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viernes, 3 de junio de 2011

Anotaciones sobre Sarlo en 678








Nos sumamos a la caterva de producciones sobre la presencia, del pasado martes 24 de mayo de 2011, de Beatriz Sarlo en 678: la pregunta ¿por qué escribir?, tan típica de otras épocas, nos atravesó en la distancia entre el deseo y la plasmación, si es que el deseo no es ya plasma-ción. La respuesta, finalmente afirmativa, puede responder a cierto narcisismo de dejar registrado lo que se pensó a partir de aquella combinación, de forma de patéticamente autocitarse ante la eventualidad de una coincidencia entre otros y uno, pero también nos preguntamos si existe escritura por fuera de cierta autoafirmación, si existe afuera del narcisismo en la escritura. Queremos decir, al fin y al cabo, que la paradoja señalada por Sarlo sobre el anacronismo –en el mal sentido del término- de suponer que los medios manipulan a los televidentes cuando hace 30 años los estudios de comunicación y cultura se corrieron de ese paradigma, fue la impresión que la visión de los primeros programas, a partir del básico recuerdo de la muy buena materia Comunicación II cátedra Mangone –de hecho, el recuerdo, seis años después, es un síntoma de que las clases fueron muy buenas-, generó en algunos de nosotros. Es que, como dijo González, el programa es como una monografía de un estudiante de Comunicación[1]¸ lo cual es mucho decir en relación con los segundos y quizá injusto para con el primero: ojala todas las monografías de proyectos comunicológicos hubieran sido un solo programa 67ochesco. 678, como la materia secundaria Comunicación, Cultura y Sociedad, es la carrera de Comunicación compactada –y, por ende, simplificada, reducida, homogeneizada- en hora y media o un año.

La presencia de Sarlo en 678 había sido anunciada en las redes sociales –la espuma de la espuma de la espuma de la espuma- desde hacía al menos tres semanas, no obstante lo cual tomó a unos cuantos desprevenidos, obligándolos a visitar la visita en dispositivos vecinos a aquella. Su presentación por el programa, coincidentemente con discutir la lógica futbolística no sólo a la hora de pensar debates televisivos sino también en muestras sobre exponentes del pensamiento nacional[2], fue prácticamente boxística, faltando sólo la cortina de Rocky para preludiar el enfrentamiento entre popes pesados. Hay que decir que la lectura según la cual Sarlo subestimó a los integrantes del panel 67ochesco, por contemplar que hay que saber inglés para ver la BBC y alemán para leer prensa europea no rápidamente simplificable como colonialista en su conjunto, fue una producción de la misma producción al invitar a dos personas ajenas al staff para discutir en primera instancia el mismo programa, no pudiendo, pareciera, sus propios integrantes defenderlo -y por ende defenderse- por sí mismos. Esta lógica minorizante, como quien defiende a otro en su presencia dando por hecho que ese otro no puede defenderse por sí mismo, fue adjudicada en espejo a -quizá sí- ciertos comentarios altaneros de la licenciada en letras. Sin embargo, antes de proceder al siempre cómodo autoposicionamiento en víctima que adelgaza la responsabilidad propia y carga las tintas sobre la maleficiencia ajena, los mismos integrantes del programa podrían pensar sus sentimientos ante los comentarios posteriores de Sarlo bajo la posición en que su misma producción los ubicó, esa posición tan bien descripta por Russo como pareciera que estamos pintados. Lo que parece que está pintado en 678 es la autoreflexividad, la vuelta sobre los informes de los comentadores que, al igual que la producción que los produce, forma parte del programa. De allí, además de la obvia estatura intelectual de Sarlo, bien llevada en el programa inmediatamente posterior para retornar a la descalificación denigratoria al siguiente, es de donde aquella obtuvo los réditos que la destacaron de los restantes panelistas: de no privarse reflexionar critica y comunicacionalmente sobre informes aunque estos no provengan del monopolio sino de un programa cientificistamente identificado con un gobierno que, en el marco de un enfrentamiento con el principal oligopolio mediático luego de su posición ante una política agricolaganadera tomada por el primero, impulsó la ley de medios de la democracia, demanda histórica de las Ciencias de la Comunicación y el periodismo progresista en su conjunto. Aquella re-flexión sobre los informes arroja un interesante desafío a los futuros intelectuales de la talla de Sarlo, sobre todo los adherentes al gobierno, que visiten el programa: en los días subsiguientes a su visita, este desafío fue esquivado más que retomado, facilitando el engrandecimiento de la figura de Sarlo y su persistencia en la memoria como prácticamente la única invitada que cuestionó, en piso, no en la comodidad hogareña de las reuniones entre amigos, los informes del programa. Este monumentalismo, condición de posibilidad y a la vez de producción de su quijotesca recepción en radios y prensas de medios reaccionarios, será lijado mediante la profundización del criticismo para con el propio bando –no hay que hacerle el juego al chantaje de no hay que hacerle el juego a la derecha-, no por medio de la descalificación denigratoria de los opositores, lo cual habla peor de los descalificadores y denigratorios que de los descalificados y denigrados.

Sarlo, con su presencia, marcó un camino. Sin embargo, ese camino, como en el mito, no está delante sino en el origen. Queremos decir, ese camino está en la potencia del programa. Con esta no queremos decir, según versiones idealistas y abstractas, lo que podría hacer, sino lo que hizo: en este caso, sí, potencia es acto, según una igualación, sin resto, plus o exceso, que, para el rey de los filósofos, era propia de animales o elementos naturales. Con estos intentamos decir que, a pesar de la brillantez que –contra viento y Mariotto- venimos re-conociendo en Sarlo y que no incomoda en absoluto escribir, lo que hizo en 678, con las cualidades que la distinguen, no fue más que una vuelta a los orígenes del programa, cuando, a pesar de simpatizar con el gobierno por el simple y comprensible hecho de pertenecer a un medio estatal, la dimensión de crítica de medios, fueran afines o no, no se hallaba subsumida en la propaganda que defiende y repite. Es cierto que los contextos cambiaron y que la correlación de fuerzas de hoy no es la de abril del 2008 o 28-j de 2009: es cierto, también, como dijo un integrante del otro panel del kdt kirchenrista –el segundo mejor panel del mundo-, que en su momento hubo que bancar los trapos y, como la actual intención de voto nacional lo demuestra, fueron bancados: la hinchada de la policía agricólo-mediática no pudo sustraerle lo trapo a lo pibe kirchnerista. Sin embargo, en exacta inversión de esta argumentación, fue precisamente en los comienzos del programa, marzo del 2009, cuando, sin prescindencia de resultar afín al gobierno, el ciclo se parecía más a una crítica de medios que a una rockola propagandística. Sería comprensible que, por motivo del lockout patronal y la escandalosa derrota de Kirchner por De Narvaez en provincia de Buenos Aires, la producción del programa, en los teléfonos rojos que lo han ligado a distintos sectores del gobierno, haya decidido acentuar la faz militante por sobre la criticista. Precisamente el registro en que habló Sarlo, dejando en falsete a casi todos los integrantes del panel. Digámoslo: todos menos Forster. Podría haber sido González, con quien mantuvo igualitarios intercambios en TN. Sin embargo, si, al calor de determinado contexto, se resaltó lo militante por sobre lo criticista, que el militantismo no se convierta y autoanule en limitantismo. Con esto quisiéramos decir que el militantismo, sea periodístico o científico, no debe perder de vista la relación de fuerzas sincrónica en que se inserta, considerando que una táctica que resultó positiva hace dos años lo sigue siendo, en una falta de lectura de las novedades del presente. Hay que estar atento, esa hermenéutica debe ser mensual, semanal, no cada cincuenta años. Así, vilipendizaciones como gorila, muy antropocéntrica por cierto, de poco sirven al pensamiento. Así, si citar Gramsci, Benjamin y Arendt, para pensar el consenso, la coerción y el fuego amigo[3], es poco hospitalario de teleespectadores, habrá que buscar otras formas de decirlo, pero no puede dejar de ser dicho. No se puede renegar de ninguna de las muchas tradiciones que habitamos, ni regalársela a quienes respetamos pero con quienes disentimos. La tradición del criticismo, de la crítica sin miramientos si el objeto de crítica es amigo y por ende impune o enemigo y por lo tanto culpable desde ya, no puede regalarse sin más. O, en todo caso, sí. Pero luego no pataleemos, ni seamos abusivamente injustos, si alguien viene a recordarnos lo que alguna fuimos pero, por conveniencia, pereza o algún otro motivo, dejamos de ser.  



Notas:

[1] Olivan, María Julia & Alabarces, Pablo, 678: la creación de otra realidad, 1 ed., Bs. As., Paidos, 2010, p. 207.
[2] López, María Pia, “Batallas y hegemonias”, Página/12, 30/05/2011.
[3] Verbitsky, Horacio, “Batalla cultural, fuego amigo y candidaturas”, Página/12, 6/3/11.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Sobre la conveniencia de vivir y trabajar en Provincia.




 estaba en llamas cuando me acosté
“Estaba en llamas cuando me acosté”, Say no more, Carlos García Moreno, 1996.


Si alumnos secundarios tuvieran que responder cuáles son las posibles herencias de la dictadura en nuestro presente en una evaluación, los sucesos del 2 de mayo de 2011, el descarriamiento de un tren en Flores o Caballito y la quema de vagones en Ciudadela, Ramos y Haedo, podrían haber sido una buena respuesta. Más allá de interpretaciones conspirativas que ligan los sucesos a manos ocultas de un lado u otro, existe un fondo de experiencia -fondo que ya casi es un baldío- que vuelve verosímil una lectura no conspirativa de los hechos. Viajando como se viaja, lo que pasó entonces podría haber pasado o puede pasar cualquier otro día. Esta obviedad, que suele ser utilizada como prueba de que si no pasó cualquier otro día y sí cuando pasó es porque hubo una mano negra que lo digitó, reconoce lo que pretende negar: que existen las condiciones objetivas –y por ende subjetivas-, es decir: pésima calidad de viaje y desde cansancio hasta hartazgo por una realidad repetida todos los días, para que hechos como tales sucedan. Si no existieran estas condiciones, si los trenes, colectivos y –en menor medida, por ser porteños- los subtes no funcionaran como funcionan, las supuestas manos ocultas serían más evidentes y saldrían de la presunta oscuridad en la que se resguardan para tramar un descarrilamiento aquí, un incendio allá. La dictadura, ahora que se avanza sobre sus complicidades civiles eclesiásticas, judiciales y empresariales, no sólo significó treinta mil desaparecidos –podrían ser ocho mil, el número no es importante- sino fundamentalmente una reconversión del Estado que tampoco es lo fundamental sino más bien sus consecuencias: la animalización antropocéntrica de numerosos sectores de la sociedad, la desacralización de sus vidas que los torna cotidianamente asesinables, el rasguido del tejido convivencial que provoca que uno se niegue a viajar en determinadas condiciones –por ejemplo, colgando de las puertas- pero no se (pre)ocupe porque otros –cientos, miles- (a)sí lo hagan. Son estos riesgos tolerados cotidianamente los que saltan a la vista cuando suceden hechos como los de este 2 de mayo, aunque no se hayan lamentado víctimas fatales.

El acento en lo anterior, como resaltar la indiferencia vecinal ante la indigencia callejera, puede ser tildado de impráctico, generando la burlona pregunta: “¿Y qué querés que haga? Yo también tengo que llegar al trabajo para pagar el alquiler y comer. ¿Qué querés que haga, que los baje de un tirón? Me cagan a trompadas. ¿Querés que pare la formación, que me tire encima de las vías para impedir que siga? ¿Querés que arriesgue mi vida por uno de los dos viajes que miles hacen al menos cinco días a la semana? No seas irreal”. Nadie está proponiendo tamañas soluciones. Sólo apuntar, en la medida de lo posible y las posibilidades, las responsabilidades propias, ciudadanas, de a pie, que caben en las tragedias o hechos infinitamente menos catastróficos como los de este 2 de mayo. Por supuesto, estas responsabilidades civiles, como en torno a otros asuntos, no son prenda de cañón de responsabilidades empresariales y estatales. Por esto la referencia inicial a la dictadura y los puntos que sumarían alumnos secundarios en caso de ligar un hecho de hace cuarenta años con otro de hace una semana.

La dictadura es la fecha simbólica en la que suele situarse el comienzo del desguase del Estado: el Estado como auto robado que es llevado a un desarmadero para su disección y venta por partes. Aquel mítico inicio podría ser ubicado antes, durante el Rodrigato de la presidencia peronista isabeliense, pero sería más problemático y menos conveniente. El Estado, desde la dictadura y con acento en los ’90, fue redireccionado por partes, desde el cuidado de sí y bienesterioso cuidado de los otros desde los ’30, hasta el descuido de sí y cuidado de la patria financiera de hace 20 años. Por eso es curioso cuando amigos anarquistas, a pesar del paso de la dictadura y los ’90, siguen situando en el Estado el enemigo a vencer, invisibilizando al mercado, el capital, la publicidad, como su socio menor. El anarquismo está contento, el neoliberalismo achicó el Estado y engrandeció la Nación. Está claro que, a diferencia de lo que sucede cuando nos metemos al mar con agua muy fría, nadie achicó nada: el neoliberalismo fue el gps del estado de bienestar que recalculó sus direcciones. Las del sistema de transporte férreo, baluarte de la construcción del Estado-Nación decimonónico, aun con la centralidad manual del unitarismo porteño, no estuvieron entre ellas: desde los ’90, además de profundizarse la monopolización de los medios resguardados bajo ley de dictadura, los trenes, al igual que hospitales y escuelas, fueron siendo el fondo, el patio, el baldío de una figura, estrella, protagonista multimedial. Sería interesante investigar la producción de subjetividad bajo la figura del argentino vivo y gracioso menemista y sus continuidades en el piola y canchero macrista. En cuanto a lo anterior, los críticos del humanismo disciplinante decimonónico pueden estar satisfechos, el neoliberalismo también lo hizo. Sin embargo, este no sólo levantó vías asentadas sobre el levantamiento de casas: también encapsuló el viaje volviéndolo el equivalente viajero de la privatización hogareña de estufa y radio, aire acondicionado y televisor.

La dictadura sigue presente entre nosotros no sólo por el estado de los trenes heredero de las privatizaciones operadas en los ’90 pero cuyo fondo de posibilidad fue la sangría social e ideológica dictatorial. Sólo este hecho, aunque haya quienes hagan política descarriando rieles e incendiando vagones, vuelve incorrecta, simplista, mitológica, toda construcción de un chivo expiatorio que beatifique a los buenos pasajeros trabajadores que sólo quieren transportarse para laborar en oposición a los demonizados ocasionales moradores de estaciones responsables de desmanes. Si no hubiera vías, trenes, viajes en pésimas condiciones, los violentos quedarían en evidencia, siendo la figura que se recortaría sobre un viaje que superaría las comodidades hogareñas. Ahora, si las vías no tienen mantenimiento, las formaciones están deformadas y el viaje es un calvario en lugar de una ciudad celeste, ¿de qué forma distinguir a los legítimamente indignados porque vienen de su casa para ir al trabajo y no pueden hacerlo por sucesos que exceden su responsabilidad de los irresponsablemente indignados porque todo su ánimo es generar caos y desconcierto en la población? Sin embargo, la dictadura, como un fantasma, sigue presente entre nosotros al menos también de otro modo: la desvalorización de la vida no sólo operó en aquellos que inconscientemente la arriesgan módicamente todos los días para ir a trabajar sino también en aquellos que, sin tener que hacerlo o no estando dispuestos a hacerlo, prefiriendo levantarse un poco antes o buscar otra solución, no ven con ojos atormentados sino anestesiados lo que sucede delante suyo. Por supuesto que la cotidianeidad normaliza y el ser humano es un animal de hábito dable de acostumbrarse a la vida en un campo de concentración incluso. Sin embargo, así como existe distancia entre lo que podríamos hacer y lo que finalmente hacemos, ya que de otro modo seríamos elementos o animales que sólo podemos lo que hacemos, también existe un hiato entre la rutinarización de lo extraordinario y su absoluta cotidianización. En ese embute está la esperanza. La esperanza de, sin reproducir el entendible uso de la vecindad capital-provincia como chantaje de un acto disruptivo, no considerar la forma de superar los puentes dinamitados que dos por tres estallan en irse a vivir a los suburbios, sean los coquetos norteños o los desprestigiados sureños. La esperanza, aún reconociendo las mejoras institucionales de casi una década a esta parte, de que esta forma de desarrollo, basado en el auto(in)movilismo ralentizador del tránsito histéricamente lamentado por los medios y en ciertos legados inconfesables de la época en oposición a la cual se construye el presente, en algún momento asuma, con el correspondiente apoyo ciudadano, las tendencias autodestructivas que laten en su seno. Los chorizos que salen de la académica canilla por suerte abierta hace ochos años podrían nunca dejar de repetirlo.


domingo, 27 de febrero de 2011

Variaciones sobre GH




Cualquier taller de urbanismo –o, si se prefiere, sobre la ciudad- debería haber estado entre los primeros en escribir sobre Gran Hermano (GH): sin embargo, por vergüenza cultural[1], particularmente vergonzosa entre estudiantes sociales y puntualmente de Comunicación, aquello no ocurrió, al menos hasta donde se tiene noticia. GH, comparado con una de las tres santas trinidades del KDT kirchnerista, es un consumo simbólico frívolo, una expectación contraria a la efectiva o supuesta inteligencia del espectador: como si, gramsciana-rancieranamente, hubiera no inteligentes, para merma de quienes así se identifican. Una vez más es Alan Pauls, con su Historia del pelo (2010) visionaria en mostrarnos bourdeanamente –aunque jamás se cite al autor, quizá no sea de su agrado, no importa- las capitalizaciones del pasado traducibles en el presente, quien ayuda a pensar la importancia de la frivolidad: pocas cosas más frívolas, además de ver GH, que el pelo, cuidarlo, invertir en su cuerpo para luego capitalizar sus dividendos. GH es una suerte de pelo de nuestra sociedad –y me refiero a la argentina, no al burbujeante micromundo sociohumanístico, con su cuidado descuido y consumos legítimos-: pocos dicen estar pendientes de él, pero sin embargo todos saben lo que sucede. Es cierto que una sociedad massmediática se parece bastante a una sala de peluquería: aún no queriendo enterarte de lo que te estás a punto de enterar, enterarse o no no depende de la propia voluntad: como ser judío, portado en el apellido aunque se desconozca cuánto pesa un kipá, es una fatalidad. Pero también GH es el menemismo del progresismo y puntualmente de los ámbitos demasiado humanos y poco sociales: nadie negaría saber sobre el archisabido panóptico de(l metrosexual) Benthman, dentro de la presente metáfora la primera presidencia menemista, pero sin embargo fue reelegido dos veces –antes que el kirchnerismo descubriera la transversalidad, los derechos humanos y los ’70- por una sociedad hegemónicamente antimenemista. Si bien los índices de medición de audiencia nos dicen que los realitys –sobre el que versa este vano y frívolo ensayo y aquel donde los sueños sueños no son sino bailes- pierden ante las ficciones que 4 de los 5 canales de aire posicionaron en el prime time, al menos GH, en caso de confiar en esa megacorporación de la corporación jurídica que son los escribanos, posee un caudal de frenéticos enviadotes de sms nada despreciable. Solamente esta cantidad de votantes –una nueva mostración (y en esto los amigos anarquistas van a estar contentos y los amigos peronistas tristes, a pesar del spinozista Jauretche) que votar es botar la participación para votar delegación-, y que el público en estudio se colombianiza no por inseguridad paramilitar sino por coreo de consignas terroristas de su inteligencia, justificaría que estudiantes y egresados de carreras dedicadas a la sociedad en general, con la interpelación especialmente puesta en una carrera actualmente a la mano como Comunicación, se ocuparan de pensar su especificidad, pero sobre todo, más que lo que tiene en común con el panóptico del ya vendido en kioscos Foucault, con la novela de Orwell o con anteriores ediciones igualmente infames del presente programa, en sus variaciones: no es ninguna novedad, desde el momento en que Zizek se cuela en el fragmento de canción que los participantes cantan a la hora de abandonar la casa -¿cómo investigar urbanismo y no ocuparse de la casa más famosa del país?-, que el capitalismo –como el olvido- es cambio mientras el socialismo –como la memoria- es permanencia. Quizá de aquí pro-venga el desprecio que las izquierdas en general manifiestan hacia estos fenómenos así como la comodidad en el afincamiento en una retórica de la memoria: ¿cómo ver y molestarse en escribir un articulito sobre un programa que, además de lisonjear gratuitamente –sin comerla ni beberla- la etiqueta sin etiqueta de frívolo, vuelve imposible, dada la cantidad de partícipes que entraron, los que salieron por votación y por motus propio y los que entraron en reemplazo de los últimos, y la misma –en contra de lo que se dice, y no precisamente desde la producción- insignificancia de sus vidas, recordar siquiera el nombre de cada uno de los participantes? ¿Por qué molestarse, cuando puedo formarme continuamente viendo 678, mirando una película o –muchisísimo mejor- leyendo un libro –leer Hegel antes que ver Los Simpson un domingo a la siesta-, en ver a esta equipo de rugby ampliado que no sabe escribir y a gatas hablar? En el citado artículo se mentaban los abultados pechos de una participante: a la postre, por esos portales de video que permiten ver tanto filmaciones inéditas de desiguales enfrentamientos entre israelitas y palestinos como menemistas programas transgresores de la década del ’90 que a su vez capitalizan las que algunas vez fueron experiencias transgresoras en facultades sociales, hallada en el papel de striper al recientemente casado jefe de intendencia porteño. Sin embargo, aquellos sugerentes escotes no bastan: por supuesto que, como la homosexualidad femenina -¿es posible hablar de lesbianismo por fuera del binarismo hombre-mujer?; ¿cómo, si decimos buscar transcender esta dicotomía, nos puede interesar la denominación de una práctica que parte precisamente de aquella normatividad?-, la transexualidad, una efectiva o supuesta estadía en la cárcel, son carnadas para prender el morbo de una audiencia vouyeurista en similares proporciones al exhibicionismo de aquellos. Esta, en todo caso, es la tensión que genera el malestar provocado por determinadas instituciones: no –como twitea Clarín- el ultrakirchnerismo o –como responde el kirchnerismo- la oposición que va a genocidiar o exiliar al kirchnerismo en el improbable caso de que Cristina pierda en octubre, sino la sobreexposición espectacular o el aislamiento ensimismado. En el caso de algunas tecnologías, por ejemplo ciertas redes sociales, dándose ambos fenómenos a la vez. De hecho, son dos caras de la misma moneda: me sobreexpongo mediáticamente porque me aíslo hogareñamente de la sociabilidad encarnada. La función conservadora del hogar, en oposición, aunque también pueda serlo, a lo que abre, como el conflicto o las críticas, la calle, los bares, la ciudad. Es llamativo que las izquierdas que gustan demonizar estos programas por frívolos o insignificantes no hayan emprendido sus críticas precisamente por allí: no hay nada más conservador que una casa, sea famosa o no. En esta dirección, resultan ridículas –por no escribir tontas: si no hay no inteligentes tampoco hay tontos (no hay jerarquía en la ignorancia, como gusta repetirse sloganeramente)- las indiferencias más que impugnaciones que pueden verse en la segunda estación del semanal circuito mediático kirchnerista: no se trata de que dentro de la casa se hable del matrimonio igualitario para que, de buenas a primeras, deje de ser ignorable para resultar interesante -como si el clivaje que lo determinara fueras las medidas tomadas en los últimos 8 años (ya 8 años)-, sino lo que la casa permite pensar. Lo que una casa dispara pensar. La producción del programa es soberana: decide sobre la excepción. De aquí que, como con el capital, resulte zonzo hablar de traición, palabra cara a las tradiciones de izquierdas. La casa, concomitantemente, en la presente edición estalló uno de los soportes sobres los que antes se basaba: la separación adentro-afuera. Una barra invertida en lugar de guiones. Como en el siempre citado anillo de Moebius, tal corte ya no existe: adentro y afuera, como aceite en el mar, se con-funden. No sólo por la obvia comunicación con el afuera por las redes sociales, sino por la inverosímil proveniencia de los gritos de otras bocas que no sean las de producción: puede ser conspirativo, pero la paranoia es una producción serial de la casa. Esta, con sus vecinos, ya no es más agua y aceite sino petróleo y mar. Esto comporta toda una teoría de la vecindad: una doble vecindad, o vecindad superpuesta, donde, en contra de lo que marketineramente se repite, importa tanto la vecindad interna como la externa. La con-vivencia como el grado sumo de vecindad. No hay personas más vecinas que las concubinas. Y sin embargo no se piensa la convivencia en términos de vecindad. No deja de resultar llamativo que no se haya apelado a GH para pensar el Indoamericano. Continuará.


Notas

[1] “5 notas sobre #GH2011”, en práctica discursiva. dispersiones en la regularidad.
  

miércoles, 27 de octubre de 2010

Asamblea de martes: la mella de la burocracia según el prisma que se mire.





El martes 26 de octubre de 2010, a 6 días del asesinato del militante del PO Mariano Ferreyra a manos de la burocracia sindical pedrazista, se desarrolló la asamblea del CECSO de FSOC de la UBA, asamblea que giró mayoritariamente en torno al imprescindible repudio y exigencia de justicia para con aquel asesinato político. Sin embargo, como el término mayoritariamente muestra, no sólo sobre el recuerdo de aquel joven militante trotkista versó la asamblea. Si bien esta parecía discurrir por estos carriles, considerando inapropiada toda intervención que implicara fisurar el saludable consenso de indignación ante un crimen político a manos de una burocracia sindical, sobre el final de la misma, a la hora de las mociones, como quien no quiere la cosa, se introdujo una que no había sido mocionada al menos públicamente por ninguna intervención: no hay nada de malo en ello, pueden acercarse mociones a la mesa moderadora por fuera de ella, como cualquier abc de procedimientos asamblearios ilustra. Sin embargo, como también resulta obvio, es responsable –para quienes tanto gustan de responsables políticos- señalar la procedencia partidaria/agrupacional de aquella moción extra-intervencionista: así, una expresión como un conjunto de agrupaciones, vertida por un integrante de la agrupación estudiantil Prisma, además de vaga, es de una irresponsabilidad proporcional al grado en que le quita el cuerpo –paradójicamente con tanto positivizar poner el cuerpo- a la responsabilidad de nombres propios de agrupaciones y/o partidos. ¿A qué se le teme? ¿Por qué no hacerse cargo? Si esta moción subterránea y traicionera ya fue planteada -por cierto que menos deshonestamente- cada vez que se mocionó a favor de la continuidad del Comedor de Constitución-Ex aula 6 desde la última palabra que brinda la codiciada mesa de moderación, ¿por qué no hacerse cargo de la huidiza moción dando los nombres de las agrupaciones-partidos que la mocionaron subterfugiamente y subieron y bajaron los bracitos votadores al ritmo de la aceptación o rechazo que intuyeron de la asamblea? Lo que se dice: un asunto de principios, ideales, convicciones.

Las intrigas palaciegas forman parte de la política. Pregúntesele sino al oficialismo en torno al vicepresidente mendocino elegido en 2007. Quienes las efectúan creen estar entrando en lo hondo de la política, la política entendida como conspiración: se figuran a sí mismos –una vez finalizada la carrera, si es que alguna vez sucede- como futuros cuadros de una fuerza social de relevancia. La mesa de operaciones moderadora les sirve de escenario, el micrófono de legítimo monopolio de la legítima voz de la asamblea, el resto de ella de auditorio sujeto a las astutas especulaciones: da gracia dado que no vale la pena observar cómo se agolpan detrás de ella como si su posterior fuera la codiciada espalda de la persona amada. Detrás de ella se dan conversaciones que luego se desvanecen, conversaciones no dables de ser tildadas de traiciones dado que eso implicaría creer en demasía en una de las dos partes de la conversación. Hay que reconocer que ese tipo de diálogo forma parte de las tradiciones del populismo que se pretende de izquierda, que –en tanto bonapartista y pendular- flota de una posición a otra según cómo venga la mano –son el antisalmón de la política-, pero no de quienes se referencian en legados autogestivos. Debe llamar a profunda reflexión de estos sectores prestarse a tales contubernios con quienes, bajo la pretensión de que son amigos sólo porque no son enemigos, no dudarán en mocionar en repetidas oportunidades proposiciones irrespetuosas de experiencias prácticamente inéditas en la facultad que conducen, o directamente en aparatear una asamblea introduciendo subterfugiamente mociones que –como un mago con su conejo- son sacadas de la galera. Al menos, cuando vemos un conejo salir de la galera del presdigitador, sabemos su nombre o apodo: sería deseable que lo mismo sucediera con las agrupaciones y partidos que, de la vergüenza del burocratismo operado, ni siquiera se atrevieron a explicitar las corrientes desde la que partió aquella proposición.

El fantasma de la autonomía parece aterrarlas. Y esto no es exclusivo de las agrupaciones conductoras –sin controles de alcoholemia, como buenos tomadores- del CECSO, sino también de los partidos políticos restantes. De otro modo, en lo que a los primeros respecta, habría que prestarse a conspirativas y paranoicas versiones según las cuales su ensañamiento por entregar –lisa y llanamente, son entreguistas confesos y contentos- el comedor-ex aula 6 se debe a secretos convenios con el muy funcionalmente demonizado Caletti –quien hizo todo lo posible para tal negativización- no precisamente expuestos a la cosa pública. Así, la célebre expresión del Decano: ni mentiroso ni buchón, a la luz de la recurrente proposición de mociones contra la experiencia autoorganizada encarnada en el comedor, cobra otro matiz: ¿habrá sido verdad que integrantes del CECSO mantuvieron reuniones secretas por fuera de la mesa de diálogo –y, por ende, irrespetuosos de la tan agitada soberanía de la asamblea- con su tan convenientemente demonizado enemigo? ¿Las principales agrupaciones integrantes del centro fueron irrespetuosas del mandato de las asambleas que tanto elogian? ¿Jugaron a dos puntas? ¿Cayeron –y recayeron- en doble lealtad? Si no es así, ingenuamente, no se sabe por qué tamaña animosidad en devolver gratuitamente un espacio que fue conquistado a fuerza de fuerza, trabajo y afectos por quienes también participaron de la toma y participan de las asambleas. ¿Será por los fondos que un comedor bajo control del centro redundaría para con sus agrupaciones integrantes? ¿Será por la caja que –comprensiblemente- tanto es criticada para con el gobierno nacional pero que, al parecer, no resulta tan criticable cuando los beneficiados somos nosotros y no los otros? No quisiéramos caer en tan mal pensadas interpretaciones. Estamos seguros de que debe haber una buena razón –o varias- explicadoras de tan sintomática conducta. A su espera estamos.

No obstante lo anterior, no puede dejar de señalarse la suerte de inocencia de quienes, creyendo en las palabras de quienes minutos después mocionarían en contra de una experiencia que se mide en mucho más que panes y cervezas –como si esto, además, fuera poco-, repudiaron los llamados intentos del Decanato de sembrar la discordia en la chacra del movimiento estudiantil afirmando que se reunía con una minoría -¿la vanguardia?- de él bajo el pacto de jamás reconocer públicamente la reunión: cada vez que su cabeza tuvo oportunidad no hizo más que embarrar la cancha de una tierra ya pisoteada, pero debe llamar a reflexión de aquella en parte ingenua y muy desilusionada fracción estudiantil sobre su configuración de amigos y enemigos: no se trata de patear el tablero –para eso siempre estará el zapato de Kruschev, mal que les pese a los stalinistas disfrazados de otra cosa-, sino de saber con qué pingos se cuenta a la hora de la partida. Porque, como reza la sabiduría popular, en la cancha se ven los pingos. Y, de un tiempo a esta parte, ya se vieron: se están viendo. En caso de que quienes vienen obrando bajo determinada línea, bajo cálculos miserables realizados con los dedos de una mano, lo sigan haciendo de esa forma, su entreguismo formará parte de una de las herencias más interesantes para con el movimiento estudiantil futuro que intentará no repetir sus tan repetidos errores.


viernes, 15 de octubre de 2010

Llegamos tarde: un bar, su necesaria memoria y su imprescindible olvido.





La tarde de junio de 2009 del capusottiano 1-6 versus Bolivia fuimos con Carrasco –el hermano mayor de Lucas, el ametrallador serial- al bar de Las Heras y Paunero y, recién en él, nos percatamos que, al no tener televisor, iba a ser difícil que viéramos el partido. Conocíamos el barrio-paño y frecuentábamos el bar, pero a veces los deseos obturan todo verosímil cálculo de posibilidades sobre su concreción. Terminamos viendo el partido en un restaurant popular –sí, en Recoleta- justo enfrente de una de las entradas de Plaza Las Heras, allí donde estuvo la cárcel donde fue ejecutado Di Giovanni ante la mirada de Arlt y donde las fuerzas policiales peronistas torturaron y se les fue la mano con uno de los interrogados. En oportunidades la política urbana macrista, como el poder según el puto maoísta, produce y no sólo reprime: ante la paredización previa al alambramiento de la plaza, los paneles de metal, día tras noche, aparecían dibujados por grafitis no sólo críticos de la privatización –enrejamiento, candado y llave ante la llegada de la antiiluminista noche-  del espacio público sino, haciendo un trabajo de memoria, también de pintadas referidas a la historia del lugar antes de que se con-virtiera en plaza. Su pasado como cárcel, su historia como lugar del crimen de aplicación asesina de uno de los inventos argentinos, las ironías sobre la necesidad de hacer un museo también de esas atrocidades, su existencia como paño donde se escriben las textualidades del presente. Podría haberse agregado el asesinato –no ajusticiamiento- de Hermes Quijada, el militar que apareció por televisión el 22 de agosto del ’72 dando la cara para afirmar que ante el intento de fuga de 19 subversivos de 3 organizaciones terroristas se había dado muerte a 16 de ellos, por el gallego Fernandez  Palmeiro, integrante del ERP-22 de agosto, escisión camporista del antiperonista PRT-ERP, sobre Las Heras y Sanchez de Bustamente, como cantan Calamaro y Scornik en 22, el loco, musicalización entre otras de la monumental obra cinematográfica Gaviotas Blindadas.  Los lugares guardan una historia que sólo su roce con textos revela en toda su significación política: la iglesia católica de Av. Corrientes y Palestina (ex Rawson) desde la cual fueron baleados obreros durante la semana trágica del ’19. Como la revolución francesa a partir de lugares y no de escritos, autores o sucesos, la historia desde los sitios y no las historias de los lugares. Una combinación de urbanismo, historia y política que suele resultar refractaria desde el nicho al que se pertenezca. Una forma de caminar la ciudad mal vista por tiempos metropolitanos que no bien reciben que, como el filósofo que de tanto mirar el cielo se cayó al pozo –mi philosopher fall down in a black hole-, un transeúnte camine con la vista levantada observando las construcciones que lo rodean y albergan. La vista, como apuntar a través de una mira, debe ser recta, no aleatoria. La inclinación de la cabeza ni altanera ni sumisa: en el grado militar exacto en que se prevé tanto la inminencia del enemigo como la proyección de los pasos. No hay tiempo para nada: el que se detiene, como en la carrera académica, pierde. Es pisado por los que vienen detrás, atropellado por los de delante, no citado por los que vendrán.




El bondi es un viaje no sólo por el traslado sino también por la experiencia que vehiculiza. Es en este sentido que la añoranza de teletransportación adolece de sentido. La significación de la resaca no es la desinhibición que drogas y alcohol –redundantemente una droga- producen sino su duración desde que se hacen cuerpo hasta que son expulsados. En esta dirección, el deseo de teletransportación, pretendiendo ahorrarse la experiencia de volver de Pompeya a Villa Urquiza, precisamente lo que suprime es eso: la experiencia. Es cierto que esta se hace-obtiene de eventos ordinarios –la gris convivencia, la mediocre normalidad- y no de hechos extraordinarios: una revolución o vacaciones. Sin embargo el viaje que se opera urbanamente es de muy diferente índole que aquel para el que se trabaja todo el año: mientras este forma parte de lo que se aparta de lo ordinario –de allí que dure 2 o a lo sumo 4 semanas al año-, el primero forma parte del hábito, de lo que se repite día tras día. Es decir, no sólo que de carne somos, sino también la carne que somos. Así, un viaje en el 41 desde la ahora iluminista Plaza Miserere hasta el goyenechiano Saavedra puede revelar lo siguiente: no sólo que lo que era un bar, en breve –en muy breve, en una brevedad propia de eyaculación precoz-, será un edificio, ya que no hay nada de extraordinario en ello, toda la ciudad -desde hace ochenta años- está dejando de ser un lugar anarquistamente horizontal para ser vanguardistamente vertical, sino que, en sintonía con la hipertecnificada proliferación de signos de la que es imposible tener registro, la ciudad forma parte de una dinámica centrípeta a la que resulta difícil seguirle el pulso: ingenieros civiles afirman que, según lo que aprendieron en la universidad -lo que no resulta excluyente de que se te caiga un gimnasio al lado de lo que estabas por levantar-, construir un edificio lleva mucho más tiempo del que el ojo humano, en los barrios periféricos en los que todavía puede levantarse la vista, registra cotidianamente. La única forma de percibir diariamente las modificaciones de una construcción octogeneria para convertirse en un nuevo edificio es siendo vecino de ella. De otro modo, el mismo ritmo y colapso de la metrópoli, y la misma existencia de la vida como flujo cotidiano que cree dominarse bastante más de lo que en verdad se controla, vuelven imposible ese seguimiento. Cuando pasamos por última vez todavía era un bar al que podíamos ir a leer textos como extensión de la universidad al resto de la sociedad: cuando pasamos nuevamente ya es una obra en construcción con telas, andamios y paredes plásticas. Una antimilitarista patrulla de rastrillaje, documentación e investigación urbana debe estar al tanto que, a pesar de lo posible y poético de su existencia, intentando pensar la historia argentina a través de sitios y pintadas y mezclándose con vecinos de la otra punta de la ciudad como forma de conocerla en su vida cotidiana, ese es el paño sobre el que opera: edificios históricos receptivos a los flashes porque están abandonados desde hace lustros y se mantendrán en ese estatus un tiempo, pero también construcciones que llevan en sí parte de la historia de la ciudad –y, en tanto capitalinamente unitarios, del país- que serán tragados por la tierra antes que una cámara pueda registrarlos fotográfica o cinematográficamente. Una fracción de la metrópoli está desaparecida, no está muerta ni viva, desapareció: no se sabe qué fue de ella, quién la habito, quiénes fueron sus vecinos, qué historias de amor y odio germinaron en su seno, qué textos se leyeron en su interior.




Cuando se escriben textos de estas características una obvia reflexión que suele ser omitida, quizá como condición misma de posibilidad de su hechura, es que la museificación de una ciudad, más allá de lo que enseñen los últimos treinta años de obsesión internacional por la memoria que localmente se manifestaron en la última década, no da trabajo. Es decir, a pesar de los nuevos empleados administrativos y profesionales que un museo necesita para su andar, en el caso de la contraposición entre horizontales casas y verticalistas edificios, la tasa de empleo –precario, mal pago, inseguro- que generan los últimos no tiene comparación con el que producen los primeros. Otro matiz, presente sobre el tamiz de una reflexión sobre la nueva ciudad que se levanta sobre las ruinas de la anterior a una velocidad que vuelve arduo su seguimiento, son los destinatarios del empleo generado: mientras que en el primero se trata de paraguayos, bolivianos y peruanos desde hace diecinueve años –gobernar es poblar, aunque me quede soltero- pobladores  del país como segunda oleada de cabecitas negras que construyen casas en las que no van a vivir en barrios en los que serán mal mirados, la primera acoge la resaca noventista de clase media ya sea en trabajos repetitivamente administrativos o no menos automáticos, más allá de título en la pared, profesionales. Cuando se lamenta los edificios levantados en Villa Urquiza o Caballito, azuzados mediáticamente por derrumbes que hacen el juego al agorero apocalipsis agitado por medios que normalizan la vida en estado de excepcionalidad, se invisibiliza que una sociedad, así como no puede vivir en constante estado de colapso ya que necesita de cierta normalidad aunque esta haya nacido de lo antaño considerado excepcional, tampoco puede hacer de su ciudad una naturaleza muerta a cercar, conservar y luego mostrar. Es decir, un museo. Sin ánimos de hegelianistas síntesis o pendulares bonapartismos, urge un modo de penar la metrópoli y sus derroteros entre la nostalgia de lo que fue y no volverá y lo que todavía es pero quizá en breve ya no sea. No se trata de museificar sólo el casco histórico o casquificar algunos pocos pero identificables -¿idénticos a qué?- edificios míticos de la ciudad, sino de un andar que, al mismo tiempo que recuerda antinostalgiosamente lo que alguna vez fue y ya no es, se pregunte por las condiciones de lo que todavía es y puede o no seguir siendo, no sólo en vistas de conservación de un supuesto patrimonio histórico sino también de respuesta ante el que constituye el principal capital de toda nación:  sus habitantes. Que el recuerdo de las atrocidades del pasado no olvide las peripecias del presente –como provocativamente fue planteado hace casi 20 años en el campo internacional de la memoria y recientemente derramado en la Argentina bajo la forma de un divo con conchero de periodista que capitaliza aquella farsa como recuperación del barniz de adolescente rebelde que tiempos no asfixiantemente neoliberales le arrebataron-, pero, también, que la ad-miración de las construcciones del pasado, su avistaje, sistematización e investigación, no invisibilice las condiciones de vida, trabajo y tránsito del presente. Una reflexión honda  sobre la ciudad contemporánea no pude arrebatarle el cuerpo a estas aporías.


sábado, 28 de agosto de 2010

Pos-graduandos pos-trados y universidades-museo: la ciudad dentro de la facultad.


 
Traída desde acá




Hay quienes –comprensiblemente- justifican el estudio de dinámicas áulicas como modo de análisis de la sociedad toda, ya que quienes las integran son los mismos –aunque, es sabido, no idénticamente los mismos: nadie se comporta de la misma forma ante diferentes destinatarios- que componen la sociedad, y porque las relaciones que en ella se dan no distan diametralmente de las existentes en determinada formación social. Ahora, esta posición puede correr el riesgo de –bajo la suerte de analogía aula/sociedad- descontemplar las especificidades de la primera subsumiéndolas bajo la hegemonía de la segunda. Un riesgo similar al que puede correrse cuando el plegamiento a la especie de ethos superado de los posgrados es radical y no mesurado. Un desmelenamiento academicista: ¿de qué cosa vacían ferozmente sus cuerpos los antaño masivos estudiantes y ahora selectos igualmente estudiantes que, de algún modo, ya no saben más quién son, sosteniendo exactamente lo contrario de lo sostenido –en pancartas, banderas, marchas- años atrás? ¿Finalmente tenía razón el determinismo-correspondencista en que, entre las condiciones materiales de existencia y la superestructura ideológica, existe una relación de determinación unilateral donde la primera marca los dictados de la segunda –la base material, así, sería la maestra ciruela que dicta los contenidos que las superestructuras (como si fueran esperanzas influidas por famas) deben copiar en sus cuadernos ideológicos-? ¿Cuántos subtreinta que dejaron atrás el grado se verán identificados en el personaje capusottiano de American Psycho Bolche bajo la forma del director, tutor o profesor que, a raíz de un comentario menor, pero que hace irónica referencia a los otros de docentes e investigadores –los masivos y analfabetos estudiantes-, despierta una ira incontenible que no se ajusticia mediante un disco de Silvio Rodriguez o un sueter andino sino, por ejemplo, mediante el lomo de la revista que alguna vez se editó como estudiante universitario o por medio del mamotreto de panfletos que se acumuló en pocas horas de marcha desde la míniciudad universitaria céntrica hacia Palacio Pizzurno o Plaza de Mayo? Una vez más, ¿no está esto cantado en García –el sublime, el que sonrojábase cuando le decían que era un genio, no el ridículo, el que repetía a los cuatro vientos que lo era cuando sus producciones eran patéticas a base de desmelenamientos de drogas y alcohol (hay que emborracharse con agua mineral, ponerse el mejor traje para ninguna fiesta)- en Dos cero uno transas, sólo que la figura no es la del militante setentista devenido gran burgués –ya que pequebús lo fue siempre- sino la del estudiante de grado interesado en la política asqueado de ella cuando traspasa el umbral de la carrera? ¿No hay algo de mala conciencia y pésima fe, y pusilanimidad y vocación de servidumbre, en quedarse callado ante cínicas críticas de lo que uno alguna vez fue, que de todas maneras de algún modo lo sigue siendo –es imposible desembarazarse de las sedimentaciones de lo que alguna vez fuimos: la subjetividad es una torta mil hojas o un árbol cortado horizontalmente– aunque quizá no con la intensidad -todo es una cuestión de grados- de antaño? Que sean comentarios menores y al pasar los que desaten la ira del estudiante antes de grado ahora de posgrado American Psycho Bolche no es casualidad ni contradictorio: es la gota que rebalsa el vaso.

El vaso, mientras se es estudiante, suele estar medio vacío, nunca medio lleno. Es muy antipático ser socialdemócrata o progresista cuando se cursa el colegio o la universidad. Existe una contradicción biológica en ser joven y no ser revolucionario, decía Sartre y citaba Allende. Hay que cambiar el mundo antes de que el mundo nos cambie a nosotros, le hizo decir Mafalda a Quino. La política es generación, no sólo por lo creativo-poiético sino también por lo biográfico-generacional. Existen personajes que niegan toda pertenencia bandística hasta que hacen referencia a un nosotros generacional –que, verdad de Perogrullo, puede comprender más de una generación biológicamente entendida: Urondo y Walsh militando a la par (y por momentos con menor grado) que sus hijas- que, blanco sobre negro –metáfora racista mediante-, trasunta una clara pertenencia política. U otros que –patéticamente- se vanaglorian de jamás haber sido militantes como estudiantes de grado, invisibilizando flagrantemente que sí lo son como graduados, defendiendo por lo general proyectos corporativos –il spirit du corp es lo más importante (¿qué es, en este plano, lo que los diferencia de policías, militares o médicos beneficiados por la benzina mediática del fantasma de la Gripe A?-, sectarios y exclusivos. Hubo un tiempo –intentando sustraerse de la conservadora nostalgia (la memoria es permanencia, el olvido cambio) que implica esta expresión- en que la formación de cuadros políticos que desembocaban en el Estado comenzaba, idealmente, en el colegio secundario, pero cuanto menos en los estudios superiores: asistimos a un fenómeno de época en donde no hace falta mayor –o ninguna- experiencia política para acceder a altos puestos de mando –ya que con antecedentes empresariales, o con la meritocracia del capital social, basta-, pero, incluso cuando reformas electorales intentan revalorizar la vieja forma partido por sobre la posmoderna figura del sello que aparece y desaparece cada cuatro años, quienes terminan integrando estos partidos revalorizados, accediendo a considerables cargos políticos mediante el trampolín de la carrera académica, no son políticos que comenzaron su militancia cuando la política les fue arrojada al rostro, arrojo que resulta inevitable al estudio en universidades públicas no construidas a imagen y semejanza de los privatistas campus anglosajones, sino una vez que aquel arrojamiento pudo ser dribleado en tiempo y forma de modo que nada se interponga en medio del objetivo final, para, con el título en la mano, ahora sí comenzar a articular política y estudio. Es cierto que quienes pueden combinar ambas a un ritmo considerable son los privilegiados que gozan –y, en varios sentidos, padecen- el lujo de dedicarse exclusivamente a estudiar sin trabajar: un estudiante full-time anacrónico –en el mal y no agrietador sentido del término- incluso para posgraduados becados que, con vistas al costo de vida actual, no pueden dedicarse exclusivamente a la investigación/docencia. Existe una grieta entre la militancia estudiantil universitaria y la limitancia graduada de mismo espacio: quienes hicieron armas en la primera por lo general no las perpetúan en la segunda, quienes se despiertan a la segunda, no sólo que no tuvieron estos antecedentes en la primera, sino que, como forma de justificación de su actual militancia y despertar a lo político, satirizan la primera. Es cierto que el trotkismo que puebla –sin pueblo- las carreras humanas y sociales de las universidades públicas es la versión paródica de la militancia estudiantil predictatorial: vasta ver sus posiciones ante la 125 y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual para comprobarlo. La fractura entre estudiantes y graduados-docentes, los puentes dinamitados entre unos y otros, tiene su acompañante en la fractura entre los grandes temas de la actualidad nacional y las consignas pintadas en los carteles que atestan la universidad. Ahora, ¿no es hora también de cuestionar los patrones sociales del gusto sobre los cuales afirmamos -por ejemplo- que los carteles y pintadas en Marcelo T. afean la facultad alejándola de la belleza –por caso- de universidades como la UNSAM o la UNGS? ¿Nos gustaría cursar -y/o dar clases- en facultades donde la política está ceñida por estrictos límites, siendo lo más preocupante no estas limitaciones –la libertad no nace de otro lugar sino de aquí- sino su obediente aceptación por parte de los limitados? ¿La política no es también exceso, plus, desmesura? ¿Cómo elogiar un fenómeno que se aparta de lo que se esperaba para la época y luego defender este modelo de universidad? ¿Vamos a dejar de grafitear el Cavanagh –o algunos de los muchos edificios hermosos (¿desde qué sentido del gusto?)- porque resulta imponente aunque un copartícipe del genocidio viva allí? Una ciudad sin pintadas es un museo, una facultad sin ellas un cementerio de corpus. 


miércoles, 7 de julio de 2010

Un hijo es un departamento





Mis problemas con las mujeres son humanos
o me aburren o estoy hasta las manos.

AC, “Una bomba”,
Honestidad Brutal, 1999.



          Que nos perdonen los futuros padres y madres. Sin esfuerzo, ya contamos un cuarteto que, en meses más, meses menos, pasarán a tener descendencia. Un heredero, una lega. Que nos disculpen, asimismo, los enemigos de la propiedad. Pero un hijo es un departamento, un inmobiliario, un dos ambientes con livingcomedor y dormitorio.

         Los locadores, dueños de propiedad que no se dedican a habitar, prestar o regalar sino a alquilar como modo ocioso de llegar a fin de mes y mantener o aumentar sus cuentas bancarias, padecen para con sus inmobiliarios el mismo vicio y lugar común que la mayoría de los progenitores para con sus primogénitos -o, incluso, que ciertos hermanos para con sus hermanos menores-: la inflación. No hablamos del indiscriminado aumento de los alquileres soportado por la casi ontológica corrupción de las administraciones de consorcio -¡autoorganización vecinal ya!-, ni de la inverosímil –aunque heterogénea y compleja- metodología mediante la cual el INDEC –al que cuadros del oficialismo como Verbitsky, luego de justificar las aventuras del otro fiel/no-traidor de Moreno, se dedicaron a denostar con la furia de los conversos, necesitando sublimar en críticas la complicidad antes demostrada en comprensiones- mide el nivel de aumento de precios en el país, sino que nos referimos a la sobreestimación, exageración, hipérbole de lo que se considera de propia posesión: y no es ninguna novedad que algunos padres conciben así su paternidad para con los hijos. Esta inflación radica en la popularmente conocida percepción de las madres –o, desde luego, de los padres: no será aquí donde se lean machismos anacrónicos por lo perezosos y no por lo iluminadores- de que su hijo es genio: no sólo el muchacho más sensible y bueno de la clase y el barrio, sino también el futuro astro de la música, el fútbol, el estudio. Aguardamos que los amigos que en un futuro cercano serán padres no cometan los mismos pecados, holgazanerías, redundancias. Aunque seguramente así sea, ya que, si sucede con una casa recién alquilada o un auto flamantemente comprado, ¿por qué no habría de acontecer con una propiedad mucho más móvil que una casa y aún más gratificante que un auto como lo es un hijo? No escupimos para arriba, ya que poseemos cuerpos educados –lo cual es una redundancia, ya que todo cuerpo lo es, no hay afuera de la educación- y modales aún mejor ponderados: lo mismo podría sucedernos a nosotros, en caso que el fantasma de la infertilidad se haga aún más real de lo que ya es y nos vuelva resentidos ante la adopción como sangre-no-de-mi-sangre, en la circunstancia de que fuéramos padres y madres. Como María José, madre de un primogénito por parir, fantasía perversa de compañeros que añoran la acabación más acá del allá en lugar de más allá del acá, transeúnta que –tradicionalmente (uno de los últimos vestigios de tradicionalismo que la modernidad, cuando todavía respiraba, no pudo erradicar y ahora, que somos menos modernos de lo que fuimos, todo se vuelve cuesta arriba: el respeto a los mayores, la autoridad de la longevidad)- recibe asientos a montones en trenes, colectivos y subtes. Lo que se desea recibir en la ciudad, en la metrópoli inoperante donde la animalidad es una forma de viaje y el tiempo es siempre adolescente, son piropos, guarangadas o propuestas indecentes, no sitios donde apoyar el culo. Para más, cada día más gordo por el futuro infeliz que porto adentro.

         Los locadores, como los padres con sus hijos, consideran que su propiedad es mucho mejor de lo que efectivamente es. Repetimos: como los progenitores con sus primogénitos. Sospechan que, en contra de lo que el efectivo inquilino/potencial usurpador sostiene, la renta con la que –humillación mediante de verse forzado (la fuerza de la ley) a aceptar inspecciones oculares mensuales de que todo está como cuando comenzó, mitología circular y repetitiva- ceden finitamente a habitar pero no a poseer la propiedad en cuestión es infinitamente menor de lo que debería ser. De lo que mereciera ser. La meritocracia de la renta. De la especulación, de la ociosidad –no como la pensaba Laforge, desde luego, sino en el camino de las tierras improducidas que llevan agua para el ganado del terrateniente pero afectan la producción nacional y, por ende, la soberanía alimenticia (ahora que está de moda hablar de ella)-, de la improducción –de nuevo, la cola de paja de lo leído (es decir: vivido) nos lleva a las aclaraciones, la demanda de los sitios donde pusimos la vista y el afecto: no, improducción, como desinterés antiutilitario crítico de la instrumentalidad del arreglo a fines, del toma y daca, del ni vos ni yo, sino pereza sustentada en alguna diferencia (económica) pasada que permite la inacción cómoda y no trágica del presente mientras el contribuyente en cuestión debe (él sí), en un marco posfordista que vuelve ridículo (fortista) todo exceso, tirar, malgastar, despilfarrar, cuanto menos un tercio de su sueldo (cuando no la mitad) para tener un lugar donde dormir, comer, coger-. Cuando anda el horno de la cocina, la habitación no padece humedad y el departamento no es una caja de zapatos. Los dueños que alquilan, como enfermas del sexo que jamás arañan la saciedad, la llenitud, la completitud, siempre quieren más, todo el tiempo consideran que podrían cobrar más de lo que cobran, ganar más de lo que ganan. Santucho –y no sólo él, desde luego, ya que aquel no era más que un heredero del legado de las tradiciones emancipatorias sobre los cambios necesario para que la realidad sea (ya no se diga más justa, sino siquiera, apenas) menos injusta- tenía razón cuando escribía que, además de una reforma agraria, tributaria, productiva, debería operarse –agenciarse, dirían los más delezistas que Deleuze, sea que tomen papa, sopa o leche o no- una reforma urbana: disminución de los alquileres, otorgamiento de las viviendas a sus inquilinos históricos –en el marco postoyotista se puede alquilar de por vida y, no sólo jamás tener una casa propia, sino incluso vivir ajustado ad eternum porque la renta se come al menos un tercio de los ingresos-, expropiación de los propietarios que poseen más de una propiedad y la(s) destinen a fines expoliadores: es decir, ahogo del locatario, no vivienda única y familiar. Por eso es que, a modo de anacrónico programa de izquierda vernácula, además de autoorganización vecinal destinada a la autogestión administrativa, los inquilinos, sobre el fin de su contrato, luego de haber presentado una falsa garantía de las que presentan muchos por edificio, pueblo o grupo de amigos, deberían romper el empapelado –en caso que exista: si no, emprenderla contra la blanca pared-, darle de mazazos –al mejor estilo calamarense con el Demasiado ego de García en (la hoy des-aparecida) librería de música de Arenales y Coronel Díaz- a la cocina nueva, desquitarse –hacer justicia divina, hacerse valer, defender sus derechos- con los vidrios del lugar. Lo que, poscolombinamente, podría llamarse quemar las naves. Sólo que, desde ya, mucho menos etnocéntricos, genocidas e infinitamente más justos que el nulamente cortés Hernán Cortés. Somos los Cristobal de las Casas de los alquileres.



Nota: sí, sí, Cobain no tiene nada que ver en todo esto. Mas recordamos aquello de que nunca llegará la hora de sentar la cabeza. ¿No ven lo incómodo de tal cosa? Papá Cobain y mamá Pizarnik, imagínense... ah, no, no, el Anti-Edipo no nos permite aquello...


miércoles, 30 de junio de 2010

Historia del moco





Pocas acciones más placenteras que sacarse los mocos. Pero no -como aconsejan las abuelas paternas o las tías bienpensantes- sonándoselos en la pileta del baño o en un pañuelo de algodón regalado por un familiar. Lo placentero es sacarse los mocos metiéndose los dedos hasta donde se pueda, hasta donde la nariz aguante.

Hay una diferencia ontológica entre los mocos que pueden sacarse metiéndose los dedos y los que pueden ser extraídos con un frígido sonar de nariz, en el baño o en el fragmento de papel higiénico que la empleada de la fábrica de papá nos alcanza. Los primeros son mocos consistentes, ya formados, con resistencia propia al vandorista tire y afloje que nos puede entretener por horas en la vía pública o en el livingcomedor de casa. Los otros, en cambio, son mocos líquidos, insignificantes, mocos que -como amores intrascendentes- se van más rápido de lo que vinieron, pero -aún así- con mayor notoriedad, lo que los vuelve aún más odiosos. Mientras que los primeros son mocos para ser sacados -o ser resistidos en caso de que abuelas paternas o tías bienpensantes monten guardia sobre nuestros orificios nasales-, los segundos son mocos que también existen para ser extraídos, sólo que -pequeña diferencia- con el contubernio de familiares y pañuelos, papeles higiénicos y rollos de cocina, lo cual los vuelve triplemente sospechosos.

Cuando era niño, a mis cuatro años, por razones laborales paternales, con mis progenitores y una hermana menor, nos mudamos de un departamento tres ambientes de Congreso a una casa de iguales dimensiones del interior, sólo que con un patio inmenso en donde mi padre -tres años después- construyó una modesta pero pragmática ampliación del hogar, una vez nacida la tercera de los cuatro hijos que ligadamente germinarían. El cambio, para ninguno de los tres, fue tal: mientras mi hermana siguiente y yo éramos demasiado pequeños para extrañar el tránsito y la ascensorera indiferencia porteña, la tercera de las hijas, ya nacidas en suelo interino, no sabía siquiera de la existencia de una ciudad donde se concentraba el poder político del país, ciudad que no era el pueblo grande donde había nacido. Ella, a la edad en que nosotros éramos paseados en los pasillos del edificio y llevados de un departamento a otro para que nuestros padres finalizaran sus estudios, tricicleaba con impunidad por las veredas de nuestra nueva casa, regalo del padre de nuestro padre, quien la había levantado con sus propias direcciones, mandando a los obreros que la construyeron, cuando era un simple pero prometedor empleado de una casa comercial del pueblo, durante la primera tiranía del posteriormente superado dictador depuesto. Ahora, durante un nuevo gobierno peronista, pero esta vez heredero de los últimos años del segundo régimen y de los pocos meses que el significante prohibido se mantuvo con vida durante su breve tercera presidencia, ella asistía, como actriz protagónica, al espectáculo de dos familias enteras rendidas a sus pies: su hermano mayor para entretenerla, su hermana mayor para pasearla y las dos familias para hacer de ella el objeto malcriado por excelencia, al menos hasta que naciera una nuevo hermano o primo.

Sin embargo, así como debajo de todo negro o judío hay un egipcio, la cercanía de la familia, como el iluminismo o una máscara de carnaval, es una pacífica arma de doble filo. Con un arma de doble filo, es sabido, uno puede cortar como cortarse, ganarse un auto como un tajo. La familia, y más cuando está cerca, no sólo es una cara con dos rostros mutuamente antagónicos, es también una avenida de doble mano donde las dos manos son de ida y de vuelta, de modo que los choques -ordenadamente- son más la orden del día que la excepción. Crecer cerca de la familia, qué duda cabe, posee sus indudables ventajas: no pasarán muchos minutos antes de que alguno de los muchos familiares a los que se consultó -con más razón si la familia es italianamente numerosa- acceda solícito a la solicitud de ser recogido para ser depositado en otro lugar, ya que el transporte público está engorroso y el transporte privado, familiar o extrafamiliar, se encuentra o bien ocupado o bien inaccesible. No habrá un día en que, en caso de ser ermitaño sin llegar a lo psicótico, no se posea la más que válida excusa, para salir por un par de horas de casa, que el motivo de visitar alguno de los numerosos puntos familiares desperdigados por la ciudad. Sin embargo, así como -dicen- no hay mal que por bien no venga, cuando la limosna es grande –ateamente- hasta el santo desconfía: todavía recuerdo cuando, llamando desde la casa de mis padres –que, por entonces, también era mi casa- al lugar donde trabajaba a cargo del comercio familiar, las tías bienpensantes o las empleadas domésticas devenidas administrativas de confianza, luego de que les preguntara por el paradero de aquel, antes de responder afirmativa o negativamente, sometíanme –o, menos autovictimizantemente, invitábanme- a una serie de frases y preguntas que siempre simulaba no recordar pero que en verdad cotidianamente omitía porque, ya por entonces, ponían corporalmente incómodo, parecían innecesarias y retardatorias, formales y falsas, como una obra de teatro o una película pero montada en el teléfono, en donde tanto el que llama como el que contesta la llamada sabe las cuatro o cinco palabras que van a decirse antes de ir al punto. Los famosos buenos modales o buenas costumbres, tan respetadas y hasta cultivadas en las autodenominadas buenas familias, las que paren buenos hijos de vecino. Claro, lo que, por entonces, no podía asimilarse era que esa formalidad que se requería al teléfono, esos modismos que las partes en cuestión sabían que eran impostados pero –al menos de una parte- eran respetados religiosamente, como si gozaran del pleno sentido que seguro que alguna vez poseyeron, no estaban solos, iban de la mano de toda otra serie de automatismos y clichés que no se restringían al teléfono sino que –obvio- también se extendían a la oficina del comercio, considerando que es de buena educación saludar con un beso a los habitantes del lugar al que se entra y dejar el asiento a los mayores –como la propaganda telermanista-, a la mesa, lavándose las manos antes de sentarse a almorzar o lavándose los dientes después de hacerlo y, por supuesto, a la vida en general, prohibiendo –el daimon de Bajtin moja la oreja derecha al momento de escribir esto- sacar cualquier cosa del cuerpo: las cosas, al cuerpo, deben entrar, nunca salir, y, si van a salir –orinar, defecar, reproducirse, porque desde ya que no se hablaba de masturbación o sexo onanístico-, esa salida debe ser en lugares cerrados, en el espacio privado, en el baño o la habitación. En el baño lo primero y lo segundo, en la habitación la reproducción de la especie. Tampoco es cuestión de [sub-vertidamente] trocar espacios y prolongar la descendencia en el toilette e ir de cuerpo en las habitaciones.

Una noche de verano caminaba por Barracas desde la casa de una amiga a una despensa que nos proveyera de bebidas para acompañar la cena que ella estaba preparando. En el límite entre Capital y Avellaneda, enfrente de un casino y caminando por las veredas construidas varios centímetros más arriba del pavimento, iba con las manos libres, porque las llaves que me había dado para no tener que bajar a abrirme estaban en el bolsillo izquierdo de la bermuda. Mi mano derecha, placenteramente, se encontraba excavando lo encontrable en los orificios de mi nariz cuando, al cruzarnos con una vecina que paseaba en un carrito a un bebe, acompañada por una niña a su izquierda, aquella le dijo a esta: Fijate que no se meta los dedos en la nariz. Puede que lo haya dicho en relación al niño.


02/03/2009.



viernes, 4 de junio de 2010

Inmanencia en Los divinos de Calamaro: NDC tampoco sabe de arte.




Un poco de autobombo, como de otras cosas, no viene mal. Sino que lo diga La Brumaria, revista-agrupación de la que este grupo es a la vez continuación y recreación. Nunca Lo Uno, porque no se puede ser no-división de un Uno estallado por todos lados. Los cinco lados de la casa merleaupontyana pero también los lados que son estos lares.

Y por estos lados, además de un Bicentenario de un modesto Estado-Nación[1] que –a comienzos de año- parecía no interesar más que como conjura de un Fondo de Desendeudamiento –es decir: de pago- de obligaciones internacionales pero que –en los 5 días que fueron del 21 al 25- se convirtió en el topoi –es sabido: lugar común- de toda conversación que se dignara de tal,  por estos lares -se decía- también suceden novedades artísticas. Porque ¿cómo no incluir dentro de la pomposa etiqueta de arte la emergencia de un disco, ya sea de una de las figuritas repetidas –o sea: un invitado que no puede faltar a fiesta alguna- del mainstream pop-rockero argentino o de Horacio Lavandera anticipando lo que luego instrumentará con privilegiada acústica en el re-cuperado y cententario Teatro Colón? En cuya reapertura, al igual que en el contextualmente menemista rock chabón, lo que menos importa es lo que sucede arriba del escenario, pero no por fiestera inversión de los cristalizados roles de actores y espectadores, porque lo que importa -así como en el rock chabón el aguante de quienes no asisten a escuchar a su banda sino a ellos mismos en la comunión que funda la transpiración, los trapos y (postCrogmañon) las demonizadas bengalas- es el talante y la elegancia, los otros trapos que visten como signos-síntomas de distinción y pertenencia. Aún si se escuchó La boheme de Puccini la misma cantidad de veces que -gorilismo mediante (anacrónicamente hablando)- la marchita peronista, ya sea en su versión carnavalito, jazz o clásica. Es tan ridículo demandar erudición en la más decimonónica de las músicas a los selectísimos –como lo son todos los elegidos, herederos, de cualquier selección- 2700 asistentes a la tardía y costosa reapartura del Colón como suponer que un músico de una cultura local y mundial a la vez se encuentra exento de la parafernálica circulación de discursos –mediáticos pero también cultos- rondantes en una sociedad informativizada como también lo es la Argentina. En esta dirección, ¿por qué –miserabilistamente- retacear con tanto ahínco a algunos lo que –complacientemente- se concede con tanta facilidad a otros? Hoy cualquier puestero de diarios, el segundo de los sectores más conservadores de una ciudad que levanta como emblema del reaccionarismo al movimiento trasnacional del tachismo, sabe quién fue Foucault: sus libros se venden en sus góndolas, los viajantes en bondi los avistan desde las ventanas del colectivo. Si García leyó a Bukowski, ¿por qué Calamaro no puede haber leído Benjamin y Deleuze?

La elección de autores a citar, popes que suenan bien en la boca del que las pronuncia y mejor en los oídos de quien/es lo escucha/n –motivo por el cual suele/n privar al primero de ahondar en la cita de autoridad de la que pretende derivar su autoritas, juego de manos de estudiante de CBC que considera que puede demostrar erudición spinoziana enumerando los conceptos legibles en las tapas de los libros-, prácticamente como cualquier elección, es arbitraria. En lugar de Benjamin podría haber sido Warburg, en el sitio de Deleuze podría haber jugado Leibniz. Eso, se sabe, es lo de menos. Tampoco es Calamaro lo que importa –no, al menos, aquí-: podría, en su lugar, haber estado Páez, el no-Piazzola, el no-Mercedes Sosa, el no-García. Lo que interesa, como si hiciera falta explicitarlo, es cierto estado de la cultura, el que interpela a la Argentina en al menos algunas de las sociedades de las muchas que laten en su seno. Lo que interesa no es –psicologistamente- inteligir en lo que estaba pensando –o, aún más patéticamente, lo que ha leído- cierto mediador cultural –porque, al fin y al cabo, eso son los músicos, sea Jodos o Calamaro- al momento de escribir una pieza –un cuarto, una habitación-, sino, inversamente, lo que de él puede leerse. Con independencia, por supuesto, de lo que determinado orden socio-cultural considera su productor. Las intenciones, es sabido, son lo menos importante en la comunicación y la cultura –fórmula, desde hace 40 años, de un ministerio francés, recién cercanamente sedimentada en los gobiernos latinoamericanos que, con un delay de 30 años, han comprendido que jamás podrán gobernar con cierta dosis de independencia sin tomar cartas en el asunto de quienes ahora ocupan el satánico lugar de los anarquistamente demonizados Estado-Nación: los medios (es por este motivo que el anarquismo, como las denominaciones primer y tercer mundo, no tienen demasiado que hacer en la arena política [al menos] desde hace veinte años: el neoliberalismo, como ya provocara el pelado puto francés, ha hecho su proyecto y con creces). Es en el marco de una sociedad mundial –pero también local, regional, micropolítica- atestada por el flujo incesante de discursos/representaciones y en el clivaje de lo que puede leerse en ellos con radical independencia de las intenciones de lo que un orden social considera su creador donde se cuecen las habas de lo que se intentó e intenta en el presente texto.

Calamaro representa el frondizismo musical. El neodesarrollismo del pseudo gobierno nacandopista nacional traducido en la fórmula beatle de cuatro estrofas y dos estribillos. El neoliberalismo nacional que Rozitchner[2] el bueno, desde luego, para sonrisa de Verbitsky e indignación de Abraham, defensor más de ausentes que de pobres- lee en las gestiones kirchneristas llevado a la indiscutiblemente personalísima fórmula de canción que ha patentado y permite identificarlo ya sea en el desvencijado más que viejo mundo como en el país del plata. No es tan fácil crear algo –lo que sea: un estilo musical, un texto literario, un mueble de entrecasa- que resulte automática y más o menos unívocamente asociable a su creador. Aquí, como es sabido, la firma está de más. No sólo podría vivirse de sacar discos experimentales[3] o regalar –donar, desechar, execrar- canciones en la web, a base de regalías de pasados hits instalados en las radios y canales de músicas por las mismas discográficas demonizadas en el contexto ballardianamente findelmundista de la antesala del 19 y 20 de diciembre del 2001, sino también de no firmar lo que se edita, dona, regala. A caballo regalado no se le miran los dientes, reza el dicho popular, pero los libros regalados/ofertados en las bateas de los supermercados –allí donde antes había estadios de clubes porteños que, en virtud y defecto, razón y sin razón, de los vaivenes de la economía argentina de los últimos 30 años, y de las consecuencias que ellos derramaron sobre un diagrama urbano más improvisado que programado, debieron mudar (ay) provinciana y ya no capitalinamente sus estadios al Conurbano latinoamericano- en ocasiones resultan desdentados, motivo por el cual no hay nada para ver. Allí están el libro de Calamaro y Rozitchner[4] –el malo, desde ya- y aquel exclusivamente de este último[5], que hasta logró con-fundir a avezados tesistas de grado en que su lectura resultaría pertinente para una investigación sobre las memorias de los pasados políticos argentinos, para demostrarlo.

¿Qué otra cosa que una crítica inmanente a la versión teleológica de la historia, a la teoría del progreso, a la idea del tiempo como continuo homogéneo y vacío, al fin de la historia traducido en la toma del poder del Estado por el sujeto histórico del proletariado, trasunta el verso: ya no existen los destinos/ni siquiera los divinos? ¿Qué otra cosa que un inmanentismo radical pero no por eso feroz que, en el mismo instante que se afirma como oposición a cualquier trascendentalismo, reconoce sus limitaciones a riesgo de caer en una psicosis del puro presente que no puede eyectarse de la mera sincronía para reconocer también el pasado y el presente, implica el estribo: hoy es hoy/ ayer fue hoy ayer? Honda reflexión sobre el tiempo, sobre la imprescindible necesidad de vivir cada minuto que se pisa, sobre el uso político del tiempo y del estar-en-el, pero también reconocimiento que, como la vida, lejos de la eternidad, él es finito, y que, por ende, lo que ayer se absolutizó hoy no son más que cenizas, cenizas de las que nada nacerá salvo el presente que se vive y el futuro que se vivirá, cenizas que se dispersarán en el terreno cuando se largue a volar el ave de la memoria. Calamaro ha tenido sus polémicas declaraciones sobre la dictadura, nunca del todo claro si son golpes de efecto destinados a instalarlo en la escena mediática –opinión pública- de cara a un reciente disco o nuevo show, o sinceras –por más provocativas o poco oportunas que resulten- manifestaciones de principios, pero que, como las referencias a uno de los recientes desaparecidos por la policía -Luciano Arruga- por parte del boricua Calle 13 en un show en Rosario, en tanto que discursos, se instalan en una red de pares y desde allí distribuyen sus efectos, ya no volviendo a ser exactamente el mismo el campo en el cual operan antes de su emergencia en él. Es por este motivo que, cara a la postura provocativa que el diario adopta como línea editorial, Barcelona no agitó el avispero cuando tituló que las formas políticamentecorrectas de referirse a los pueblos originarios, a las personas con capacidades diferentes, a las mujeres en situación de prostitución o los homosexuales –indios, discapacitados, putas y putos-, no había cambiando un ápice las reales condiciones de existencia -las condiciones de existencia materiales- de los ab-orígenes, de los dis-capacitados, de las trolas y de los maricas: es decir, políticamentecorrectos, de los pueblos que estaban desde el origen, de las personas que no poseen las capacidades que ciertas configuraciones culturales dictan como normales, de las mujeres y hombres que ejercen la prostitución y de quienes –Milk mediante- son llamados y se autosubjetivan gays, palabra que, como es sabido, también quiere decir divertido. La machista asociación entre homosexualidad y, no sólo diversión, fiesta, des-control, sino, fundamentalmente, alegría, sonrisa constante, buena onda a toda hora: lo que en el barrio podía ser llamado pelotudez alegre. Casi, homofóbicamente, como si los putos no tuvieran derecho a la seriedad, a la parquedad, a la tristeza. Escatológicamente, a la cara de culo. Elogio del caraculismo. Los putos con Perón, a lo cual, desde la otra tribuna, ahora en Provincia/Latinoamérica y ya no más en Capital/París, se replica no somos putos no somos faloperos somos los soldados de Evita y el pueblo. Que homofóbicos peronistas ya no puedan cantar esto en manifestaciones públicas es una demostración simple de que el modo de llamar lo que se nombra no resulta inocuo sino que posee sus consecuencias.

¿Qué otra cosa que la reciente mudanza de los históricos edificios de las instituciones fundantes del bicentenario Estado-Nación argentino del centro de la ciudad hacia su periferia, por obra y gracia de negocios inmobiliarios que pretenden levantar torres allí donde existían casas decimonónicas o de comienzos del siglo XX, puede significar un verso como: cuando te quedás adentro/mientras se derrite el centro? No importa lo que cierto personaje pensó a la hora de escribir tal o cual frase: lo que importa es lo que nosotros pensamos a partir de ella y de él. Incluso, desde ya, a contrapelo de su melena.


Notas:

[1] Gruner, Eduardo, “Fin de fiesta y bicentenarios varios”, domingo 30/05/10.
[2] Conversaciones en el Impasse. Dilemas políticos del presente, Colectivo Situaciones, Bs. As., Tinta Limón, 2010.
[3] “Roca y camino”, Suplemento Radar, Página/12, domingo 9/5/10.
[4] Calamaro, Andrés, Rozitchner, Alejandro, Tirados en el pasto, Bs. As., Ed. Sudamericana, 2000.
[5] Rozitchner, Alejandro, El despertar del joven que se perdió la revolución, Bs. As., Ed. Sudamericana, 1998.