sábado, 7 de mayo de 2011

Ensayo sobre la ocupación




El agua de la bañera aguardaba ansiosa cual travesti seductora, engalanada con pétalos de rosa y una boa de sales espumosas enlazada a su garganta delatora, la zambullida en sus profundidades neptúnicas del cuerpo dionisíaco de Arquímedes cuando, sumergidos hasta el fondo de la pecera sus glúteos desfigurados por la contemplación, el líquido se alzó insurrecto y desbordó los límites hasta el momento infranqueables del contenedor. Desde aquella infortunada y húmeda torpeza ornamentada en filoso progreso del pensamiento helénico, nuestros baños adquieren la forma de olímpicas piscinas cada vez que ingresamos a la bañera completamente llena, al tiempo que sabemos, más por experiencia de vida en secado de pisos que por legos conocimientos en cuestiones relativas a la física, que todo cuerpo –sea éste terrenal o celestial, divino o vulgar- carga con una ocupación, es decir: ocupa espacio. De allí que, cada vez que me dispongo birome en mano a completar un formulario y contestar la pregunta en que el sentido común obliga hic et nunc marcar con un tilde alguno de los siguientes casilleros mutuamente excluyentes:


Otras veces, en cambio, ensayo ejercicios de memoria y refiero a la mitad de la cama de dos plazas en que la premura del desvelamiento me escupió sin miramientos al torrente inexpugnable de la labor execrable, o el reducido espacio entre los cuerpos advenidos a la masa de miembros confundidos que viajan cada día cuales topos somnolientos por las ciegas madrigueras inundadas de excremento, o el toldo de casa de quiniela bajo el que aguardé parara de llover mientras aprendí que los sueños sueños son y la lluvia el 93 (¿o el 39 es?), o cada una de las baldosas por las que pisé, ecosistema de hormigas en busca de su hormiguero de cantero, de cigarrillos consumidos por los nervios y envoltorios multicromáticos de caramelo, o, sin más, menos que el que ocupa un elefante condenado a siete años de zoológico so pretexto de incurrir en el escandaloso crimen peligrosamente fantasioso. Frente a tales incitaciones, muy bien también podría referir al domicilio en que resido, aunque ello me obligaría a reescribir lo señalado en un punto anterior del formulario, inaceptable profanación de las reglas básicas de la estadística, aquella que olvida que, para vivir en una casa, es necesario primero ocuparla, cuestión que me conduciría a la declaración jurada de que mi domicilio nunca es Uno, sino tantos como espacios a cada momento ocupo –caracola nómada que hace de cada esquina su concha marina, tortuga trashumante que de cada balcón su caparazón. 

Arribado sin  estribos a este grado cero de la reflexión, cosmos de la ensoñación, me creo en condiciones de arriesgar fulguraciones sobre la subsecuente consideración: no sólo el domicilio sino todo ítem de formulario nos remite, de modo lineal e indefectible, a nuestra personal e íntima ocupación por lo que, si de economizar papel y tiempo se tratara, podrían éstos entregarse con apenas tal sólo interrogante. A fin de ser cabalmente comprendido –y no tildado de espectacular especulador-, permítanme hacerles la siguiente incontrastable y harto evidente demostración:

-Estado civil: ocupación de la institución sobre el flujo ingobernable de los afectos imborrables:

·soltero: narcisista onanista;
·casado: moderno espiritista;
·divorciado: moderno malogrado;
·viudo: sepulturero nekrofílico.

-Documento: cantidad de ocupantes idénticamente nativos fronteras adentro nacidos del territorio indiviso. 30.401.974 y contando.

-Fecha de nacimiento: día en que el acontecimiento a cada año recordado de un embarazo a buen puerto arribado ocupó el centro de atención de familiares, amigos y demás desconocidos.

-Edad: partiendo del carácter intrínsecamente inmanente –valga la abundancia de la redundancia- del tiempo y el espacio, así como la ocupación de una persona remite a la estancia espacial de su cuerpo singular, la edad refiere al tiempo que su vida ocupa en el santuario de Kronos crepuscular.

-Nombre: violenta ocupación, más bien parecida a una vejación, de los padres usurpadores sobre el cuerpo imaginado del niño esperado, quien primero acepta sin chistar y luego puja por desalojar: antes Sebastián, ahora Emperatriz, la travesti seductora que aguarda engalanada con pétalos de rosa y una boa de sales espumosas.


Post-facio del ensayo:
somos cuerpo ocupante/ocupado por nombre que resuena desde los bajos fondos de la indolencia hasta que el suplicio de la inclemencia nos arroja a los bajos fondos agusanados del vientre terrenal mientras nuestro nombre –propio
por idolatría, ajeno por ontología, rebelde por eufonía-
 resiste como eco vacío que se pierde en la
herida abierta del
 tiempo
     . 



Notas:

 [1] Conversación mantenida entre una joven saltimbanqui de fronteras y el señor atendedor de públicos distraídos en el centro de tramitación de pasaportes de la calle Azopardo:

-Disculpe Ud., señor atendedor de públicos distraídos, tengo una duda con el formulario. Desde hace unos años me encuentro cursando la carreta (acto fallido: la joven saltimbanqui de fronteras quiso aquí decir carrera) para ser farmacéutica, por lo cual bien se podría decir que soy estudiante. Pero además trabajaba hasta el mes pasado en un call center, del cual me echaron por encontrarme suspirando ante el oído abnegado de un cliente desesperado. Desde aquel momento, busco sin éxito ni esperanza un nuevo y prometedor trabajo, por lo cual, a su vez, se podría decir que soy desocupada. Aunque también suelo encargarme de las cuestiones que hacen al cuidado de un hogar, lo de siempre: cocinar, lavar, planchar, hacer las compras, cuidar al gordo que ya tiene seis meses y no sabe lo lindo que está, todavía no habla pero ya aprendió a decir mamá en código morse con las pestañas. En fin, como bien verá, se podría de igual modo decir que soy ama de casa. Entonces, mi pregunta es: ¿cuál de todas ellas dice Ud. es mi ocupación?

-Es muy fácil –contestó el señor atendedor de públicos distraídos- según el punto tres del artículo doce inciso b del manual de preguntas más frecuentes sobre el modo correctamente correcto de llenado de formularios, allí debe tildar aquella actividad a la que dedique usted mayor cantidad de horas al día.

La joven guardó silencio y se puso a contar con los dedos de una mano, luego con los de la otra y cuatro en préstamo de su pie izquierdo hasta que, finalmente, respondió:

Por razones tan obvias como paradójicas, mi ocupación coincide vis à vis, tête à tête, codo a codo y frente a frente con mi des-ocupación.

[NDC agradece la amistosa colaboración de D. ¡Gracias!]

miércoles, 4 de mayo de 2011

Sobre la conveniencia de vivir y trabajar en Provincia.




 estaba en llamas cuando me acosté
“Estaba en llamas cuando me acosté”, Say no more, Carlos García Moreno, 1996.


Si alumnos secundarios tuvieran que responder cuáles son las posibles herencias de la dictadura en nuestro presente en una evaluación, los sucesos del 2 de mayo de 2011, el descarriamiento de un tren en Flores o Caballito y la quema de vagones en Ciudadela, Ramos y Haedo, podrían haber sido una buena respuesta. Más allá de interpretaciones conspirativas que ligan los sucesos a manos ocultas de un lado u otro, existe un fondo de experiencia -fondo que ya casi es un baldío- que vuelve verosímil una lectura no conspirativa de los hechos. Viajando como se viaja, lo que pasó entonces podría haber pasado o puede pasar cualquier otro día. Esta obviedad, que suele ser utilizada como prueba de que si no pasó cualquier otro día y sí cuando pasó es porque hubo una mano negra que lo digitó, reconoce lo que pretende negar: que existen las condiciones objetivas –y por ende subjetivas-, es decir: pésima calidad de viaje y desde cansancio hasta hartazgo por una realidad repetida todos los días, para que hechos como tales sucedan. Si no existieran estas condiciones, si los trenes, colectivos y –en menor medida, por ser porteños- los subtes no funcionaran como funcionan, las supuestas manos ocultas serían más evidentes y saldrían de la presunta oscuridad en la que se resguardan para tramar un descarrilamiento aquí, un incendio allá. La dictadura, ahora que se avanza sobre sus complicidades civiles eclesiásticas, judiciales y empresariales, no sólo significó treinta mil desaparecidos –podrían ser ocho mil, el número no es importante- sino fundamentalmente una reconversión del Estado que tampoco es lo fundamental sino más bien sus consecuencias: la animalización antropocéntrica de numerosos sectores de la sociedad, la desacralización de sus vidas que los torna cotidianamente asesinables, el rasguido del tejido convivencial que provoca que uno se niegue a viajar en determinadas condiciones –por ejemplo, colgando de las puertas- pero no se (pre)ocupe porque otros –cientos, miles- (a)sí lo hagan. Son estos riesgos tolerados cotidianamente los que saltan a la vista cuando suceden hechos como los de este 2 de mayo, aunque no se hayan lamentado víctimas fatales.

El acento en lo anterior, como resaltar la indiferencia vecinal ante la indigencia callejera, puede ser tildado de impráctico, generando la burlona pregunta: “¿Y qué querés que haga? Yo también tengo que llegar al trabajo para pagar el alquiler y comer. ¿Qué querés que haga, que los baje de un tirón? Me cagan a trompadas. ¿Querés que pare la formación, que me tire encima de las vías para impedir que siga? ¿Querés que arriesgue mi vida por uno de los dos viajes que miles hacen al menos cinco días a la semana? No seas irreal”. Nadie está proponiendo tamañas soluciones. Sólo apuntar, en la medida de lo posible y las posibilidades, las responsabilidades propias, ciudadanas, de a pie, que caben en las tragedias o hechos infinitamente menos catastróficos como los de este 2 de mayo. Por supuesto, estas responsabilidades civiles, como en torno a otros asuntos, no son prenda de cañón de responsabilidades empresariales y estatales. Por esto la referencia inicial a la dictadura y los puntos que sumarían alumnos secundarios en caso de ligar un hecho de hace cuarenta años con otro de hace una semana.

La dictadura es la fecha simbólica en la que suele situarse el comienzo del desguase del Estado: el Estado como auto robado que es llevado a un desarmadero para su disección y venta por partes. Aquel mítico inicio podría ser ubicado antes, durante el Rodrigato de la presidencia peronista isabeliense, pero sería más problemático y menos conveniente. El Estado, desde la dictadura y con acento en los ’90, fue redireccionado por partes, desde el cuidado de sí y bienesterioso cuidado de los otros desde los ’30, hasta el descuido de sí y cuidado de la patria financiera de hace 20 años. Por eso es curioso cuando amigos anarquistas, a pesar del paso de la dictadura y los ’90, siguen situando en el Estado el enemigo a vencer, invisibilizando al mercado, el capital, la publicidad, como su socio menor. El anarquismo está contento, el neoliberalismo achicó el Estado y engrandeció la Nación. Está claro que, a diferencia de lo que sucede cuando nos metemos al mar con agua muy fría, nadie achicó nada: el neoliberalismo fue el gps del estado de bienestar que recalculó sus direcciones. Las del sistema de transporte férreo, baluarte de la construcción del Estado-Nación decimonónico, aun con la centralidad manual del unitarismo porteño, no estuvieron entre ellas: desde los ’90, además de profundizarse la monopolización de los medios resguardados bajo ley de dictadura, los trenes, al igual que hospitales y escuelas, fueron siendo el fondo, el patio, el baldío de una figura, estrella, protagonista multimedial. Sería interesante investigar la producción de subjetividad bajo la figura del argentino vivo y gracioso menemista y sus continuidades en el piola y canchero macrista. En cuanto a lo anterior, los críticos del humanismo disciplinante decimonónico pueden estar satisfechos, el neoliberalismo también lo hizo. Sin embargo, este no sólo levantó vías asentadas sobre el levantamiento de casas: también encapsuló el viaje volviéndolo el equivalente viajero de la privatización hogareña de estufa y radio, aire acondicionado y televisor.

La dictadura sigue presente entre nosotros no sólo por el estado de los trenes heredero de las privatizaciones operadas en los ’90 pero cuyo fondo de posibilidad fue la sangría social e ideológica dictatorial. Sólo este hecho, aunque haya quienes hagan política descarriando rieles e incendiando vagones, vuelve incorrecta, simplista, mitológica, toda construcción de un chivo expiatorio que beatifique a los buenos pasajeros trabajadores que sólo quieren transportarse para laborar en oposición a los demonizados ocasionales moradores de estaciones responsables de desmanes. Si no hubiera vías, trenes, viajes en pésimas condiciones, los violentos quedarían en evidencia, siendo la figura que se recortaría sobre un viaje que superaría las comodidades hogareñas. Ahora, si las vías no tienen mantenimiento, las formaciones están deformadas y el viaje es un calvario en lugar de una ciudad celeste, ¿de qué forma distinguir a los legítimamente indignados porque vienen de su casa para ir al trabajo y no pueden hacerlo por sucesos que exceden su responsabilidad de los irresponsablemente indignados porque todo su ánimo es generar caos y desconcierto en la población? Sin embargo, la dictadura, como un fantasma, sigue presente entre nosotros al menos también de otro modo: la desvalorización de la vida no sólo operó en aquellos que inconscientemente la arriesgan módicamente todos los días para ir a trabajar sino también en aquellos que, sin tener que hacerlo o no estando dispuestos a hacerlo, prefiriendo levantarse un poco antes o buscar otra solución, no ven con ojos atormentados sino anestesiados lo que sucede delante suyo. Por supuesto que la cotidianeidad normaliza y el ser humano es un animal de hábito dable de acostumbrarse a la vida en un campo de concentración incluso. Sin embargo, así como existe distancia entre lo que podríamos hacer y lo que finalmente hacemos, ya que de otro modo seríamos elementos o animales que sólo podemos lo que hacemos, también existe un hiato entre la rutinarización de lo extraordinario y su absoluta cotidianización. En ese embute está la esperanza. La esperanza de, sin reproducir el entendible uso de la vecindad capital-provincia como chantaje de un acto disruptivo, no considerar la forma de superar los puentes dinamitados que dos por tres estallan en irse a vivir a los suburbios, sean los coquetos norteños o los desprestigiados sureños. La esperanza, aún reconociendo las mejoras institucionales de casi una década a esta parte, de que esta forma de desarrollo, basado en el auto(in)movilismo ralentizador del tránsito histéricamente lamentado por los medios y en ciertos legados inconfesables de la época en oposición a la cual se construye el presente, en algún momento asuma, con el correspondiente apoyo ciudadano, las tendencias autodestructivas que laten en su seno. Los chorizos que salen de la académica canilla por suerte abierta hace ochos años podrían nunca dejar de repetirlo.


sábado, 30 de abril de 2011

impresiones deformes, presiones de formas.

impresiones deformes, presiones de formasNo llevo registro de los años, recuerdo la primera vez que me obligaron a firmar una fecha, fue alrededor de 1995. Después de ese evento supe confundirme y establecer el tiempo en acontecimientos, así que voy a decir que conocí lo que iba a ser el entonces supuesto edificio único de sociales, de la UBA, en el 2008, puede que no sea así, y que lo haya conocido en el 2010, pero prefiero afirmarlo hasta que se cansen de contradecirlo.

Fue en el 2008 durante una toma de la facultad, en unaasamblea, y me llamó la “forma de universidad” que tenía el edificio. Tal vez devenía acostumbrado a la forma de fábrica, y sus patrones (I y II). No tan así, pero creo que esas experiencias comenzaron a surgir de las tomas, antes no percibía el edificio, ni a la universidad, ni a lxs estudiantes.

Es increíble como puede también unx olvidarse la no gratuidad de la universidad, se puede estar a unos veinticinco pesos de la puerta de Santiago del Estero, se puede estar a 19$ de varixs autorxs. De todas maneras me gusta estar a 2,20 o nada en cuanto a dinero de la facultad, es decir que preferiría que fuera siempre estar a costa de mi motricidad activa.

Si como se cuida a la facultad guarda relación con cómo vemos a la sociedad, debo aclarar que no sabría qué cuidar, que a la sociedad la pienso como aquello que es normativizado para garantizar la reproducción de instituciones que sean bajo la imagen estatal, no hay nada que cuidar allí.

¿Cómo cuidar algo que se nos arrebata constantemente? Personalmente cuido de aquello que me acobija, que me recibe, que me responde. Este edificio me sigue rechazando: centraliza, jerarquiza, burocratiza, me expulsa. Más que cuidarlo, intento habitarlo, acercarme, rodearlo.  Se arma de una estructura que me prohibe limpiarlo, pintarlo, habitarlo, socavarlo; que hay una uniformización para aquellxs que sí poseen la legitimidad de producir este mantenimiento.  Uniformización a la que estarían sometidxs para conseguir subsistir.

Ahí no puedo sentarme, esparcirme, leerme, discutirme, sociabilizarme salvo bajo las alas áulicas y sus condiciones.  Ahí no puedo comer, y ¿debería estar 5 horas diarias aproximadamente? ¿5 de las 8 horas que no están ocupadas para asegurarme la comida, el techo y el descanso, la subsistencia?

En cuanto al territorio, este nos indica que puede haber algún punto de comparación entre un grissín y una prostituta, además de la impunidad con la que estos distintos dispositivos operan sobre nuestros cuerpos, en esa zona, con su profunda perversidad. Peor aún la asimilación de estxs como parte del paisaje.

Dentro del nuevo edificio de la universidad, algunas agrupaciones políticas de sociales pudieron romper con este folklore del amontonamiento de carteles, ahora nos rodean lápidas de consignas partidarias. La palabra muerta nos invoca.

martes, 22 de marzo de 2011

Mi primer día en el edificio único





Conocí el edificio de Santiago del Estero el año pasado. Después de una de las primeras asambleas que se hicieron en Ramos, algunos estudiantes de Comunicación nos fuimos al futuro edificio único. En Trabajo Social no eran muchos y había que “ponerle el cuerpo a la toma”, como decían los chicos en aquel entonces.

      Caminábamos por Franklin, con un par de compañeros, cuando uno se dio cuenta de que solo tenía dos pesos.

      –Y después me tengo que volver a mi casa –dijo.
      –Ma’ sí, tomemos un taxi –respondió el otro.
      –¿Vos sos bobo? –le dijo el primero–. Te digo que compré unos apuntes y tengo dos pesos nomás.
      –Yo tengo cinco –contestó–. ¿Vos? –me preguntó.
      –No sé, dos o tres también.
      –¿Con cinco pesos vamos hasta Constitución?
      –¿Cuánto hace que no te tomás un taxi?
      –No sé… Cuando era chico me corté una mano y mi mamá me subió a uno, pero creo que no lo pagamos.

      Desde un costado, una chica nos dijo que no importaba. Somos unos cuantos: hablamos con los del subte y nos dejan pasar. Buenísimo.

      Después de hacer combinación entre la línea B y la C, nos bajamos en la estación Independencia. Caminamos por Lima y doblamos en Carlos Calvo. En la esquina de la Facultad, de la mano de enfrente, hay un kiosco que dice Wi-fi. El “problema” es que al kiosco no se puede entrar, ni hay mesas para que uno se siente. Qué loco, ¿no? Debe ser para que se conecten los que tienen teléfonos inteligentes, mientras se compran unos chicles.

      Tengo que confesar que, al entrar, el futuro edificio único me impactó. No había carteles (¿no se puede manifestar ideas políticas sin saturar de afiches el espacio público?) y el piso estaba impecable. ¿Será muy pro querer/pedir/intentar que se cuiden los espacios comunes, de manera que inviten al intercambio y al debate? Dijo Voltaire hace mucho tiempo: no comparto tu opinión pero ofrecería un hígado para defender tu derecho a expresarla, mientras no lo hagas en las paredes de la Facultad.

      Después de caminar un poco por el edificio, pude comprobar algo muy importante: los inodoros estaban desinfectados; mis “nalgas” iban a poder entrar en contacto con la tabla sin temor a contagiarme de algún hongo mal habido. ¿Será muy pro querer/pedir/intentar sentarme en un inodoro de la Facultad sin contagiarme de hongos? ¿Será muy pro preguntarme todo el tiempo si lo que pienso es muy pro?

      Estábamos en que, hace un año, fui a Constitución a “ponerle el cuerpo a la toma”. Eran las semanas en las que hacíamos blogs para “difundir los reclamos”, como se decía en aquel entonces. Es para celebrar que ahora sean para contar las primeras impresiones que tenemos del edificio único, y no para pelearnos entre nosotros. Porque, como dice el sentido común –que es el mejor de los sentidos–, si todos tiramos para el mismo la, arañamos un 440.

      La noche que conocí el edificio de Santiago del Estero comimos pizza de Ugi’s. A diferencia de Ramos –donde los chicos y chicas de La Barbarie cocinaban para “tomadores” y “tomadoras”–, en Constitución no había cocina ni gas. Creo que no estuvo bien: los fondos del Centro de Estudiantes se usaban para pagar pizzas de Ugi’s. Esos 0,001 pesos que nos cobraban de más en cada apunte fotocopiado, fueron a parar a los estómagos de quienes pasamos esa noche en Constitución. Igual, no tengo remordimiento. A diferencia de lo que se piensa, fue precisamente para acabar con este flagelo –para combatir la dilapidación de los fondos del CECSO– que algunos decidieron construir un comedor. En aquel entonces, me pareció una buena idea.

      Cuando me pongo reflexivo, pienso que las comunidades de cada facultad mantienen su edificio a imagen de cómo piensan la sociedad en la que viven. Si ustedes se fijan, en Ciencias Económicas, donde ignoran La ideología alemana y El capital, son los pisos superiores los que sostienen la planta baja.

      En Sociales, conocemos de pe a pa la relación entre la base y la superestructura; es por eso que el futuro edificio único es tan sólido. Pero, en otros aspectos, hacer una sede a imagen de la forma en que pensamos la sociedad en la que vivimos nos creó algunos problemas. No sé si fue por la influencia de los estudiantes y los profesores de Sociología –no quiero ser prejuicioso–, pero me parece que sobreestimamos la utilidad de la estadística. Este año ya no curso, yo no las vi. Pero –según me contó un compañero– había aulas que eran muy amplias, por lo tanto, pusieron un durlock y, donde podía cursar una comisión, ahora pueden cursar dos. En las aulas originales había un par de aires, para combatir el calor, y unas cuantas estufas, para paliar el frío. (¿Los estudiantes de Sociales no nos merecemos cursar con una temperatura propicia para estimular el pensamiento?). El problema es que los aires y las estufas estaban en las mismas “paredes laterales”. Ahora, me dice mi compañero, hay aulas que tienen dos aires y unas cuantas estufas, y aulas que no tienen ni unos ni otras. Es cierto, si bien es bueno cursar con un clima propicio, el calor artificial de una estufa puede imitar, pero no puede igualar el calor del sol. El “problema” es que, en algunos salones, también falta el switch para prender las luces, porque está en el salón contiguo. Las estadísticas nos dicen que por cada dos aulas hay dos aires y cuatro estufas. Sin embargo, en la realidad, algunas comisiones van a tener más de lo que precisan y otras van a tener menos: una metáfora del sistema un poco desigual en el que vivimos. Ahora que lo pienso, posiblemente quienes decidieron poner los durlocks lo hicieron para recordarnos esas desigualdades. Para recordarnos, precisamente, que las ciencias –y, sobre todo, las ciencias sociales– no están separadas de la “realidad” en la que se insertan.


Nota: este testo delirante nos fue acercado por un/a compañero/a con motivo de poner en común "impresiones" en torno a la apertura de la mayor parte de lo que será el ansiado edificio único. El mismo está referido a mi primer día en el edificio único, sitio administrado por docentes de la carrera de cs. de la comunicación, UBA.



fábrica sin patrones





Desde el trabajo hasta la facultad se hace una hora y pico. Tren o bondi, es lo mismo. Mientras el 148 agarra envión, nos tomamos el laburo de garabatear algunas impresiones sobre la sede nueva, esa que bien conocemos, puesto que traemos puesta. Impresiones que son confusas, intercaladas entre imágenes que para nosotras/os siguen estando ahí. Asimismo, éstas no hablan en lugar de nadie, sobre nadie. Nada hay que representar aquí. No nos hacemos del espacio hasta que no hemos hecho las cosas más impensables en el mismo. Entrar de nuevo a la facultad nos trae recuerdos de la calurosa noche de invierno en que decidimos que a las/os estudiantes nos hacía falta un comedor, un bar, un espacio común para el encuentro. Y es que hay un tiempo escurriéndose por debajo del tiempo. Recordemos sino al tomate que está tendido en la mata y viene un hijo de yuta y lo mete en una lata… Si nos detenemos a ver, bajo la planicie de los pasillos, ahí están las luchas que persisten en la mudeza de la experiencia. Sólo hay que despegar la costra, las durezas de la normalización y emerge, como un hueco de aire que inquieta. Interrumpiendo el ruido de fondo, el palabrerío, donde antes funcionaba una máquina, un aula, la Nº 6, allí encontramos que podía tener lugar un comedor estudiantil. Y lo levantamos con el trabajo acomunado de las/os compañeros estudiantes y trabajadores de organizaciones sociales. Gran noche aquella. Frente a los portones de la facultad, la burocracia nos venía a visitar. Y es que burocracias hay muchas, encarnadas en el plano que les es propio -burocracia, esto es, institución de gobierno, y no del gobierno-. Nuestra fábrica de palabras autogestionada. Y los rompehuelgas que nos violentan. No éramos muchos esa noche aguantando los portones. Los provocadores y nosotras/os. La mayor parte, cerca de 1000 compañeras/os, fueron hacia un colegio secundario –recordemos que los pibes habían dejado claro que no iban a dejar que la falta de presupuesto se les viniera sobre sus cabezas- al cual una patota había ido a amedrentar, disciplinar. La asamblea que veníamos realizando se interrumpe para ir a efectuarse a las puertas del colegio. ¡Y no saben qué linda imagen la de la vuelta de las/os compañeros en medio de la noche! ¡Imagínense la cara de los vecinos que salían a sus balcones para ver la asamblea itinerante que surcaba la Av. 9 de Julio, entradas las 2 de la mañana! Y sí, es que el edificio único lleva inscripto en sus paredes la ebriedad de las/os tomadores que se amucharon en asamblea sin propietarios. 

 

         Caminamos. Para quienes venimos del sur del conurbano, Constitución es un verdadero triunfo histórico. No hace falta más que hacer unos pasos desde la plaza hasta la sede. Qué mejor lugar para poner una facultad de sociales: objetos de estudio por todas partes se pasean, como si se resistieran a ser cosa, como si tuviesen voz propia, pensasen, sintiesen, ingobernables por toda palabra soberana. Putas y travestis por doquier, obreros viajantes, chinos cada media cuadra y puestos de comidas que ningún estudiante de medio pelo probaría en su vida, ni siquiera si un día, conmovido, se proletarizara. ¡Al fin, la clase obrera a las puertas de las facultades! ¡Y sólo había que tomarse el subte a Constitución! ¡O el tren! ¿Cómo no lo pensamos antes? ¡Imagínense el día glorioso en que vayamos a dar cátedra a Plaza Constitución! ¡O el día en que, radicalizados, tomemos el mismo tren que las multitudes malolientes! ¿Y no es que transitamos esas mismas líneas de montaje de la precarización de la vida para acercarnos a las facultades? ¡Qué esquizofrenia! ¡Qué espectáculo! Definitivamente, hay vida más allá de Parque Centenario. Arlt se relamería de vernos aparecer entre los bajos fondos, qué bichos raros muñidos de morrales seremos. Los días de facultades ebrias pensábamos que las clases no tenían patrón. Clases autoorganizadas se pusieron en funcionamiento por todas partes, haciéndose del espacio holgazanamente rotulado como “común”, inventándolo. Algunos profesores se tropezaron aquellos días, enredados con sus palabras. Las ecuaciones se mostraron algo bastante más complejas, irreductibles a la última palabra apropiada. Y las creencias mostraron que sus presupuestos eran precarios. Los problemas emergían, en el entuerto, en la piedra en el zapato. Es sabido, no se pueden desatar los problemas, mas sí es posible buscar entre ellos, disparatarse en el lenguaje, encontrarse en él. En lugar de obstinarse, bien hubiesen hecho nuestros sacerdotes en pensarse envueltos en esta perplejidad. Como niñas y niños que buscan, arroparse en las preguntas. Hoy, incorporados en la nueva sede, esa que tanto nos costó lograr, una cosa nos conmueve: el auditorio guarda una promesa, la de las asambleas autónomas que allí tendrán lugar cuando nosotras/os nos hagamos del espacio comunal.

 

         Hay algo que está como incrustado al espacio, indiscernible. Y es el encontrarnos nosotras/os, como tejidos en él, envueltos en nuestra mundana presencia. El gobierno de los espacios quiere la pulcritud de lo privado. Toda una metafísica se nos aparece así. No que pisemos el espacio, dejando nuestras marcas, sino que éste nos pisotee a nosotras/os. La facultad no es lugar de mero pasaje, otro de los tantos que en las metrópolis urbanas se ensamblan. Las bicisendas que a pocos metros de ella se tienden, presuponen el autismo, esto es, el gobierno de los autos, no el autogobierno. El juego de palabras no es por ello menos significativo. Lo que llamamos gobierno de los autos arma subjetivaciones, individuaciones. El autismo quiere que aquella vieja figura que se encarnaba en el plano de las ciudades, haciéndose, acomunándose, emplazándose en ella –esto es, el ciudadano-, no tenga lugar más que en la movilización generalizada –y entonces el autista como privación de lo común-. La pura circulación por los pasillos sin nada que la detenga se parece a este orden auto(in)movilizador que nos arranca lo común. Autismo. La pregunta que vamos mascullando, mientras nos apresuramos en alcanzar el último bondi: ¿qué tiene que ver el edificio único con el desmantelamiento de lo común? ¿Se nos dice así que hemos consumado el ansiado fin de la historia?

 

 

Nota: este testo de escritura automática mas no autista fue enviado a mi primer día en el edificio único, sitio administrado por docentes de la carrera de cs. de la comunicación, UBA. Si prestan atención verán que el presente se encuentra entre los comentarios -nuestros propios comentarios a la sociedad del espectáculo-, siendo decisión editorial que así fuera. Y es que, es sabido, el poder organiza el espacio del que nosotras/os nos tensamos.