miércoles, 28 de julio de 2010

Autopistas





La prioridad es construir autopistas. Las autopistas son una forma muy eficaz de determinar caminos. El automovilista no se puede detener en cualquier momento ni puede cambiar de rumbo repentinamente. Tiene que saber mantener la voluntad del destino. Conservar la cordura y repeler el deseo de viajar junto con la persona que va en el auto de al lado o de caminar por el pasto que crece al lado del asfalto. Reprimir todo deseo de transversalidad. Seguir la recta línea estoica. Por eso, el objetivo más importante de hacer una autopista bordeando el río no es promover el uso de medios de transporte individuales ni cercenar la vida al aire libre de quienes viven en el lugar, sino poner a prueba la conducta de los automovilistas. Pilar de nuestra sociedad, las clases automovilizadas tienen que ser inexpugnables. Tener el suficiente control de sí como para no dejarse afectar por el movimiento pendular de las ramas entre la brisa fresca, para ni siquiera detectar el vaivén tenue del agua en la orilla, la ondulación de las algas soltando sus esporas.

Fracasados los espacios de encierro, la velocidad de los cuerpos es lo que compartimenta. El andar del cuerpo encierra el cuerpo. Se encapsula en el movimiento. Se reviste de un armazón de vidrio y metal en la ruta, de una armadura de ansiedad y paranoia en la calle. Y en el borde se abruma su río. Porque el cuerpo lleva sus propias sirenas. Si, las tiene amordazadas en el baúl del auto. Pero a veces no puede callarlas. 


miércoles, 7 de julio de 2010

Un hijo es un departamento





Mis problemas con las mujeres son humanos
o me aburren o estoy hasta las manos.

AC, “Una bomba”,
Honestidad Brutal, 1999.



          Que nos perdonen los futuros padres y madres. Sin esfuerzo, ya contamos un cuarteto que, en meses más, meses menos, pasarán a tener descendencia. Un heredero, una lega. Que nos disculpen, asimismo, los enemigos de la propiedad. Pero un hijo es un departamento, un inmobiliario, un dos ambientes con livingcomedor y dormitorio.

         Los locadores, dueños de propiedad que no se dedican a habitar, prestar o regalar sino a alquilar como modo ocioso de llegar a fin de mes y mantener o aumentar sus cuentas bancarias, padecen para con sus inmobiliarios el mismo vicio y lugar común que la mayoría de los progenitores para con sus primogénitos -o, incluso, que ciertos hermanos para con sus hermanos menores-: la inflación. No hablamos del indiscriminado aumento de los alquileres soportado por la casi ontológica corrupción de las administraciones de consorcio -¡autoorganización vecinal ya!-, ni de la inverosímil –aunque heterogénea y compleja- metodología mediante la cual el INDEC –al que cuadros del oficialismo como Verbitsky, luego de justificar las aventuras del otro fiel/no-traidor de Moreno, se dedicaron a denostar con la furia de los conversos, necesitando sublimar en críticas la complicidad antes demostrada en comprensiones- mide el nivel de aumento de precios en el país, sino que nos referimos a la sobreestimación, exageración, hipérbole de lo que se considera de propia posesión: y no es ninguna novedad que algunos padres conciben así su paternidad para con los hijos. Esta inflación radica en la popularmente conocida percepción de las madres –o, desde luego, de los padres: no será aquí donde se lean machismos anacrónicos por lo perezosos y no por lo iluminadores- de que su hijo es genio: no sólo el muchacho más sensible y bueno de la clase y el barrio, sino también el futuro astro de la música, el fútbol, el estudio. Aguardamos que los amigos que en un futuro cercano serán padres no cometan los mismos pecados, holgazanerías, redundancias. Aunque seguramente así sea, ya que, si sucede con una casa recién alquilada o un auto flamantemente comprado, ¿por qué no habría de acontecer con una propiedad mucho más móvil que una casa y aún más gratificante que un auto como lo es un hijo? No escupimos para arriba, ya que poseemos cuerpos educados –lo cual es una redundancia, ya que todo cuerpo lo es, no hay afuera de la educación- y modales aún mejor ponderados: lo mismo podría sucedernos a nosotros, en caso que el fantasma de la infertilidad se haga aún más real de lo que ya es y nos vuelva resentidos ante la adopción como sangre-no-de-mi-sangre, en la circunstancia de que fuéramos padres y madres. Como María José, madre de un primogénito por parir, fantasía perversa de compañeros que añoran la acabación más acá del allá en lugar de más allá del acá, transeúnta que –tradicionalmente (uno de los últimos vestigios de tradicionalismo que la modernidad, cuando todavía respiraba, no pudo erradicar y ahora, que somos menos modernos de lo que fuimos, todo se vuelve cuesta arriba: el respeto a los mayores, la autoridad de la longevidad)- recibe asientos a montones en trenes, colectivos y subtes. Lo que se desea recibir en la ciudad, en la metrópoli inoperante donde la animalidad es una forma de viaje y el tiempo es siempre adolescente, son piropos, guarangadas o propuestas indecentes, no sitios donde apoyar el culo. Para más, cada día más gordo por el futuro infeliz que porto adentro.

         Los locadores, como los padres con sus hijos, consideran que su propiedad es mucho mejor de lo que efectivamente es. Repetimos: como los progenitores con sus primogénitos. Sospechan que, en contra de lo que el efectivo inquilino/potencial usurpador sostiene, la renta con la que –humillación mediante de verse forzado (la fuerza de la ley) a aceptar inspecciones oculares mensuales de que todo está como cuando comenzó, mitología circular y repetitiva- ceden finitamente a habitar pero no a poseer la propiedad en cuestión es infinitamente menor de lo que debería ser. De lo que mereciera ser. La meritocracia de la renta. De la especulación, de la ociosidad –no como la pensaba Laforge, desde luego, sino en el camino de las tierras improducidas que llevan agua para el ganado del terrateniente pero afectan la producción nacional y, por ende, la soberanía alimenticia (ahora que está de moda hablar de ella)-, de la improducción –de nuevo, la cola de paja de lo leído (es decir: vivido) nos lleva a las aclaraciones, la demanda de los sitios donde pusimos la vista y el afecto: no, improducción, como desinterés antiutilitario crítico de la instrumentalidad del arreglo a fines, del toma y daca, del ni vos ni yo, sino pereza sustentada en alguna diferencia (económica) pasada que permite la inacción cómoda y no trágica del presente mientras el contribuyente en cuestión debe (él sí), en un marco posfordista que vuelve ridículo (fortista) todo exceso, tirar, malgastar, despilfarrar, cuanto menos un tercio de su sueldo (cuando no la mitad) para tener un lugar donde dormir, comer, coger-. Cuando anda el horno de la cocina, la habitación no padece humedad y el departamento no es una caja de zapatos. Los dueños que alquilan, como enfermas del sexo que jamás arañan la saciedad, la llenitud, la completitud, siempre quieren más, todo el tiempo consideran que podrían cobrar más de lo que cobran, ganar más de lo que ganan. Santucho –y no sólo él, desde luego, ya que aquel no era más que un heredero del legado de las tradiciones emancipatorias sobre los cambios necesario para que la realidad sea (ya no se diga más justa, sino siquiera, apenas) menos injusta- tenía razón cuando escribía que, además de una reforma agraria, tributaria, productiva, debería operarse –agenciarse, dirían los más delezistas que Deleuze, sea que tomen papa, sopa o leche o no- una reforma urbana: disminución de los alquileres, otorgamiento de las viviendas a sus inquilinos históricos –en el marco postoyotista se puede alquilar de por vida y, no sólo jamás tener una casa propia, sino incluso vivir ajustado ad eternum porque la renta se come al menos un tercio de los ingresos-, expropiación de los propietarios que poseen más de una propiedad y la(s) destinen a fines expoliadores: es decir, ahogo del locatario, no vivienda única y familiar. Por eso es que, a modo de anacrónico programa de izquierda vernácula, además de autoorganización vecinal destinada a la autogestión administrativa, los inquilinos, sobre el fin de su contrato, luego de haber presentado una falsa garantía de las que presentan muchos por edificio, pueblo o grupo de amigos, deberían romper el empapelado –en caso que exista: si no, emprenderla contra la blanca pared-, darle de mazazos –al mejor estilo calamarense con el Demasiado ego de García en (la hoy des-aparecida) librería de música de Arenales y Coronel Díaz- a la cocina nueva, desquitarse –hacer justicia divina, hacerse valer, defender sus derechos- con los vidrios del lugar. Lo que, poscolombinamente, podría llamarse quemar las naves. Sólo que, desde ya, mucho menos etnocéntricos, genocidas e infinitamente más justos que el nulamente cortés Hernán Cortés. Somos los Cristobal de las Casas de los alquileres.



Nota: sí, sí, Cobain no tiene nada que ver en todo esto. Mas recordamos aquello de que nunca llegará la hora de sentar la cabeza. ¿No ven lo incómodo de tal cosa? Papá Cobain y mamá Pizarnik, imagínense... ah, no, no, el Anti-Edipo no nos permite aquello...


jueves, 1 de julio de 2010

El berrido democrático


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El berrido democrático  
(En la carta de lectores de La Nación aparece esta nota)


Escribo, ahora, movido por el ¡pan, pan, pann!, de la alarma de un auto en la calle. Y por una revelación. ¡¡Pan, pan, pann!! ¿Cuánto puede soportar uno indolentemente con ese martilleo agónico, que busca como un niño los oídos de su mayor, su responsable? Niño, aquí en cambio sí oímos tu berrido, al que tal vez acuda violenta, repentinamente, tu dueño, porque en cuanto a mí, he cambiado de parecer frente a los pobres y monótonos cantos de las bocinas, de las alarmas y de las sirenas.

Continúa el llamado trepando hasta mi tercer piso, no ha parado y lleva tres horas. No grita solo ya que en la calle y en toda esta zona céntrica hay miles de bocinas insultándose, advirtiéndose, nunca sin urgencia, siempre por las dudas, sensibles y en efecto participativas. La proyección de la idea, me arriesgo a decirlo (como cualquiera arriesgaría en mi butaca), nunca había alcanzado este grado de difusión y de socialización de los medios de producción. Un auto es más barato que producir un programa de televisión y su alcance no depende de una antena. Si tenemos en cuenta que una bocina bien tocada, por dar un ejemplo, en cualquier calle del microcentro, que suelen tener un promedio de sesenta oficinas o habitaciones que dan a la calle, con unas cuatro personas en cada una o cerca de la ventana, contamos unas 240 personas. Si a eso le sumamos los peatones y el resto de los que ocupan los autos alcanzamos, estimativamente, a unos 300 oyentes sólo en una cuadra a los que lamentablemente les llega el ¡¡pannn!!, antes que el bien intencionado “guarda, amigo, paso yo”. ¡Si nos llegara esa noble advertencia! ¡Pero no, quedan sepultadas recomendaciones siempre útiles como “¡en amarillo podemos avanzar, que no te intimide el rojo!”, o “te agarraste el vestido con la puerta”, ¡“de nada”! Acaso por este detalle, por esa distorsión del mensaje, de los comentarios y los juicios, los automóviles no sean el medio o el instrumento privilegiado para la libre expresión.  

La pregunta por el compromiso democrático no debería desatender, pues, el que nuestras máquinas griten a boca de jarro. Vivo sobre Moreno, cerca de Lima − y continúa el gorjeo, estoico −, y es asombroso ver en la rutina de nuestros conductores tremendo nivel de compromiso, de participación al momento de recordar la circulación en la ciudad y de las fértiles discusiones sobre cualquier tema que convoque a una hilera de ideas de las que, otra vez, debido a que opinan superponiéndose o bien todas a la vez, sólo se oye un ¡¡pannnnnnnn!! ¡Qué lástima! Sólo se destaca, a veces, alguna bocina creativa que profiere un ¡píriubi, píriubi, píririubii!, lo que nos permite suponer algunos avances en la diferenciación de los concienzudos y realistas conductores, los insistentes y sin sosiego. Normalmente sólo escuchamos el ruido, ¡pan!, y cuánto se pierde. 




Otro aspecto de este medio desatendido es que desborda la individualidad y apunta al contagio, no lo dudo (no dudo, ahora, nada), y siempre invita a los demás a participar desde su asiento. Hagan la prueba, paren la oreja y oigan la reacción que provoca una ambulancia cuando se encuentra atorada en una calle: una, dos, tres, millones y millones de bocinas largan sus bramidos y demuestran que el sonido abre el espacio y desobstruye el camino. ¡Qué espíritu de solidaridad! ¡La agonía de un ciudadano no puede hacerse esperar, por supuesto! ¡Hete aquí, finalmente, la reacción cantada de nuestro pulgar oponible! ¡¡Pannnnnnnnnn!!

(Ese niño ya nos alarma a todos… ¿está huérfano?, ¿o qué?) Aquí he dejado, espero, dos ideas para que tengan en cuenta los investigadores en ciencias sociales y sobre todo nuestros legisladores, que son puras palabras frente a la performatividad y a la contundencia del conductor porteño, el del pulgar sonoro y ligero. Verdaderamente no puedo seguir reflexionando − como si nada ocurriese − pero analicen este fenómeno que no es anárquico ni organizado, que no está representado en la Ley de Medios, que une, lamentablemente, todas las voces en una pero por sobre todo que funciona, siempre, por más que le pese a cualquiera, según nuestra Constitución. Se los recomiendo para que tanto esfuerzo proferido no quede en un simple ruido. Si sólo nos conformamos con oír el vulgar ¡pann!, ¡paan! dejamos sin efecto esa enormísima fuerza civil que quiere expresarse y dispone, casi, de un solo y antojadizo tono, instalado en una fábrica por alguien que seguramente ni se imagina que sólo unos dispositivos tecnológicos podrían darle al conductor una mayor libertad de expresión, antes que el rudimentario rugido que él coloca. Acudo a la prensa, y a los agudos ojos que leen, porque incluso a quince metros de distancia siento con mi propio cuerpo la desilusión de los conductores frente a sus arcaicas bocinas, se brotan de impotencia, les viene alergia al ser incomprendidos, encuentran en sus manos las de Hayde y les atacan toda una serie de urgencias que redundan en un berrido monótono.


Dr. Amílcar Chekyll

 

miércoles, 30 de junio de 2010

Historia del moco





Pocas acciones más placenteras que sacarse los mocos. Pero no -como aconsejan las abuelas paternas o las tías bienpensantes- sonándoselos en la pileta del baño o en un pañuelo de algodón regalado por un familiar. Lo placentero es sacarse los mocos metiéndose los dedos hasta donde se pueda, hasta donde la nariz aguante.

Hay una diferencia ontológica entre los mocos que pueden sacarse metiéndose los dedos y los que pueden ser extraídos con un frígido sonar de nariz, en el baño o en el fragmento de papel higiénico que la empleada de la fábrica de papá nos alcanza. Los primeros son mocos consistentes, ya formados, con resistencia propia al vandorista tire y afloje que nos puede entretener por horas en la vía pública o en el livingcomedor de casa. Los otros, en cambio, son mocos líquidos, insignificantes, mocos que -como amores intrascendentes- se van más rápido de lo que vinieron, pero -aún así- con mayor notoriedad, lo que los vuelve aún más odiosos. Mientras que los primeros son mocos para ser sacados -o ser resistidos en caso de que abuelas paternas o tías bienpensantes monten guardia sobre nuestros orificios nasales-, los segundos son mocos que también existen para ser extraídos, sólo que -pequeña diferencia- con el contubernio de familiares y pañuelos, papeles higiénicos y rollos de cocina, lo cual los vuelve triplemente sospechosos.

Cuando era niño, a mis cuatro años, por razones laborales paternales, con mis progenitores y una hermana menor, nos mudamos de un departamento tres ambientes de Congreso a una casa de iguales dimensiones del interior, sólo que con un patio inmenso en donde mi padre -tres años después- construyó una modesta pero pragmática ampliación del hogar, una vez nacida la tercera de los cuatro hijos que ligadamente germinarían. El cambio, para ninguno de los tres, fue tal: mientras mi hermana siguiente y yo éramos demasiado pequeños para extrañar el tránsito y la ascensorera indiferencia porteña, la tercera de las hijas, ya nacidas en suelo interino, no sabía siquiera de la existencia de una ciudad donde se concentraba el poder político del país, ciudad que no era el pueblo grande donde había nacido. Ella, a la edad en que nosotros éramos paseados en los pasillos del edificio y llevados de un departamento a otro para que nuestros padres finalizaran sus estudios, tricicleaba con impunidad por las veredas de nuestra nueva casa, regalo del padre de nuestro padre, quien la había levantado con sus propias direcciones, mandando a los obreros que la construyeron, cuando era un simple pero prometedor empleado de una casa comercial del pueblo, durante la primera tiranía del posteriormente superado dictador depuesto. Ahora, durante un nuevo gobierno peronista, pero esta vez heredero de los últimos años del segundo régimen y de los pocos meses que el significante prohibido se mantuvo con vida durante su breve tercera presidencia, ella asistía, como actriz protagónica, al espectáculo de dos familias enteras rendidas a sus pies: su hermano mayor para entretenerla, su hermana mayor para pasearla y las dos familias para hacer de ella el objeto malcriado por excelencia, al menos hasta que naciera una nuevo hermano o primo.

Sin embargo, así como debajo de todo negro o judío hay un egipcio, la cercanía de la familia, como el iluminismo o una máscara de carnaval, es una pacífica arma de doble filo. Con un arma de doble filo, es sabido, uno puede cortar como cortarse, ganarse un auto como un tajo. La familia, y más cuando está cerca, no sólo es una cara con dos rostros mutuamente antagónicos, es también una avenida de doble mano donde las dos manos son de ida y de vuelta, de modo que los choques -ordenadamente- son más la orden del día que la excepción. Crecer cerca de la familia, qué duda cabe, posee sus indudables ventajas: no pasarán muchos minutos antes de que alguno de los muchos familiares a los que se consultó -con más razón si la familia es italianamente numerosa- acceda solícito a la solicitud de ser recogido para ser depositado en otro lugar, ya que el transporte público está engorroso y el transporte privado, familiar o extrafamiliar, se encuentra o bien ocupado o bien inaccesible. No habrá un día en que, en caso de ser ermitaño sin llegar a lo psicótico, no se posea la más que válida excusa, para salir por un par de horas de casa, que el motivo de visitar alguno de los numerosos puntos familiares desperdigados por la ciudad. Sin embargo, así como -dicen- no hay mal que por bien no venga, cuando la limosna es grande –ateamente- hasta el santo desconfía: todavía recuerdo cuando, llamando desde la casa de mis padres –que, por entonces, también era mi casa- al lugar donde trabajaba a cargo del comercio familiar, las tías bienpensantes o las empleadas domésticas devenidas administrativas de confianza, luego de que les preguntara por el paradero de aquel, antes de responder afirmativa o negativamente, sometíanme –o, menos autovictimizantemente, invitábanme- a una serie de frases y preguntas que siempre simulaba no recordar pero que en verdad cotidianamente omitía porque, ya por entonces, ponían corporalmente incómodo, parecían innecesarias y retardatorias, formales y falsas, como una obra de teatro o una película pero montada en el teléfono, en donde tanto el que llama como el que contesta la llamada sabe las cuatro o cinco palabras que van a decirse antes de ir al punto. Los famosos buenos modales o buenas costumbres, tan respetadas y hasta cultivadas en las autodenominadas buenas familias, las que paren buenos hijos de vecino. Claro, lo que, por entonces, no podía asimilarse era que esa formalidad que se requería al teléfono, esos modismos que las partes en cuestión sabían que eran impostados pero –al menos de una parte- eran respetados religiosamente, como si gozaran del pleno sentido que seguro que alguna vez poseyeron, no estaban solos, iban de la mano de toda otra serie de automatismos y clichés que no se restringían al teléfono sino que –obvio- también se extendían a la oficina del comercio, considerando que es de buena educación saludar con un beso a los habitantes del lugar al que se entra y dejar el asiento a los mayores –como la propaganda telermanista-, a la mesa, lavándose las manos antes de sentarse a almorzar o lavándose los dientes después de hacerlo y, por supuesto, a la vida en general, prohibiendo –el daimon de Bajtin moja la oreja derecha al momento de escribir esto- sacar cualquier cosa del cuerpo: las cosas, al cuerpo, deben entrar, nunca salir, y, si van a salir –orinar, defecar, reproducirse, porque desde ya que no se hablaba de masturbación o sexo onanístico-, esa salida debe ser en lugares cerrados, en el espacio privado, en el baño o la habitación. En el baño lo primero y lo segundo, en la habitación la reproducción de la especie. Tampoco es cuestión de [sub-vertidamente] trocar espacios y prolongar la descendencia en el toilette e ir de cuerpo en las habitaciones.

Una noche de verano caminaba por Barracas desde la casa de una amiga a una despensa que nos proveyera de bebidas para acompañar la cena que ella estaba preparando. En el límite entre Capital y Avellaneda, enfrente de un casino y caminando por las veredas construidas varios centímetros más arriba del pavimento, iba con las manos libres, porque las llaves que me había dado para no tener que bajar a abrirme estaban en el bolsillo izquierdo de la bermuda. Mi mano derecha, placenteramente, se encontraba excavando lo encontrable en los orificios de mi nariz cuando, al cruzarnos con una vecina que paseaba en un carrito a un bebe, acompañada por una niña a su izquierda, aquella le dijo a esta: Fijate que no se meta los dedos en la nariz. Puede que lo haya dicho en relación al niño.


02/03/2009.



viernes, 18 de junio de 2010

Pensar sin hueco de aire


 



Pensar sin hueco de aire, decimos. Suena pretencioso, sí. Es esa manía de ponerle nombre a todo –me dice, y así la primera persona [que, contra toda evidencia, no es yo: es otro] se cuela entre nosotras/os-. Dale, si se lo robaste a Lewkowicz[1], murmura otro (ese otro, que es yo) por ahí. Empero, ¿qué significa robar cuando de lo que se trata es del lenguaje? Claro, podemos preguntarle a la venerable cámara argentina del libro –y, mejor aún, a Horacio Potel-, ellos, seguro, seguro, saben bien. Mas, esto que decimos y/o escribimos, ¿no nos remite sin más a una tradición que llevamos ahí, como si dijéramos, a nuestras espaldas?, ¿es que acaso hay algo que podamos llamar original en nuestro blandir la (esquiva) palabra? Y entonces, ¿es la tradición quien (nos) habla? Y no es que todo sea siempre ya repetición, es claro, pero, hay lenguajes comunes, ¿no? Todos esos como si que nos hacen ser así como siempre ya (horror) somos: rituales. Lenguaje es institución, mundo, afectos, y es sabido, asimismo, la propiedad privada no lo es menos. Pero también (el lenguaje) es exceso en torno a todo mando, fuga.

Hete aquí, pues, que estábamos en clase, que la misma era una puesta en común preparada por las/os estudiantes que por entonces estábamos siendo. Los roles invertidos pero sin carnaval, sin tumultuosa diversión de los cuerpos. Hasta se había formado la ronda de los iguales. Todos en círculo, cual las así llamadas clases públicas –y sí, hay que ponerle nombre a todo, ¿por qué?, porque lo contrario hace presente lo sin fondo: el caos [no el de tránsito, no. Ese ritual invisibilizado ya repone un orden: el de la circulación de mercancías que nunca puede detenerse, y entre éstas, el de la mercancía-vedette que lo dispone todo en torno suyo, la auto(in)movilización privada como la más mundana significación, esa en la que nos movemos (y deseamos movernos siempre ya)], puro flujo sin distinción alguna, como el agua dentro del agua[2]-, el mate pasando de mano en mano, de boca en boca –y nosotras/os sabe: el mate es siempre ya una ocasión para el encuentro con cualquiera, una ofrenda, quizás, hasta diremos (sí, incluso algo livianamente) intercambio simbólico-. Y de repente el hueco. No, no, ninguna falla edilicia. Nada que se desmorone, todo lo contrario: algo emerge. Un hueco se nos aparece.

¿Qué es esto del hueco de aire? La clase se dicta. Las/os estudiantes lo hacemos bajo la atenta mirada de la docente (si esto no fuese un testo serio, como corresponde a ésta no menos seria institución que es NDC, diríamos que ella, voyeuristamente, lo disfruta). Ella es una copada, eh. Hasta pusimos en común los parciales, buscando aflojar las amarras del dispositivo, que, es sabido, o, mejor, experimentado, vivido, luego, no-sabido, suelen apretar bastante… aunque, claro, hasta esto llegue a producir placer, perverso deseo. Una experiencia, cabe decir, a la que no estamos acostumbrados. ¿Qué, nos copiamos?, se escucha decir. Esto debe ser algo constructivista… ah, sí, debe ser. Pero el lazo se torna oscuro más allá de esa figura que pareciera condensarlo. ¿Qué es lo que está de fondo, debajo, siempre ya pre-supuesto y que, por esto mismo, permanece impensado? El fondo, dice Simondon[3], y no la forma, es lo determinante (sí, perdón por la palabra), puesto que sostiene (sobre la nada), hace existir algo. Pensar el (inagotable) fondo, entonces, como un reservorio común, inagotable cúmulo de posibles formas, virtualidades, mundos-por-ser (que pueden, asimismo, no-ser). Las formas, empero, no tienen la fijeza de lo duro, de lo siempre ya idéntico (¿idéntico a qué? Lo idéntico a presupone un fundamento, un algo que contiene y que, propiamente, no hay, más que contingentemente, claro: allí es donde lo a posteriori se torna a priori). El caos lo asedia todo, irrumpe agrietando el Uno. Entonces, ¿el Uno estallado por todas partes? Tampoco tanto, o sí… como se prefiera. Lo virtual actúa sobre lo actual (el mismo instante inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino una vuelta[4]). “Porque el fondo es el sistema de virtualidades, de potenciales, de fuerzas que caminan, mientras que las formas son el sistema de la actualidad[5]”. Ah, sí, pero, ¿y el hueco? El hueco es una grieta. Una grieta en la que, sin embargo, nada se desmorona, puesto que eso que emerge repone siempre ya una localizada arquitectura: una máquina y sus funciones. ¿A qué cosa, pues, nos abre la grieta?

La clase es dada. En la clase somos dados, siendo el tener lugar de la clase, o, mejor, su ahí. La palabra es entregada y devuelta ¿inmediatamente?: es respondida. Las/os estudiantes damos la clase, ya no la docente. Mas las miradas aún encuentran su centro, se reclaman desde un cierto ordenamiento de los cuerpos, que es, asimismo, afecto y gobierno. El dispositivo-ronda nada puede con ello. Empero, ha sido dicho, los opuestos se reclaman y así la ronda puede asemejar (“devenir”) un eficaz panóptico. Esto más allá de las intenciones, es claro. Nuestra docente es una copada, decíamos más arriba. Nosotras/os, en el (constructivista) rol de andamiaje quizás habitemos alguna vez la (no)misma situación, ¿mal-estemos en ella?, puede ser, sí… el caso es que la experiencia de deconstruir el dispositivo aparece así como su contrario: hay algo irreductible. Es eso lo que emerge en el hueco de aire. Los rezagados van llegando a la clase. Se encuentran allí que la rudimentaria máquina áulica ha devenido, al fin, otra cosa: ronda de los iguales. Más o menos redonda, fisonómicamente hablando, todas/os permanecen a la misma distancia unos de otras. Empero el círculo tiene un hueco que se recorta, ahí justo junto al pizarrón. Los rezagados llegan pero se amontonan: nadie ocupa ese lugar. ¿Qué cosa reside allí? La institución que transfiere una autoridad allí emerge.

El doble cuerpo de un/a docente, pues, se muestra así encarnación del Uno, soberano. La máquina-academia pondera, soporta ese plus de valor mediante la referencia a un tercero, la transferencia institucional a sí misma. Al igual que el plus de valor que las grandes empresas obtienen mediante una etiqueta que refiere pura y exclusivamente a la marca, siendo que los costos, talleres clandestinos mediante (cfr. Made in Bajo Flores [6]), les resultan considerablemente menores, ¿es esa marca el plus de valor de los docentes, que hacen como si fueran el übermensch [sobre-hombre o también superman nietzscheano] cuando a lo sumo representan unos rituales que presentifican siempre ya el origen: el despojo, la expropiación, la acumulación originaria?, ¿produce, pues, la máquina-academia un puro valor de etiqueta que recorta una marca en una sociedad que, asimismo, la reconoce como depósito del saber, residencia privilegiada de éste? Ese galpón de reclusión del saber –lo cual ya es decir mucho, puesto que esto presupone la expropiación de los saberes comunes-, que distingue, recorta todo fragmento de semiosis desde la certificación académica, ¿es equiparable a una morgue?, esos cadáveres, además, ¿son los restos de un pensamiento que nos es dado en su resuelto enunciado y ya no en su invisibilizada labor –aunque apropiada, privatizada- de enunciación –enunciación siempre desde algún lugar-?, ¿hay batallas en la academia?, ¿pululan las batallas en los saberes llamados científicos?, ¿qué es ciencia si no un campo de batalla (nunca sin sujeto)?, ¿cuándo se piensa si sólo se reanudan los pensamientos ya pensados?, ¿cómo se transmite la potencia comunal del intelecto si no es verificándola en acto, experimentando lo que se puede, lo que cualquiera puede? Nuestro objetivo, diremos, siguen siendo ya no los edificios (únicos y presupuestos) sino las instituciones. Éxodo es desmesura, falta de medida. No hay patrón alguno para el despliegue de nuestra potencia.
   


Notas:

[1] Ignacio Lewkowicz, Pensar sin Estado.
[2] Georges Bataille, Teoría de la religión.
[3] Gilbert Simondon, El sistema de los objetos técnicos. Pág. 79
[4] René Daumal, “Hechos memorables”. Traducción de Aldo Pellegrini.
[5] Simondon. Op cit.
[6] Made in Bajo Flores. Investigación radial. Puede escucharse acá.