿qué sedimentará del cúmulo de experiencias vividas en los últimos días?, ¿qué quedará de la toma de la facultad?

              Como diría el viejo calvo y maoísta, la política es el gobierno de los espacios, de aquellos que habitamos: los campos, las calles, las casas, las camas –gestionados por agrimensores, urbanistas, arquitectos y sexólogos-; y de aquellos que habitan: los cuerpos –gestionados por médicos, estilistas, personal trainers y nutricionistas. La toma del aula 6 de la sede de Constitución y su remarcación como comedor estudiantil recorta una nueva territorialidad en la cuadrícula de la facultad, y apertura en ella novedosas posibilidades de circulación y subjetivación de sus habitantes: las estudiantes. Poniendo a resonar las proclamas del príncipe anarquista, las estudiantes de sociales entendieron que la autogestión del alimento no es sólo condición de posibilidad, sino ella misma máquina de guerra deseante y mutante. Espacio de comida que reconfigura como lugar de encuentro y de circulación de afectos, de intercambio des-mercantilizado, de producción de conocimiento prófugo del dispositivo áulico, de organización autónoma a la división por claustros.

            El espacio disciplinario transformado en comunitario fue expropiado, construido/habitado, recuperado y resignificado por las estudiantes organizadas en comisión abierta, quienes llevaron la moción de la toma del aula a una de las asambleas generales. En la última de ellas, justo antes de que comenzara la fiesta que, como rito inaugural, diera apertura al comedor estudiantil, algunas agrupaciones presentaron una nueva moción para que fuera el Centro de Estudiantes quien se encargara de la gestión del espacio según los modos en que lo hace en Marceloté: designando res-ponsables políticos. Bajo tal idea de res-ponsabilidad subyace de manera tácita la creencia de que las estudiantes autoorganizadas son incapaces de res-ponder por las contingencias que puedan surgir de la gestión del comedor. Niñas bárbaras e irresponsables que requieren del Estado-Padre para que, habiéndose adjudicado el rol de su portavoz, ponga palabras a las travesuras que ellas hacen. O tal vez, en verdad, lo que tales posicionamientos quieran obturar sea la posibilidad de una experiencia de autogestión estudiantil del espacio de la facultad capaz de migrar a las otras instancias de gobierno: otros comedores, fotocopiadoras, apuntes, juntas de carrera, representaciones. Si así fuera, el Centro dejaría de ser centro: devendría puro movimiento. 

 
Primavera de 2010

domingo, 23 de mayo de 2010

36º Milenario y ½




Tele-5D-videntes, muy buenas noches. Como ustedes bien saben, el día de hoy, 24 de mayo de 38.310, es un día muy especial para todos nosotros. Es nuestro último día al aire hasta dentro de un año. Y no sólo eso, pero también. Tantas veces añorado, finalmente ha llegado. Aquella costumbre que comenzó hace 36.300 años y que, con el paso del tiempo, se ha logrado imponer como parte de nuestra cultura patria, el día de mañana alcanzará su punto prominente. Un feriado por cada centenario. Esa fue la herencia que de manera implícita la presidenta Cristina nos supo dejar como legado. 24 y 25 fueron allá por 2.010, hasta el 23 se extendió en 2.110, hasta el 22 en 2.210. A partir de mañana, celebrando los 36 milenios y medio de la Revolución de Mayo, comenzamos a transitar un año entero de feriados. Sí, un año entero sin trabajar ni ir a la escuela. Todo el país, desde el punto más austral de la ciudad de Ushuaia hasta el más nórdico de la Quiaca –incluida la recientemente re-incorporada Papelera Oriental del Uruguay-, suspenderá sus actividades durante 365 días en conmemoración del nacimiento de la patria.  Permítanme mis productores una licencia poética: la alegría fulgura los dientes en risa del pueblo argentino, eriza sus corazones blanquicelestes, enarbola el grito sagrado que un millar de penas creían haber enterrado. Las diferencias, los desacuerdos, los odios, los sentimientos adversos y encontrados se diluyen en la hermandad de la pasión patriótica. La comunidad se vuelve una. La nación, en gloria. Y sino, escuchemos los testimonios que nuestro reportero Augusto recogerá mañana por la mañana en pre-vivo y pre-directo desde la puerta de la anacrofábrica de autocópteros:

Muy buenos días. Pero qué digo buenos, magníficos días. Estamos transmitiendo en pre-vivo y pre-directo para la emisión de anoche de Tele-5D-Noche. Díganos, ¿qué siente sabiendo que a partir de hoy no tendrá que volver a trabajar hasta dentro de un año?

Que no nos va a alcanzar el tiempo para descansar todo lo que en los últimos milenios nos hicieron trabajar.

¿Acaso un año de feriados le parece poco? ¿Cuánto tiempo necesitaría para descansar?

Toda la vida, todas las vidas. Llegará un día en que los feriados pegarán la vuelta de los cien años. El último feriado coincidirá con la celebración de un nuevo centenario, y entonces todo volverá a comenzar sin tener que volver a trabajar. Será el fin de la historia, la subversión del calendario. Los psicohistoriadores calculan que ello ocurrirá en el año 3.831.000.

Suena prometedor, aunque lejano. Y mientras tanto, cuéntenos: ¿qué piensa hacer sin ir a trabajar durante este año feriado que a partir de hoy comienza?

Fiaca.

Fiaca, lo que desde mañana por la mañana haremos todos durante los próximos 12 meses. Muchas gracias Augusto. Ahora iremos con Teo a la virtualescuela para saber qué sentirán los virtualniños cuando mañana salgan de su acto por el 25 de Mayo:

Hola virtualniños. ¿Cómo les va? Somos de Tele-5D-Noche. Estamos saliendo en pre-vivo para todo el país y queremos que nos cuenten qué es lo que sienten ahora que no tendrán que volver a clases hasta dentro de un año.

Ehhhhh!!!!!! Un año sin venir a la virtualescuela!!!!!! Un año entero de recreo!!!! Que la virtualseño de psicohistoria venga a buscar la tarea que nos mandó a la putavirtualquelaparió…

Bueno, bueno. Parece que la alegría de los virtualniños no tiene límites. Y díganme, ¿qué piensan hacer a lo largo de todo un año sin virtualescuela, ni tele-5D-visores, ni jugueterías abiertas?


¿No saben qué van a hacer? ¿Con qué van a jugar? Parece que esto del año feriado no es tan bueno como parece.

Mi mamá me contó una vez que su abuela le contó que cuando era chica jugaba con un juguete virtual que no se compraba ni se vendía. Y la pasaba re bien. Hasta que hubo una rebelión universal de virtualniños y sus padres, como castigo, los mandaron a reflexionar a sus cuartos y les sacaron para siempre el juguete. Creo que se llamaba imaginación, o algo así.

¿Ima qué? En fin, muchas gracias virtualniños. Volvimos a estudios. Pero antes, desde aquí los despido, pues para mí también hoy comienza el año feriado: ¡feliz 36º milenario y 1/2 para todos!

Muchas gracias Teo. Y por último, antes de despedirnos nosotros también, oigamos qué nos dirán las mujeres que en minutos nomás se encontrarán realizando las compras antes de que el súper-ultra-híper-formi-mercado cierre sus puertas hasta dentro del próximo año. Irina por favor:

Muchas gracias. Aquí estamos en la inmensa cola hacia las cajas. Como vieron, una multitud de mujeres pronto se agolparán desesperadas por realizar la compra anual antes de que cierren todos los negocios. Los changuitos desbordarán de mercaderías para abastecer a las familias de todo lo necesario para el próximo año feriado. Señora, ¿cómo le va? Estamos transmitiendo en pre-vivo y pre-directo para Tele-5D-Noche. Cuéntenos sobre la alegría que siente a partir de este año feriado que se viene.

¿Alegría? Alegría será para vos que no estás casada ni tenés hijos. Para nosotras, las amas de casa, no hay feriado que valga. Cierran las fábricas, las escuelas, los negocios. Los medios de teletransportación dejan de funcionar, los tele-5D-visores de transmitir. Pero los hogares no cierran. ¿Quién te pensás que va a seguir haciendo las camas, la comida, lavando los platos, fregando los pisos? ¿Sabés lo que va a ser la casa con todo un año sin que nuestros esposos vayan a la anacrofábrica y nuestros hijos a la virtualescuela? ¿Quién los va a mantener ocupados? ¿Quién los va a entretener? Te la regalo querida. La que inventó eso de un feriado por centenario, creo que Cristina se llamaba, cómo se nota que era presidenta y no ama de casa.