viernes, 3 de junio de 2011

Anotaciones sobre Sarlo en 678








Nos sumamos a la caterva de producciones sobre la presencia, del pasado martes 24 de mayo de 2011, de Beatriz Sarlo en 678: la pregunta ¿por qué escribir?, tan típica de otras épocas, nos atravesó en la distancia entre el deseo y la plasmación, si es que el deseo no es ya plasma-ción. La respuesta, finalmente afirmativa, puede responder a cierto narcisismo de dejar registrado lo que se pensó a partir de aquella combinación, de forma de patéticamente autocitarse ante la eventualidad de una coincidencia entre otros y uno, pero también nos preguntamos si existe escritura por fuera de cierta autoafirmación, si existe afuera del narcisismo en la escritura. Queremos decir, al fin y al cabo, que la paradoja señalada por Sarlo sobre el anacronismo –en el mal sentido del término- de suponer que los medios manipulan a los televidentes cuando hace 30 años los estudios de comunicación y cultura se corrieron de ese paradigma, fue la impresión que la visión de los primeros programas, a partir del básico recuerdo de la muy buena materia Comunicación II cátedra Mangone –de hecho, el recuerdo, seis años después, es un síntoma de que las clases fueron muy buenas-, generó en algunos de nosotros. Es que, como dijo González, el programa es como una monografía de un estudiante de Comunicación[1]¸ lo cual es mucho decir en relación con los segundos y quizá injusto para con el primero: ojala todas las monografías de proyectos comunicológicos hubieran sido un solo programa 67ochesco. 678, como la materia secundaria Comunicación, Cultura y Sociedad, es la carrera de Comunicación compactada –y, por ende, simplificada, reducida, homogeneizada- en hora y media o un año.

La presencia de Sarlo en 678 había sido anunciada en las redes sociales –la espuma de la espuma de la espuma de la espuma- desde hacía al menos tres semanas, no obstante lo cual tomó a unos cuantos desprevenidos, obligándolos a visitar la visita en dispositivos vecinos a aquella. Su presentación por el programa, coincidentemente con discutir la lógica futbolística no sólo a la hora de pensar debates televisivos sino también en muestras sobre exponentes del pensamiento nacional[2], fue prácticamente boxística, faltando sólo la cortina de Rocky para preludiar el enfrentamiento entre popes pesados. Hay que decir que la lectura según la cual Sarlo subestimó a los integrantes del panel 67ochesco, por contemplar que hay que saber inglés para ver la BBC y alemán para leer prensa europea no rápidamente simplificable como colonialista en su conjunto, fue una producción de la misma producción al invitar a dos personas ajenas al staff para discutir en primera instancia el mismo programa, no pudiendo, pareciera, sus propios integrantes defenderlo -y por ende defenderse- por sí mismos. Esta lógica minorizante, como quien defiende a otro en su presencia dando por hecho que ese otro no puede defenderse por sí mismo, fue adjudicada en espejo a -quizá sí- ciertos comentarios altaneros de la licenciada en letras. Sin embargo, antes de proceder al siempre cómodo autoposicionamiento en víctima que adelgaza la responsabilidad propia y carga las tintas sobre la maleficiencia ajena, los mismos integrantes del programa podrían pensar sus sentimientos ante los comentarios posteriores de Sarlo bajo la posición en que su misma producción los ubicó, esa posición tan bien descripta por Russo como pareciera que estamos pintados. Lo que parece que está pintado en 678 es la autoreflexividad, la vuelta sobre los informes de los comentadores que, al igual que la producción que los produce, forma parte del programa. De allí, además de la obvia estatura intelectual de Sarlo, bien llevada en el programa inmediatamente posterior para retornar a la descalificación denigratoria al siguiente, es de donde aquella obtuvo los réditos que la destacaron de los restantes panelistas: de no privarse reflexionar critica y comunicacionalmente sobre informes aunque estos no provengan del monopolio sino de un programa cientificistamente identificado con un gobierno que, en el marco de un enfrentamiento con el principal oligopolio mediático luego de su posición ante una política agricolaganadera tomada por el primero, impulsó la ley de medios de la democracia, demanda histórica de las Ciencias de la Comunicación y el periodismo progresista en su conjunto. Aquella re-flexión sobre los informes arroja un interesante desafío a los futuros intelectuales de la talla de Sarlo, sobre todo los adherentes al gobierno, que visiten el programa: en los días subsiguientes a su visita, este desafío fue esquivado más que retomado, facilitando el engrandecimiento de la figura de Sarlo y su persistencia en la memoria como prácticamente la única invitada que cuestionó, en piso, no en la comodidad hogareña de las reuniones entre amigos, los informes del programa. Este monumentalismo, condición de posibilidad y a la vez de producción de su quijotesca recepción en radios y prensas de medios reaccionarios, será lijado mediante la profundización del criticismo para con el propio bando –no hay que hacerle el juego al chantaje de no hay que hacerle el juego a la derecha-, no por medio de la descalificación denigratoria de los opositores, lo cual habla peor de los descalificadores y denigratorios que de los descalificados y denigrados.

Sarlo, con su presencia, marcó un camino. Sin embargo, ese camino, como en el mito, no está delante sino en el origen. Queremos decir, ese camino está en la potencia del programa. Con esta no queremos decir, según versiones idealistas y abstractas, lo que podría hacer, sino lo que hizo: en este caso, sí, potencia es acto, según una igualación, sin resto, plus o exceso, que, para el rey de los filósofos, era propia de animales o elementos naturales. Con estos intentamos decir que, a pesar de la brillantez que –contra viento y Mariotto- venimos re-conociendo en Sarlo y que no incomoda en absoluto escribir, lo que hizo en 678, con las cualidades que la distinguen, no fue más que una vuelta a los orígenes del programa, cuando, a pesar de simpatizar con el gobierno por el simple y comprensible hecho de pertenecer a un medio estatal, la dimensión de crítica de medios, fueran afines o no, no se hallaba subsumida en la propaganda que defiende y repite. Es cierto que los contextos cambiaron y que la correlación de fuerzas de hoy no es la de abril del 2008 o 28-j de 2009: es cierto, también, como dijo un integrante del otro panel del kdt kirchenrista –el segundo mejor panel del mundo-, que en su momento hubo que bancar los trapos y, como la actual intención de voto nacional lo demuestra, fueron bancados: la hinchada de la policía agricólo-mediática no pudo sustraerle lo trapo a lo pibe kirchnerista. Sin embargo, en exacta inversión de esta argumentación, fue precisamente en los comienzos del programa, marzo del 2009, cuando, sin prescindencia de resultar afín al gobierno, el ciclo se parecía más a una crítica de medios que a una rockola propagandística. Sería comprensible que, por motivo del lockout patronal y la escandalosa derrota de Kirchner por De Narvaez en provincia de Buenos Aires, la producción del programa, en los teléfonos rojos que lo han ligado a distintos sectores del gobierno, haya decidido acentuar la faz militante por sobre la criticista. Precisamente el registro en que habló Sarlo, dejando en falsete a casi todos los integrantes del panel. Digámoslo: todos menos Forster. Podría haber sido González, con quien mantuvo igualitarios intercambios en TN. Sin embargo, si, al calor de determinado contexto, se resaltó lo militante por sobre lo criticista, que el militantismo no se convierta y autoanule en limitantismo. Con esto quisiéramos decir que el militantismo, sea periodístico o científico, no debe perder de vista la relación de fuerzas sincrónica en que se inserta, considerando que una táctica que resultó positiva hace dos años lo sigue siendo, en una falta de lectura de las novedades del presente. Hay que estar atento, esa hermenéutica debe ser mensual, semanal, no cada cincuenta años. Así, vilipendizaciones como gorila, muy antropocéntrica por cierto, de poco sirven al pensamiento. Así, si citar Gramsci, Benjamin y Arendt, para pensar el consenso, la coerción y el fuego amigo[3], es poco hospitalario de teleespectadores, habrá que buscar otras formas de decirlo, pero no puede dejar de ser dicho. No se puede renegar de ninguna de las muchas tradiciones que habitamos, ni regalársela a quienes respetamos pero con quienes disentimos. La tradición del criticismo, de la crítica sin miramientos si el objeto de crítica es amigo y por ende impune o enemigo y por lo tanto culpable desde ya, no puede regalarse sin más. O, en todo caso, sí. Pero luego no pataleemos, ni seamos abusivamente injustos, si alguien viene a recordarnos lo que alguna fuimos pero, por conveniencia, pereza o algún otro motivo, dejamos de ser.  



Notas:

[1] Olivan, María Julia & Alabarces, Pablo, 678: la creación de otra realidad, 1 ed., Bs. As., Paidos, 2010, p. 207.
[2] López, María Pia, “Batallas y hegemonias”, Página/12, 30/05/2011.
[3] Verbitsky, Horacio, “Batalla cultural, fuego amigo y candidaturas”, Página/12, 6/3/11.

sábado, 7 de mayo de 2011

Ensayo sobre la ocupación




El agua de la bañera aguardaba ansiosa cual travesti seductora, engalanada con pétalos de rosa y una boa de sales espumosas enlazada a su garganta delatora, la zambullida en sus profundidades neptúnicas del cuerpo dionisíaco de Arquímedes cuando, sumergidos hasta el fondo de la pecera sus glúteos desfigurados por la contemplación, el líquido se alzó insurrecto y desbordó los límites hasta el momento infranqueables del contenedor. Desde aquella infortunada y húmeda torpeza ornamentada en filoso progreso del pensamiento helénico, nuestros baños adquieren la forma de olímpicas piscinas cada vez que ingresamos a la bañera completamente llena, al tiempo que sabemos, más por experiencia de vida en secado de pisos que por legos conocimientos en cuestiones relativas a la física, que todo cuerpo –sea éste terrenal o celestial, divino o vulgar- carga con una ocupación, es decir: ocupa espacio. De allí que, cada vez que me dispongo birome en mano a completar un formulario y contestar la pregunta en que el sentido común obliga hic et nunc marcar con un tilde alguno de los siguientes casilleros mutuamente excluyentes:


Otras veces, en cambio, ensayo ejercicios de memoria y refiero a la mitad de la cama de dos plazas en que la premura del desvelamiento me escupió sin miramientos al torrente inexpugnable de la labor execrable, o el reducido espacio entre los cuerpos advenidos a la masa de miembros confundidos que viajan cada día cuales topos somnolientos por las ciegas madrigueras inundadas de excremento, o el toldo de casa de quiniela bajo el que aguardé parara de llover mientras aprendí que los sueños sueños son y la lluvia el 93 (¿o el 39 es?), o cada una de las baldosas por las que pisé, ecosistema de hormigas en busca de su hormiguero de cantero, de cigarrillos consumidos por los nervios y envoltorios multicromáticos de caramelo, o, sin más, menos que el que ocupa un elefante condenado a siete años de zoológico so pretexto de incurrir en el escandaloso crimen peligrosamente fantasioso. Frente a tales incitaciones, muy bien también podría referir al domicilio en que resido, aunque ello me obligaría a reescribir lo señalado en un punto anterior del formulario, inaceptable profanación de las reglas básicas de la estadística, aquella que olvida que, para vivir en una casa, es necesario primero ocuparla, cuestión que me conduciría a la declaración jurada de que mi domicilio nunca es Uno, sino tantos como espacios a cada momento ocupo –caracola nómada que hace de cada esquina su concha marina, tortuga trashumante que de cada balcón su caparazón. 

Arribado sin  estribos a este grado cero de la reflexión, cosmos de la ensoñación, me creo en condiciones de arriesgar fulguraciones sobre la subsecuente consideración: no sólo el domicilio sino todo ítem de formulario nos remite, de modo lineal e indefectible, a nuestra personal e íntima ocupación por lo que, si de economizar papel y tiempo se tratara, podrían éstos entregarse con apenas tal sólo interrogante. A fin de ser cabalmente comprendido –y no tildado de espectacular especulador-, permítanme hacerles la siguiente incontrastable y harto evidente demostración:

-Estado civil: ocupación de la institución sobre el flujo ingobernable de los afectos imborrables:

·soltero: narcisista onanista;
·casado: moderno espiritista;
·divorciado: moderno malogrado;
·viudo: sepulturero nekrofílico.

-Documento: cantidad de ocupantes idénticamente nativos fronteras adentro nacidos del territorio indiviso. 30.401.974 y contando.

-Fecha de nacimiento: día en que el acontecimiento a cada año recordado de un embarazo a buen puerto arribado ocupó el centro de atención de familiares, amigos y demás desconocidos.

-Edad: partiendo del carácter intrínsecamente inmanente –valga la abundancia de la redundancia- del tiempo y el espacio, así como la ocupación de una persona remite a la estancia espacial de su cuerpo singular, la edad refiere al tiempo que su vida ocupa en el santuario de Kronos crepuscular.

-Nombre: violenta ocupación, más bien parecida a una vejación, de los padres usurpadores sobre el cuerpo imaginado del niño esperado, quien primero acepta sin chistar y luego puja por desalojar: antes Sebastián, ahora Emperatriz, la travesti seductora que aguarda engalanada con pétalos de rosa y una boa de sales espumosas.


Post-facio del ensayo:
somos cuerpo ocupante/ocupado por nombre que resuena desde los bajos fondos de la indolencia hasta que el suplicio de la inclemencia nos arroja a los bajos fondos agusanados del vientre terrenal mientras nuestro nombre –propio
por idolatría, ajeno por ontología, rebelde por eufonía-
 resiste como eco vacío que se pierde en la
herida abierta del
 tiempo
     . 



Notas:

 [1] Conversación mantenida entre una joven saltimbanqui de fronteras y el señor atendedor de públicos distraídos en el centro de tramitación de pasaportes de la calle Azopardo:

-Disculpe Ud., señor atendedor de públicos distraídos, tengo una duda con el formulario. Desde hace unos años me encuentro cursando la carreta (acto fallido: la joven saltimbanqui de fronteras quiso aquí decir carrera) para ser farmacéutica, por lo cual bien se podría decir que soy estudiante. Pero además trabajaba hasta el mes pasado en un call center, del cual me echaron por encontrarme suspirando ante el oído abnegado de un cliente desesperado. Desde aquel momento, busco sin éxito ni esperanza un nuevo y prometedor trabajo, por lo cual, a su vez, se podría decir que soy desocupada. Aunque también suelo encargarme de las cuestiones que hacen al cuidado de un hogar, lo de siempre: cocinar, lavar, planchar, hacer las compras, cuidar al gordo que ya tiene seis meses y no sabe lo lindo que está, todavía no habla pero ya aprendió a decir mamá en código morse con las pestañas. En fin, como bien verá, se podría de igual modo decir que soy ama de casa. Entonces, mi pregunta es: ¿cuál de todas ellas dice Ud. es mi ocupación?

-Es muy fácil –contestó el señor atendedor de públicos distraídos- según el punto tres del artículo doce inciso b del manual de preguntas más frecuentes sobre el modo correctamente correcto de llenado de formularios, allí debe tildar aquella actividad a la que dedique usted mayor cantidad de horas al día.

La joven guardó silencio y se puso a contar con los dedos de una mano, luego con los de la otra y cuatro en préstamo de su pie izquierdo hasta que, finalmente, respondió:

Por razones tan obvias como paradójicas, mi ocupación coincide vis à vis, tête à tête, codo a codo y frente a frente con mi des-ocupación.

[NDC agradece la amistosa colaboración de D. ¡Gracias!]

miércoles, 4 de mayo de 2011

Sobre la conveniencia de vivir y trabajar en Provincia.




 estaba en llamas cuando me acosté
“Estaba en llamas cuando me acosté”, Say no more, Carlos García Moreno, 1996.


Si alumnos secundarios tuvieran que responder cuáles son las posibles herencias de la dictadura en nuestro presente en una evaluación, los sucesos del 2 de mayo de 2011, el descarriamiento de un tren en Flores o Caballito y la quema de vagones en Ciudadela, Ramos y Haedo, podrían haber sido una buena respuesta. Más allá de interpretaciones conspirativas que ligan los sucesos a manos ocultas de un lado u otro, existe un fondo de experiencia -fondo que ya casi es un baldío- que vuelve verosímil una lectura no conspirativa de los hechos. Viajando como se viaja, lo que pasó entonces podría haber pasado o puede pasar cualquier otro día. Esta obviedad, que suele ser utilizada como prueba de que si no pasó cualquier otro día y sí cuando pasó es porque hubo una mano negra que lo digitó, reconoce lo que pretende negar: que existen las condiciones objetivas –y por ende subjetivas-, es decir: pésima calidad de viaje y desde cansancio hasta hartazgo por una realidad repetida todos los días, para que hechos como tales sucedan. Si no existieran estas condiciones, si los trenes, colectivos y –en menor medida, por ser porteños- los subtes no funcionaran como funcionan, las supuestas manos ocultas serían más evidentes y saldrían de la presunta oscuridad en la que se resguardan para tramar un descarrilamiento aquí, un incendio allá. La dictadura, ahora que se avanza sobre sus complicidades civiles eclesiásticas, judiciales y empresariales, no sólo significó treinta mil desaparecidos –podrían ser ocho mil, el número no es importante- sino fundamentalmente una reconversión del Estado que tampoco es lo fundamental sino más bien sus consecuencias: la animalización antropocéntrica de numerosos sectores de la sociedad, la desacralización de sus vidas que los torna cotidianamente asesinables, el rasguido del tejido convivencial que provoca que uno se niegue a viajar en determinadas condiciones –por ejemplo, colgando de las puertas- pero no se (pre)ocupe porque otros –cientos, miles- (a)sí lo hagan. Son estos riesgos tolerados cotidianamente los que saltan a la vista cuando suceden hechos como los de este 2 de mayo, aunque no se hayan lamentado víctimas fatales.

El acento en lo anterior, como resaltar la indiferencia vecinal ante la indigencia callejera, puede ser tildado de impráctico, generando la burlona pregunta: “¿Y qué querés que haga? Yo también tengo que llegar al trabajo para pagar el alquiler y comer. ¿Qué querés que haga, que los baje de un tirón? Me cagan a trompadas. ¿Querés que pare la formación, que me tire encima de las vías para impedir que siga? ¿Querés que arriesgue mi vida por uno de los dos viajes que miles hacen al menos cinco días a la semana? No seas irreal”. Nadie está proponiendo tamañas soluciones. Sólo apuntar, en la medida de lo posible y las posibilidades, las responsabilidades propias, ciudadanas, de a pie, que caben en las tragedias o hechos infinitamente menos catastróficos como los de este 2 de mayo. Por supuesto, estas responsabilidades civiles, como en torno a otros asuntos, no son prenda de cañón de responsabilidades empresariales y estatales. Por esto la referencia inicial a la dictadura y los puntos que sumarían alumnos secundarios en caso de ligar un hecho de hace cuarenta años con otro de hace una semana.

La dictadura es la fecha simbólica en la que suele situarse el comienzo del desguase del Estado: el Estado como auto robado que es llevado a un desarmadero para su disección y venta por partes. Aquel mítico inicio podría ser ubicado antes, durante el Rodrigato de la presidencia peronista isabeliense, pero sería más problemático y menos conveniente. El Estado, desde la dictadura y con acento en los ’90, fue redireccionado por partes, desde el cuidado de sí y bienesterioso cuidado de los otros desde los ’30, hasta el descuido de sí y cuidado de la patria financiera de hace 20 años. Por eso es curioso cuando amigos anarquistas, a pesar del paso de la dictadura y los ’90, siguen situando en el Estado el enemigo a vencer, invisibilizando al mercado, el capital, la publicidad, como su socio menor. El anarquismo está contento, el neoliberalismo achicó el Estado y engrandeció la Nación. Está claro que, a diferencia de lo que sucede cuando nos metemos al mar con agua muy fría, nadie achicó nada: el neoliberalismo fue el gps del estado de bienestar que recalculó sus direcciones. Las del sistema de transporte férreo, baluarte de la construcción del Estado-Nación decimonónico, aun con la centralidad manual del unitarismo porteño, no estuvieron entre ellas: desde los ’90, además de profundizarse la monopolización de los medios resguardados bajo ley de dictadura, los trenes, al igual que hospitales y escuelas, fueron siendo el fondo, el patio, el baldío de una figura, estrella, protagonista multimedial. Sería interesante investigar la producción de subjetividad bajo la figura del argentino vivo y gracioso menemista y sus continuidades en el piola y canchero macrista. En cuanto a lo anterior, los críticos del humanismo disciplinante decimonónico pueden estar satisfechos, el neoliberalismo también lo hizo. Sin embargo, este no sólo levantó vías asentadas sobre el levantamiento de casas: también encapsuló el viaje volviéndolo el equivalente viajero de la privatización hogareña de estufa y radio, aire acondicionado y televisor.

La dictadura sigue presente entre nosotros no sólo por el estado de los trenes heredero de las privatizaciones operadas en los ’90 pero cuyo fondo de posibilidad fue la sangría social e ideológica dictatorial. Sólo este hecho, aunque haya quienes hagan política descarriando rieles e incendiando vagones, vuelve incorrecta, simplista, mitológica, toda construcción de un chivo expiatorio que beatifique a los buenos pasajeros trabajadores que sólo quieren transportarse para laborar en oposición a los demonizados ocasionales moradores de estaciones responsables de desmanes. Si no hubiera vías, trenes, viajes en pésimas condiciones, los violentos quedarían en evidencia, siendo la figura que se recortaría sobre un viaje que superaría las comodidades hogareñas. Ahora, si las vías no tienen mantenimiento, las formaciones están deformadas y el viaje es un calvario en lugar de una ciudad celeste, ¿de qué forma distinguir a los legítimamente indignados porque vienen de su casa para ir al trabajo y no pueden hacerlo por sucesos que exceden su responsabilidad de los irresponsablemente indignados porque todo su ánimo es generar caos y desconcierto en la población? Sin embargo, la dictadura, como un fantasma, sigue presente entre nosotros al menos también de otro modo: la desvalorización de la vida no sólo operó en aquellos que inconscientemente la arriesgan módicamente todos los días para ir a trabajar sino también en aquellos que, sin tener que hacerlo o no estando dispuestos a hacerlo, prefiriendo levantarse un poco antes o buscar otra solución, no ven con ojos atormentados sino anestesiados lo que sucede delante suyo. Por supuesto que la cotidianeidad normaliza y el ser humano es un animal de hábito dable de acostumbrarse a la vida en un campo de concentración incluso. Sin embargo, así como existe distancia entre lo que podríamos hacer y lo que finalmente hacemos, ya que de otro modo seríamos elementos o animales que sólo podemos lo que hacemos, también existe un hiato entre la rutinarización de lo extraordinario y su absoluta cotidianización. En ese embute está la esperanza. La esperanza de, sin reproducir el entendible uso de la vecindad capital-provincia como chantaje de un acto disruptivo, no considerar la forma de superar los puentes dinamitados que dos por tres estallan en irse a vivir a los suburbios, sean los coquetos norteños o los desprestigiados sureños. La esperanza, aún reconociendo las mejoras institucionales de casi una década a esta parte, de que esta forma de desarrollo, basado en el auto(in)movilismo ralentizador del tránsito histéricamente lamentado por los medios y en ciertos legados inconfesables de la época en oposición a la cual se construye el presente, en algún momento asuma, con el correspondiente apoyo ciudadano, las tendencias autodestructivas que laten en su seno. Los chorizos que salen de la académica canilla por suerte abierta hace ochos años podrían nunca dejar de repetirlo.


sábado, 30 de abril de 2011

impresiones deformes, presiones de formas.

impresiones deformes, presiones de formasNo llevo registro de los años, recuerdo la primera vez que me obligaron a firmar una fecha, fue alrededor de 1995. Después de ese evento supe confundirme y establecer el tiempo en acontecimientos, así que voy a decir que conocí lo que iba a ser el entonces supuesto edificio único de sociales, de la UBA, en el 2008, puede que no sea así, y que lo haya conocido en el 2010, pero prefiero afirmarlo hasta que se cansen de contradecirlo.

Fue en el 2008 durante una toma de la facultad, en unaasamblea, y me llamó la “forma de universidad” que tenía el edificio. Tal vez devenía acostumbrado a la forma de fábrica, y sus patrones (I y II). No tan así, pero creo que esas experiencias comenzaron a surgir de las tomas, antes no percibía el edificio, ni a la universidad, ni a lxs estudiantes.

Es increíble como puede también unx olvidarse la no gratuidad de la universidad, se puede estar a unos veinticinco pesos de la puerta de Santiago del Estero, se puede estar a 19$ de varixs autorxs. De todas maneras me gusta estar a 2,20 o nada en cuanto a dinero de la facultad, es decir que preferiría que fuera siempre estar a costa de mi motricidad activa.

Si como se cuida a la facultad guarda relación con cómo vemos a la sociedad, debo aclarar que no sabría qué cuidar, que a la sociedad la pienso como aquello que es normativizado para garantizar la reproducción de instituciones que sean bajo la imagen estatal, no hay nada que cuidar allí.

¿Cómo cuidar algo que se nos arrebata constantemente? Personalmente cuido de aquello que me acobija, que me recibe, que me responde. Este edificio me sigue rechazando: centraliza, jerarquiza, burocratiza, me expulsa. Más que cuidarlo, intento habitarlo, acercarme, rodearlo.  Se arma de una estructura que me prohibe limpiarlo, pintarlo, habitarlo, socavarlo; que hay una uniformización para aquellxs que sí poseen la legitimidad de producir este mantenimiento.  Uniformización a la que estarían sometidxs para conseguir subsistir.

Ahí no puedo sentarme, esparcirme, leerme, discutirme, sociabilizarme salvo bajo las alas áulicas y sus condiciones.  Ahí no puedo comer, y ¿debería estar 5 horas diarias aproximadamente? ¿5 de las 8 horas que no están ocupadas para asegurarme la comida, el techo y el descanso, la subsistencia?

En cuanto al territorio, este nos indica que puede haber algún punto de comparación entre un grissín y una prostituta, además de la impunidad con la que estos distintos dispositivos operan sobre nuestros cuerpos, en esa zona, con su profunda perversidad. Peor aún la asimilación de estxs como parte del paisaje.

Dentro del nuevo edificio de la universidad, algunas agrupaciones políticas de sociales pudieron romper con este folklore del amontonamiento de carteles, ahora nos rodean lápidas de consignas partidarias. La palabra muerta nos invoca.

martes, 22 de marzo de 2011

Mi primer día en el edificio único





Conocí el edificio de Santiago del Estero el año pasado. Después de una de las primeras asambleas que se hicieron en Ramos, algunos estudiantes de Comunicación nos fuimos al futuro edificio único. En Trabajo Social no eran muchos y había que “ponerle el cuerpo a la toma”, como decían los chicos en aquel entonces.

      Caminábamos por Franklin, con un par de compañeros, cuando uno se dio cuenta de que solo tenía dos pesos.

      –Y después me tengo que volver a mi casa –dijo.
      –Ma’ sí, tomemos un taxi –respondió el otro.
      –¿Vos sos bobo? –le dijo el primero–. Te digo que compré unos apuntes y tengo dos pesos nomás.
      –Yo tengo cinco –contestó–. ¿Vos? –me preguntó.
      –No sé, dos o tres también.
      –¿Con cinco pesos vamos hasta Constitución?
      –¿Cuánto hace que no te tomás un taxi?
      –No sé… Cuando era chico me corté una mano y mi mamá me subió a uno, pero creo que no lo pagamos.

      Desde un costado, una chica nos dijo que no importaba. Somos unos cuantos: hablamos con los del subte y nos dejan pasar. Buenísimo.

      Después de hacer combinación entre la línea B y la C, nos bajamos en la estación Independencia. Caminamos por Lima y doblamos en Carlos Calvo. En la esquina de la Facultad, de la mano de enfrente, hay un kiosco que dice Wi-fi. El “problema” es que al kiosco no se puede entrar, ni hay mesas para que uno se siente. Qué loco, ¿no? Debe ser para que se conecten los que tienen teléfonos inteligentes, mientras se compran unos chicles.

      Tengo que confesar que, al entrar, el futuro edificio único me impactó. No había carteles (¿no se puede manifestar ideas políticas sin saturar de afiches el espacio público?) y el piso estaba impecable. ¿Será muy pro querer/pedir/intentar que se cuiden los espacios comunes, de manera que inviten al intercambio y al debate? Dijo Voltaire hace mucho tiempo: no comparto tu opinión pero ofrecería un hígado para defender tu derecho a expresarla, mientras no lo hagas en las paredes de la Facultad.

      Después de caminar un poco por el edificio, pude comprobar algo muy importante: los inodoros estaban desinfectados; mis “nalgas” iban a poder entrar en contacto con la tabla sin temor a contagiarme de algún hongo mal habido. ¿Será muy pro querer/pedir/intentar sentarme en un inodoro de la Facultad sin contagiarme de hongos? ¿Será muy pro preguntarme todo el tiempo si lo que pienso es muy pro?

      Estábamos en que, hace un año, fui a Constitución a “ponerle el cuerpo a la toma”. Eran las semanas en las que hacíamos blogs para “difundir los reclamos”, como se decía en aquel entonces. Es para celebrar que ahora sean para contar las primeras impresiones que tenemos del edificio único, y no para pelearnos entre nosotros. Porque, como dice el sentido común –que es el mejor de los sentidos–, si todos tiramos para el mismo la, arañamos un 440.

      La noche que conocí el edificio de Santiago del Estero comimos pizza de Ugi’s. A diferencia de Ramos –donde los chicos y chicas de La Barbarie cocinaban para “tomadores” y “tomadoras”–, en Constitución no había cocina ni gas. Creo que no estuvo bien: los fondos del Centro de Estudiantes se usaban para pagar pizzas de Ugi’s. Esos 0,001 pesos que nos cobraban de más en cada apunte fotocopiado, fueron a parar a los estómagos de quienes pasamos esa noche en Constitución. Igual, no tengo remordimiento. A diferencia de lo que se piensa, fue precisamente para acabar con este flagelo –para combatir la dilapidación de los fondos del CECSO– que algunos decidieron construir un comedor. En aquel entonces, me pareció una buena idea.

      Cuando me pongo reflexivo, pienso que las comunidades de cada facultad mantienen su edificio a imagen de cómo piensan la sociedad en la que viven. Si ustedes se fijan, en Ciencias Económicas, donde ignoran La ideología alemana y El capital, son los pisos superiores los que sostienen la planta baja.

      En Sociales, conocemos de pe a pa la relación entre la base y la superestructura; es por eso que el futuro edificio único es tan sólido. Pero, en otros aspectos, hacer una sede a imagen de la forma en que pensamos la sociedad en la que vivimos nos creó algunos problemas. No sé si fue por la influencia de los estudiantes y los profesores de Sociología –no quiero ser prejuicioso–, pero me parece que sobreestimamos la utilidad de la estadística. Este año ya no curso, yo no las vi. Pero –según me contó un compañero– había aulas que eran muy amplias, por lo tanto, pusieron un durlock y, donde podía cursar una comisión, ahora pueden cursar dos. En las aulas originales había un par de aires, para combatir el calor, y unas cuantas estufas, para paliar el frío. (¿Los estudiantes de Sociales no nos merecemos cursar con una temperatura propicia para estimular el pensamiento?). El problema es que los aires y las estufas estaban en las mismas “paredes laterales”. Ahora, me dice mi compañero, hay aulas que tienen dos aires y unas cuantas estufas, y aulas que no tienen ni unos ni otras. Es cierto, si bien es bueno cursar con un clima propicio, el calor artificial de una estufa puede imitar, pero no puede igualar el calor del sol. El “problema” es que, en algunos salones, también falta el switch para prender las luces, porque está en el salón contiguo. Las estadísticas nos dicen que por cada dos aulas hay dos aires y cuatro estufas. Sin embargo, en la realidad, algunas comisiones van a tener más de lo que precisan y otras van a tener menos: una metáfora del sistema un poco desigual en el que vivimos. Ahora que lo pienso, posiblemente quienes decidieron poner los durlocks lo hicieron para recordarnos esas desigualdades. Para recordarnos, precisamente, que las ciencias –y, sobre todo, las ciencias sociales– no están separadas de la “realidad” en la que se insertan.


Nota: este testo delirante nos fue acercado por un/a compañero/a con motivo de poner en común "impresiones" en torno a la apertura de la mayor parte de lo que será el ansiado edificio único. El mismo está referido a mi primer día en el edificio único, sitio administrado por docentes de la carrera de cs. de la comunicación, UBA.