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miércoles, 29 de febrero de 2012

tenemos un plan mínimo: ir












tenemos un plan mínimo: ir
de este punto a aquél otro
nada que exceda el campo
visual área labrable que rodea
el ojo, la vivienda, la nutre
la amenaza de mutarla
en tubérculo. tenemos un plan
tan próximo nada ambicioso salir
al patio un ahí
circunscripto
un destino
ni siquiera un movimiento: un traslado
pero
ningún punto se deja morir
el suelo insiste se nos pega
a los pies no podemos
caminar sin tironear las macetas
el perro las tazas de té el sentido
de un dibujo en el mantel incluso
lo que estaba olvidado los gestos
enterrados se despiertan encadenan
bajo el pasto el paso el piso el pie
nunca se escapa de su materia 

miércoles, 28 de julio de 2010

Autopistas





La prioridad es construir autopistas. Las autopistas son una forma muy eficaz de determinar caminos. El automovilista no se puede detener en cualquier momento ni puede cambiar de rumbo repentinamente. Tiene que saber mantener la voluntad del destino. Conservar la cordura y repeler el deseo de viajar junto con la persona que va en el auto de al lado o de caminar por el pasto que crece al lado del asfalto. Reprimir todo deseo de transversalidad. Seguir la recta línea estoica. Por eso, el objetivo más importante de hacer una autopista bordeando el río no es promover el uso de medios de transporte individuales ni cercenar la vida al aire libre de quienes viven en el lugar, sino poner a prueba la conducta de los automovilistas. Pilar de nuestra sociedad, las clases automovilizadas tienen que ser inexpugnables. Tener el suficiente control de sí como para no dejarse afectar por el movimiento pendular de las ramas entre la brisa fresca, para ni siquiera detectar el vaivén tenue del agua en la orilla, la ondulación de las algas soltando sus esporas.

Fracasados los espacios de encierro, la velocidad de los cuerpos es lo que compartimenta. El andar del cuerpo encierra el cuerpo. Se encapsula en el movimiento. Se reviste de un armazón de vidrio y metal en la ruta, de una armadura de ansiedad y paranoia en la calle. Y en el borde se abruma su río. Porque el cuerpo lleva sus propias sirenas. Si, las tiene amordazadas en el baúl del auto. Pero a veces no puede callarlas. 


lunes, 27 de julio de 2009

La ciudad bella






estar ahí permanecer

como yuyo lo indeseado

que crece en los jardines

más cuidados tener

la irreverencia de ser

donde no nos interpelan


la destrucción de la huerta es el síntoma

de un gobierno que piensa la ciudad como su jardín.

cuando arrasa

las hojas irregulares, las plantas enmarañadas, los frutos que crecen

azarosos,

amputa el desorden.

concilia su sueño de baldosas grises.


esas no tiñen los pies ni los embarran. son pulcras. e indistinguen todo andar y todo

espacio.

borran los rastros de la albahaca y la menta.

las veredas planas del olvido.


como los frutos, los cuerpos que andan azarosos deben extirparse de la ciudad.

nada puede crecer

en las calles.

ni un zapallo, ni una idea, ni una amistad.

la calle no es un frutal.


la cadencia geométrica de las baldosas marca el ritmo de lo predecible.

preserva el desplazamiento rectilíneo.

minimiza la exposición –abismal- de quienes deben circular.

amortigua el peso de lo común, extiende el espacio privado.


ordenar es aplacar el riesgo de lo que acontece.

el encuentro con un cuerpo doliente,

hambriento, desabrigado, fulgura un segundo de incomodidad

en la conciencia de lxs buenxs ciudadanxs.


la visibilidad de la pobreza en el espacio urbano desquicia el paradigma

de la ciudad espectacular, hecha para el goce visual.


la ciudad bella no se habita, se transita.

es museo, lo que se atraviesa y no se toca.

las baldosas no se huellan, no hay trayectorias.


el encuentro con el otro, con el pobre, agrieta ese ser-todo-ojos. reclama

un cuerpo e incita la experiencia. la eficacia

del discurso massmediático de la inseguridad está en garantizar que eso que aflora sea

únicamente miedo.


el miedo es el dispositivo

que reasegura el paso ordenado por la ciudad.

es el mínimo de experiencia

que inmuniza contra la experiencia.



miércoles, 25 de marzo de 2009

Apuntes sobre Donna Haraway




Frente a la idea de objetividad como imparcialidad que instituye la ciencia, el texto de Donna Haraway vincula la objetividad con la parcialidad. La opción que ella propone es la de un conocimiento situado, ligado a las condiciones en que fue producido. El reconocimiento que éste hace de su propia particularidad le permite explicitar desde dónde es enunciado, sin que ello implique una renuncia a participar de lo verdadero.


Es la idea de verdad lo que se está repensando. Una ciencia que reconozca la muerte de dios tiene que renunciar a la voluntad de absoluto. Dios no importa, lo que se abandona es el amparo en un algo trascendente, que sostiene estas contingencias que somos y da sentido. Lxs que quedamos abandonadxs somos lxs abandónicxs. El conocimiento situado es hijo de esa muerte, basado en una concepción de verdad no como trascendencia sino como “encarnación particular”. Verdad como justicia con una determinada experiencia de mundo.


Esto supone una práctica enunciativa que no se limita a decir sino que debe decir y, a la vez, decirse a sí misma. Todo el estructuralismo recae críticamente sobre esta capacidad del sujeto de decirse. Como sabemos, uno no puede decir todo lo que es. Pero ningún discurso puede agotar todo el ser de alguien. Si lo pensamos como proceso y no como cosa, el ser es por excelencia lo que no puede ser dicho. Lo que es esta siendo y, por ende, toda fijación en el discurso va a ser incompleta.


frente a lo queestásiendo

la palabra es pobre e inútil

como un cacharrito viejo

por el que se filtra el agua


El problema del estructuralismo es, una vez más, suponer que la totalidad se puede reponer. Si nos deshacemos de la ilusión de absoluto, el hecho de que el sujeto enunciador no pueda acceder a la totalidad de la situación de enunciación no invalidaría el ejercicio de localización (“soy feminista, norteamericana, negra”, era el ejemplo que ponía M., “soy estudiante de Sociales, posmoderna, confundida…”, etc).


Creo que el mayor problema con la propuesta de conocimiento situado está en otro lado. Hasta acá pareciera que “situar” un conocimiento es simplemente cuestión de enunciar las condiciones desde las que se lo produce, como si se tratara de condiciones “objetivas”, en el sentido de la ciencia tradicional: condiciones que son tales para cualquiera que las mire. Esa sería una contradicción insalvable para este pensamiento.


La cuestión esta en la relación entre ser y lenguaje, porque no hay un ser que fluya por fuera de esa palabracacharritoporelquesefiltraelagua. No hay naturaleza extrasemiótica a la que remitirse. Pero, si no hay grado cero de la subjetividad y estamos constituidxs por el lenguaje, entonces ¿por qué no puede haber significante que exprese lo que somos? Quizás sea porque no hay esa relación de exterioridad entre ser y sentido. El sentido tiene tan poca fijeza como el ser, es proceso continuo, magma.


Pero hay lo fijo, el código, lo conjuntista identitario creo que lo llama Castoriadis. Y pienso que eso es producto de procesos de fetichización, de formas reificadoras de habitar el sentido que nos damos las sociedades. No sé, a este punto necesito mucha ayuda.


Volviendo al cauce, esa misma mirada con que se ve al sujeto, despojada de certezas trascendentales, se aplica también al mundo. Si las condiciones en que producimos conocimiento son aparatos semióticos, si no hay nada en ellas de universal, eso colocaría al sujeto del decir en una cadena hermenéutica infinita, por la cual debería no sólo definir cuáles son las condiciones desde la que produce su discurso, sino también cuáles son las condiciones desde las que define las condiciones desde las que produce su discurso como las define y, luego, cuáles son las condiciones desde las que define las condiciones a partir de las cuales define las condiciones desde las que produce su discurso…


No sé si lo interesante sea buscar la salida al embudo interpretativo. La cuestión es dónde se detiene la exigencia de “situación” del conocimiento que se produce. Y me parece que lo que se pierde en la resignación de la infinitud se puede apropiar en la riqueza de la contingencia. Porque, de hecho, esa idea del enunciador en la penosa persecución del más allá de su decir se basa en una concepción abstracta del discurso, como unidad separada, delimitada.


Pero ese más allá esta también en él. Si el sujeto significa el mundo es en y sólo a partir del tejido semiótico que habita. Situar el saber que producimos implica, entonces, desentrañar los significantes que constituyen nuestra propia práctica, los discursos que somos, siempre muchos, siempre incompletos, siempre siendo otros.