viernes, 15 de octubre de 2010

Llegamos tarde: un bar, su necesaria memoria y su imprescindible olvido.





La tarde de junio de 2009 del capusottiano 1-6 versus Bolivia fuimos con Carrasco –el hermano mayor de Lucas, el ametrallador serial- al bar de Las Heras y Paunero y, recién en él, nos percatamos que, al no tener televisor, iba a ser difícil que viéramos el partido. Conocíamos el barrio-paño y frecuentábamos el bar, pero a veces los deseos obturan todo verosímil cálculo de posibilidades sobre su concreción. Terminamos viendo el partido en un restaurant popular –sí, en Recoleta- justo enfrente de una de las entradas de Plaza Las Heras, allí donde estuvo la cárcel donde fue ejecutado Di Giovanni ante la mirada de Arlt y donde las fuerzas policiales peronistas torturaron y se les fue la mano con uno de los interrogados. En oportunidades la política urbana macrista, como el poder según el puto maoísta, produce y no sólo reprime: ante la paredización previa al alambramiento de la plaza, los paneles de metal, día tras noche, aparecían dibujados por grafitis no sólo críticos de la privatización –enrejamiento, candado y llave ante la llegada de la antiiluminista noche-  del espacio público sino, haciendo un trabajo de memoria, también de pintadas referidas a la historia del lugar antes de que se con-virtiera en plaza. Su pasado como cárcel, su historia como lugar del crimen de aplicación asesina de uno de los inventos argentinos, las ironías sobre la necesidad de hacer un museo también de esas atrocidades, su existencia como paño donde se escriben las textualidades del presente. Podría haberse agregado el asesinato –no ajusticiamiento- de Hermes Quijada, el militar que apareció por televisión el 22 de agosto del ’72 dando la cara para afirmar que ante el intento de fuga de 19 subversivos de 3 organizaciones terroristas se había dado muerte a 16 de ellos, por el gallego Fernandez  Palmeiro, integrante del ERP-22 de agosto, escisión camporista del antiperonista PRT-ERP, sobre Las Heras y Sanchez de Bustamente, como cantan Calamaro y Scornik en 22, el loco, musicalización entre otras de la monumental obra cinematográfica Gaviotas Blindadas.  Los lugares guardan una historia que sólo su roce con textos revela en toda su significación política: la iglesia católica de Av. Corrientes y Palestina (ex Rawson) desde la cual fueron baleados obreros durante la semana trágica del ’19. Como la revolución francesa a partir de lugares y no de escritos, autores o sucesos, la historia desde los sitios y no las historias de los lugares. Una combinación de urbanismo, historia y política que suele resultar refractaria desde el nicho al que se pertenezca. Una forma de caminar la ciudad mal vista por tiempos metropolitanos que no bien reciben que, como el filósofo que de tanto mirar el cielo se cayó al pozo –mi philosopher fall down in a black hole-, un transeúnte camine con la vista levantada observando las construcciones que lo rodean y albergan. La vista, como apuntar a través de una mira, debe ser recta, no aleatoria. La inclinación de la cabeza ni altanera ni sumisa: en el grado militar exacto en que se prevé tanto la inminencia del enemigo como la proyección de los pasos. No hay tiempo para nada: el que se detiene, como en la carrera académica, pierde. Es pisado por los que vienen detrás, atropellado por los de delante, no citado por los que vendrán.




El bondi es un viaje no sólo por el traslado sino también por la experiencia que vehiculiza. Es en este sentido que la añoranza de teletransportación adolece de sentido. La significación de la resaca no es la desinhibición que drogas y alcohol –redundantemente una droga- producen sino su duración desde que se hacen cuerpo hasta que son expulsados. En esta dirección, el deseo de teletransportación, pretendiendo ahorrarse la experiencia de volver de Pompeya a Villa Urquiza, precisamente lo que suprime es eso: la experiencia. Es cierto que esta se hace-obtiene de eventos ordinarios –la gris convivencia, la mediocre normalidad- y no de hechos extraordinarios: una revolución o vacaciones. Sin embargo el viaje que se opera urbanamente es de muy diferente índole que aquel para el que se trabaja todo el año: mientras este forma parte de lo que se aparta de lo ordinario –de allí que dure 2 o a lo sumo 4 semanas al año-, el primero forma parte del hábito, de lo que se repite día tras día. Es decir, no sólo que de carne somos, sino también la carne que somos. Así, un viaje en el 41 desde la ahora iluminista Plaza Miserere hasta el goyenechiano Saavedra puede revelar lo siguiente: no sólo que lo que era un bar, en breve –en muy breve, en una brevedad propia de eyaculación precoz-, será un edificio, ya que no hay nada de extraordinario en ello, toda la ciudad -desde hace ochenta años- está dejando de ser un lugar anarquistamente horizontal para ser vanguardistamente vertical, sino que, en sintonía con la hipertecnificada proliferación de signos de la que es imposible tener registro, la ciudad forma parte de una dinámica centrípeta a la que resulta difícil seguirle el pulso: ingenieros civiles afirman que, según lo que aprendieron en la universidad -lo que no resulta excluyente de que se te caiga un gimnasio al lado de lo que estabas por levantar-, construir un edificio lleva mucho más tiempo del que el ojo humano, en los barrios periféricos en los que todavía puede levantarse la vista, registra cotidianamente. La única forma de percibir diariamente las modificaciones de una construcción octogeneria para convertirse en un nuevo edificio es siendo vecino de ella. De otro modo, el mismo ritmo y colapso de la metrópoli, y la misma existencia de la vida como flujo cotidiano que cree dominarse bastante más de lo que en verdad se controla, vuelven imposible ese seguimiento. Cuando pasamos por última vez todavía era un bar al que podíamos ir a leer textos como extensión de la universidad al resto de la sociedad: cuando pasamos nuevamente ya es una obra en construcción con telas, andamios y paredes plásticas. Una antimilitarista patrulla de rastrillaje, documentación e investigación urbana debe estar al tanto que, a pesar de lo posible y poético de su existencia, intentando pensar la historia argentina a través de sitios y pintadas y mezclándose con vecinos de la otra punta de la ciudad como forma de conocerla en su vida cotidiana, ese es el paño sobre el que opera: edificios históricos receptivos a los flashes porque están abandonados desde hace lustros y se mantendrán en ese estatus un tiempo, pero también construcciones que llevan en sí parte de la historia de la ciudad –y, en tanto capitalinamente unitarios, del país- que serán tragados por la tierra antes que una cámara pueda registrarlos fotográfica o cinematográficamente. Una fracción de la metrópoli está desaparecida, no está muerta ni viva, desapareció: no se sabe qué fue de ella, quién la habito, quiénes fueron sus vecinos, qué historias de amor y odio germinaron en su seno, qué textos se leyeron en su interior.




Cuando se escriben textos de estas características una obvia reflexión que suele ser omitida, quizá como condición misma de posibilidad de su hechura, es que la museificación de una ciudad, más allá de lo que enseñen los últimos treinta años de obsesión internacional por la memoria que localmente se manifestaron en la última década, no da trabajo. Es decir, a pesar de los nuevos empleados administrativos y profesionales que un museo necesita para su andar, en el caso de la contraposición entre horizontales casas y verticalistas edificios, la tasa de empleo –precario, mal pago, inseguro- que generan los últimos no tiene comparación con el que producen los primeros. Otro matiz, presente sobre el tamiz de una reflexión sobre la nueva ciudad que se levanta sobre las ruinas de la anterior a una velocidad que vuelve arduo su seguimiento, son los destinatarios del empleo generado: mientras que en el primero se trata de paraguayos, bolivianos y peruanos desde hace diecinueve años –gobernar es poblar, aunque me quede soltero- pobladores  del país como segunda oleada de cabecitas negras que construyen casas en las que no van a vivir en barrios en los que serán mal mirados, la primera acoge la resaca noventista de clase media ya sea en trabajos repetitivamente administrativos o no menos automáticos, más allá de título en la pared, profesionales. Cuando se lamenta los edificios levantados en Villa Urquiza o Caballito, azuzados mediáticamente por derrumbes que hacen el juego al agorero apocalipsis agitado por medios que normalizan la vida en estado de excepcionalidad, se invisibiliza que una sociedad, así como no puede vivir en constante estado de colapso ya que necesita de cierta normalidad aunque esta haya nacido de lo antaño considerado excepcional, tampoco puede hacer de su ciudad una naturaleza muerta a cercar, conservar y luego mostrar. Es decir, un museo. Sin ánimos de hegelianistas síntesis o pendulares bonapartismos, urge un modo de penar la metrópoli y sus derroteros entre la nostalgia de lo que fue y no volverá y lo que todavía es pero quizá en breve ya no sea. No se trata de museificar sólo el casco histórico o casquificar algunos pocos pero identificables -¿idénticos a qué?- edificios míticos de la ciudad, sino de un andar que, al mismo tiempo que recuerda antinostalgiosamente lo que alguna vez fue y ya no es, se pregunte por las condiciones de lo que todavía es y puede o no seguir siendo, no sólo en vistas de conservación de un supuesto patrimonio histórico sino también de respuesta ante el que constituye el principal capital de toda nación:  sus habitantes. Que el recuerdo de las atrocidades del pasado no olvide las peripecias del presente –como provocativamente fue planteado hace casi 20 años en el campo internacional de la memoria y recientemente derramado en la Argentina bajo la forma de un divo con conchero de periodista que capitaliza aquella farsa como recuperación del barniz de adolescente rebelde que tiempos no asfixiantemente neoliberales le arrebataron-, pero, también, que la ad-miración de las construcciones del pasado, su avistaje, sistematización e investigación, no invisibilice las condiciones de vida, trabajo y tránsito del presente. Una reflexión honda  sobre la ciudad contemporánea no pude arrebatarle el cuerpo a estas aporías.


domingo, 26 de septiembre de 2010

multipliquemos las historias





multipliquemos las historias

         I. Antes de empezar con estos apuntes, nos gustaría decir por qué nos parece necesario contar nuestras experiencias, contar lo que nos está pasando. Por qué es necesario que, en el calor de estos días, multipliquemos los blogs, los murales, los artículos, los relatos, los intercambios, las discusiones.

         De sobra sabemos cómo ha leído la Institución los acontecimientos que están teniendo lugar, como ha tratado –insistentemente- de inscribirlos en una cronología del orden establecido. En esa cronología, todo lo que no se identifique plenamente con ese orden establecido es una mancha. Cada día de toma, cada corte de calle, cada clase pública, cada clase autogestionada: una mancha. “La toma es presentada como una interrupción de la “regularidad”, una pausa improductiva que genera pérdidas. Pérdida de trabajo (“se han perdido semanas de trabajo”), de stock (“se perdió un 20% de stock de bancos y sillas”), de carga horaria (cada materia “perdió entre el 15 y el 20% de su carga horaria cuatrimestral”), etc.”. Algún día –supone la Institución- la máquina volverá a funcionar normalmente, todo este error será corregido, y La Historia dirá que sólo fue una interrupción, una pequeña mancha en la cronología del orden.

         Tenemos, entonces, una tarea por delante: la de hacer nuestros propios relatos e inscribirlos en nuestras propias historias. Unos relatos donde todo este proceso no sea ya una mancha o un error, sino lo queramos que sea. Abramos y construyamos nuestra propia línea de tiempo: con sus propios deseos y proyectos, sus propias preguntas e inquietudes, sus propios errores y aciertos, sus perdidas y sus ganancias, etc.

         En nuestras historias, por ejemplo, no aparecerá un relato de la “inseguridad” en torno a la interrupción de la máquina. Aparecerán, más bien, preguntas: ¿qué seguridad es la que se ha interrumpido? ¿cuál seguridad? ¿cuáles garantías? ¿no será, solamente, la seguridad de lo que viene siendo, la seguridad de la costumbre?

         En nuestras historias todo esto que somos es una formación permanente, un exceso. Sabemos de nuestros errores –de ellos también hacer una historia- pero también sabemos que no existe un tiempo abstracto para construir una potencia: la potencia se construye en la lucha, y en la lucha se da sus modos de funcionamiento, sus características, etc. No vamos a esperar a entender, a saber cómo se negocia, a estar de acuerdo.

         Cada día, no sólo está en juego la lectura presente del proceso, sino también lo que de él quedará, cómo cristalizará en la memoria de todes les que habitamos la facultad. En este sentido, creemos que debemos disputar contra todas las operaciones simbólicas que pretenden borrar la toma de cara al futuro. Tenemos que multiplicar nuestros relatos, tenemos que contar(nos) lo que nos pasa, tenemos que escribir, filmar, dibujar, tenemos que transmitir nuestra experiencia y evitar que se pierda, evitar que se borre y evitar que otres la cuenten por nosotres.

         Digámoslo pronto: no queremos un relato único y monolítico sino múltiples relatos, que se expresen muchas maneras de vivir y sentir el conflicto y la lucha, con sus acuerdos, sus contradicciones, etc. Contra La Historia del Uno, opongamos las historias de todes.

         II. Hay un triunfo implícito en este tipo de procesos de lucha, quizás el más importante de todos: les estudiantes nos damos cuenta -¡por fin!- de que todos los días plebiscitamos un modo de producir conocimiento, un modo de habitar la facultad, un modo de relacionarnos entre nosotros y con los profesores y profesoras, un modo de relacionarnos con los textos, etc.  Lo que se ha abierto por estos días, lo que hemos abierto, es una situación que interrumpe el flujo de lo siempre idéntico, violentándolo, desnaturalizándolo, mostrando su contingencia y, al mismo tiempo, como cada uno y cada una de nosotres decide todos los días que la facultad sea de determinada manera y no de otras tantas posibles. Este despertar, entendemos, es un paso ineludible para pensarnos como sujetos y sujetas que pueden llevar adelante una transformación que materialice sus deseos.

III. Confiamos en la memoria de nuestros cuerpos, en su capacidad para ser el lugar de sedimentación de todas las experiencias que venimos viviendo.  Queremos darle a nuestros cuerpos las disponibilidades para que florezcan otros modos de ser en el aula y en los pasillos, entre nosotres, con los textos, etc. Ese aprendizaje del cuerpo –lo sabemos- se da sólo en la práctica. Por eso tenemos que hacer más clases autogestionadas, más artículos escritos colectivamente, más mateadas en los pasillos… y entregarnos al aprendizaje.

         Confiamos en que nuestros cuerpos no van a poder adaptarse normalmente a la normalidad si mantenemos encendidos todo esos espacios. Queremos que cuando la máquina vuelva a funcionar nuestros cuerpos se desacoplen, se pierdan, se fuguen, se equivoquen, que cometan errores, etc.
        
         Queremos que nosotres mismes nos impidamos olvidar. Queremos poder decir una y otra vez que estuvimos ahí y que no vamos a desoír los deseos que ahora nos habitan: los proyectos, las ideas, etc. Tenemos una tarea política por delante: darle continuidad a los procesos abiertos, darnos los espacios para que todos estos fenómenos excepcionales se vuelvan regla entre nosotres. Tenemos la ineludible tarea de evitar que nuestro habitus nos vuelva para atrás, nos lleve de nuevo a lo acostumbrado, a lo siempre idéntico, etc. Ahora sabemos qué tenemos que exigirnos, con qué tenemos que comprometernos. Habrá que trabajar sobre esas tareas y sobre esas exigencias, pensarlas, discutirlas, que sean una con nosotros.

         Tenemos, desde ahora, nuevas preguntas –nuevas armas- para abordar una y otra vez a la Institución y también a nosotres mismes. Todo este proceso nos dejará disponibilidades, como decíamos, pero también preguntas y voluntades de querer y de no querer. Hay que martillar a repetición: ¿Por qué es así y no de otra manera? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?



Flor, Sofí, Ale, Santi, Juli, Eva, Sofi, Inés, Mariela, Gastón, Lucila,
Tomás, Facu, Guille, Ana, Mati, Rulo, Carlos,  Martín, Ale.

Nota: este testo excede a NDC, aunque remite a nosotras/os y sus derivas. Nadie sabe lo que puede la autoorganización. Se trata de hacer experiencia de ello.

viernes, 24 de septiembre de 2010

El usuario y la toma




“Recuperación de la normalidad”. Esa es la necesidad planteada por las “autoridades académicas” de la Facultad de Ciencias Sociales ante la toma estudiantil. Así lo expresan en dos comunicados publicados en el sitio web institucional (www.fsoc.uba.ar). El caso podría integrar un capítulo de las “Mitologías” de Roland Barthes, al desplegar una argumentación que no se diferencia mucho del discurso mítico que encontramos en cualquier diario burgués.

La toma es presentada como una interrupción de la “regularidad”, una pausa improductiva que genera pérdidas. Pérdida de trabajo (“se han perdido semanas de trabajo”), de stock (“se perdió un 20% de stock de bancos y sillas”), de carga horaria (cada materia “perdió entre el 15 y el 20% de su carga horaria cuatrimestral”), etc.

El escándalo proviene del tiempo muerto, del gasto. Esto último pone en jaque al funcionamiento de la máquina, cuya marcha se presenta como buena en sí misma. Tomar la facultad es impedir el “normal desarrollo administrativo” de la “actividad académica”, cuya producción material es resaltada como mercancía de gran valor (actas, acreditaciones, validación de los estudios, regularidades, designación de docentes, carga de datos, inscripciones a exámenes, entrega de títulos, certificación de actividades cumplidas, etc.).

El retorno a lo normal es un anhelo del poder establecido, algo que se pretende presentar como naturalmente necesario. La toma es molesta, justamente, porque desnaturaliza, es decir, porque muestra que puede haber producción sin máquina burocrática ni autoridades. La apertura de las aulas bajo control estudiantil es una muestra, por eso resulta irritante para la elite dominante. “A los ojos de muchos estudiantes y docentes, la estructura administrativa de la institución y en particular sus autoridades, invisibilizan con frecuencia la importancia de su condición de soporte y garantía de la eficacia de las actividades académicas regulares”, aclaran los voceros oficiales.

Las causas de la toma son sintomáticamente borradas del relato. Por una suerte de elipsis se nos cuenta sobre los numerosos efectos de la acción, las famosas “consecuencias”, pero nada se nos dice sobre los fundamentos, sobre los reclamos concretos. La toma se reduce a un fenómeno aislado, a una situación que no merece ser explicada, un juego ideológico al que también nos tienen acostumbrados los medios masivos de comunicación.

A su vez, la toma es presentada como lo opuesto al “diálogo”. El profesor Caletti nos da un lindo ejemplo de significante vacío. ¿Qué es el “diálogo”? ¿Puede estar alguien en contra del “diálogo”? El diálogo, a secas, no significa nada. Es solo un significante de la plenitud comunitaria ausente, de la famosa “comunidad de sociales” a la que los documentos se refieren como destinatarios imaginarios. La toma, entonces, se presenta como la pura anti-comunidad.

Pero paradójicamente, la toma es lo único que puede hacer advenir una verdadera comunitas. En el don y el gasto están las claves de una improductividad productiva, algo que resultará siempre “anormal” y escandaloso. 


miércoles, 22 de septiembre de 2010

Retorno a la normalidad. Lo que queda(rá) de la toma

 



Retorno a la normalidad
Lo que queda(rá) de la toma

 
Entre la avalancha de intervenciones y pronunciamientos imprudentes que circulan en momentos de abierta excepcionalidad a través del incesante flujo discursivo de la virtualidad postal, un grupo de estudiantes ansiosos por dejar de serlo llamaron a todos aquellos que no se sintieran representados por el devenir de los acontecimientos a organizarse para sacar a patadas en el culo de la facultad a quienes osaron poner en suspenso su tan preciada normalidad. Ignorantes o indiferentes a sus propias condiciones de cursada, así como a las situaciones que de manera cíclica se vienen repitiendo cada dos o tres años en el espacio que ellos mismos habitan, no se percataron de que aquella excepción que aborrecen se inscribe en una norma extensiva (esa misma a la que dicen querer retornar como perro que se muerde la cola) que la instituye y configura. Por nuestra parte nosotras, pesimistas e incrédulas, les aconsejamos tengan paciencia, más pronto que tarde las mal llamadas clases públicas volverán a desarrollarse al interior del estocólmico encierro áulico-estatal. Así pues, los interrogantes que se desprenden y buscan trazar huella que fugue hacia un tiempo por venir, podrían ser los siguientes: ¿cuál será el resto instituido de la presente potencia instituyente?, ¿qué forma tendrá cuando el magma de significaciones emergentes solidifique?, ¿qué sedimentará del cúmulo de experiencias vividas en los últimos días?, ¿qué quedará de la toma de la facultad?

              Como diría el viejo calvo y maoísta, la política es el gobierno de los espacios, de aquellos que habitamos: los campos, las calles, las casas, las camas –gestionados por agrimensores, urbanistas, arquitectos y sexólogos-; y de aquellos que habitan: los cuerpos –gestionados por médicos, estilistas, personal trainers y nutricionistas. La toma del aula 6 de la sede de Constitución y su remarcación como comedor estudiantil recorta una nueva territorialidad en la cuadrícula de la facultad, y apertura en ella novedosas posibilidades de circulación y subjetivación de sus habitantes: las estudiantes. Poniendo a resonar las proclamas del príncipe anarquista, las estudiantes de sociales entendieron que la autogestión del alimento no es sólo condición de posibilidad, sino ella misma máquina de guerra deseante y mutante. Espacio de comida que reconfigura como lugar de encuentro y de circulación de afectos, de intercambio des-mercantilizado, de producción de conocimiento prófugo del dispositivo áulico, de organización autónoma a la división por claustros.

            El espacio disciplinario transformado en comunitario fue expropiado, construido/habitado, recuperado y resignificado por las estudiantes organizadas en comisión abierta, quienes llevaron la moción de la toma del aula a una de las asambleas generales. En la última de ellas, justo antes de que comenzara la fiesta que, como rito inaugural, diera apertura al comedor estudiantil, algunas agrupaciones presentaron una nueva moción para que fuera el Centro de Estudiantes quien se encargara de la gestión del espacio según los modos en que lo hace en Marceloté: designando res-ponsables políticos. Bajo tal idea de res-ponsabilidad subyace de manera tácita la creencia de que las estudiantes autoorganizadas son incapaces de res-ponder por las contingencias que puedan surgir de la gestión del comedor. Niñas bárbaras e irresponsables que requieren del Estado-Padre para que, habiéndose adjudicado el rol de su portavoz, ponga palabras a las travesuras que ellas hacen. O tal vez, en verdad, lo que tales posicionamientos quieran obturar sea la posibilidad de una experiencia de autogestión estudiantil del espacio de la facultad capaz de migrar a las otras instancias de gobierno: otros comedores, fotocopiadoras, apuntes, juntas de carrera, representaciones. Si así fuera, el Centro dejaría de ser centro: devendría puro movimiento. 

 
Primavera de 2010

domingo, 12 de septiembre de 2010

Nadie sabe para qué sirve un aula hasta que se rompe


 




Nuevamente algo se levanta en Sociales, UBA. Se sabe, para que algo así tenga lugar es preciso, asimismo, que algo caiga, se desmorone o sea derribado. Radio Viga dice tener que cambiar su nombre a Radio Vidrio, o, también, Radio VV. Lo que suena de fondo es la precariedad de la vida, cierta inseguridad que nos atañe, que no sabe de claustrofobia alguna y que, de tanto resonar, se vuelve como una pegadiza canción de moda –no sabe de claustros, decimos, también los secundarios la entonan-. El despropósito de una educación llamada pública que es mero papel mojado, puesto que ha soltado las amarras que antaño la anclaran a una serie de inicios, rituales al calor de la univers(al)idad del saber-poder, o, lo que es lo mismo, del Estado-padre. Mas, ¿y nuestra crítica a ese andamiaje institucional? Seguimos participando, luego vemos. Las/os estudiantes se amuchan en las asambleas masivas, deciden los pasos a seguir. Nos preguntamos si el nombre para aquellas instituciones ignorantes de sí mismas, de su potencia instituyente de autoorganización, es el de masivas o multitudinarias, la una haciendo referencia a su carácter de masa, de pueblo/niño que se levanta o desprende del Uno-padre y prefigura un otro; la otra a aquella condición irreductible de las multitudes: una informe multiplicidad sin síntesis, ingobernable y fugaz, una rebelión contra los pastores. ¿En cuál de ambas podríamos hacer encajar la experiencia vivida? Las experiencias, es claro, exceden las etiquetas, desbordan los patrones. Se mueven en un espacio no geométrico, un espacio que no puede ser medido. Inventan, hay que decirlo, siempre cada vez el antagonismo. O, mejor, los antagonismos, los cuales estrechan lazos, tejen y ponen en resonancia entramados maquínicos, disidentes. Digamos, empero, que no por el hecho de coordinarlo todo se trama un vínculo, que esto tiene su propia temporalidad. Pero lo que ahí sucede, sin embargo, se nos escapa –nadie sabe nada, por más que así lo crea (creer, le recordamos a nuestros profesores y sus peroratas, es hacer como si), por más que quieran convencernos de la propiedad de su cifra: variaciones del saber-poder-. No es la exigencia a las autoridades lo que nos interesa –no queremos otros patrones, otra medida-, sino eso que está en latencia, que se nos muestra, en sordina, como el rostro de la potencia antagonista.

La experiencia de asambleas masivas, decíamos, suele oscurecer su  ahí. Lo que allí tiene lugar es inmedible, luego, hace falta traducirlo. Las consignas deben ser claras, ordenar lo caótico de la significación, evitar el malentendido, no hacer preguntas. Una comisión de prensa debe encargarse de todo. Las interpretaciones se ponen a la orden del día. Hace falta un pliego de reivindicaciones con la claridad de la letra muerta. Las asambleas pelean por el Edificio Único. Ya lo tenemos. El eterno retorno de la condición precaria. El Estado nos abandona, hemos entonces de hacerle ver que aquí estamos, persistimos. La universidad del saber-poder, así sea disidente -¿un saber-poder disidente?, ¿no tendríamos que comenzar por pensar nuestro propio plano de inmanencia, las jerarquías que en estos pasillos se ensamblan?, ¿la fábrica de palabras no es solidaria, acaso, del dominio del capital-Estado?, ¿en el origen no fue el saber-poder?-, quiere su reconocimiento, lo anhela: la aprobación del otro. Un lugar en el entramado maquínico. Tenemos nuestras credenciales, luego nos lo merecemos. Hemos hecho votos suficientes para ello. Nosotros podríamos hacerlo mejor, puesto que sabemos.

Las/os que no sabían y, sin embargo, se arrojaron a hacerse preguntas son las/os compañeros de la materia Comunicación III, a cargo del decano Caletti. Se preguntaban por qué no iban a proponer ellas/os la creencia a investigar, por qué tenían que recibir aquella materia a desbrozar sin poder tener decisión alguna sobre cuál de ellas, y por qué. Su iniciativa, entonces, pasó por investigar aquello en lo cual estaban implicadas/os, envueltas/os no sólo ellas/os sino también el titular de la cátedra, quien acuñara la frase ® que daría lugar a la propuesta: la toma de sociales es oportuna. La sospecha esgrimida, adelantaremos nosotras/os, de seguro muy poco rigurosamente, puesto que frente a los neutralismos académicos de la ciencia sin sujeto no mantenemos reparo alguno, es un dejo de impotencia, un no querer aceptar que las/os estudiantes puedan algo prescindiendo de ellos, nuestros sacerdotes. Mejor hubiese sido para éstos blandir la infantilizante carta de la acreditación, o la rigurosidad metódica, allí emerge un tercero: la institución es una localizada ritualidad. El retener en la tristeza es su secreto, regocijo de los sacerdotes.

La máquina-áulica, pues, fue saboteada un instante. Luego, asimilando la experiencia, poniendo las notas pertinentes a un trabajo que se valoriza como si fuera una flexibilización del entramado académico –dejamos por un instante que hagan como si realmente pudieran proponer algo y, además, los escuchásemos- todo seguirá sobre sus carriles, aún y muy a pesar de ellos. No desestimamos la experiencia indicando esto. Decimos simplemente que el dispositivo funciona más allá de los contenidos que se actualicen en él, que pueden ir variando sus tonalidades –la trampa de la cátedra paralela allí se nos muestra-. El ordenamiento de los cuerpos puede ser más distendido, de hecho es un espacio en tensión (los cuerpos siempre están en tensión, se tensan y vibran, son un despliegue de la potencia, una composición común antes que el seguimiento de un a priori [los a priori son agarraderas para la pereza de la servidumbre voluntaria]), por eso puede ser excedido, y lo es en situación áulica. Las cursadas no son tristes pasajes por una aplanadora línea de montaje que todo lo empaqueta: la iniciativa autónoma que escapa al aplanamiento es muestra de la potencia antagonista, que es exceso de lo que se puede, desborde de toda institución. Un espacio de múltiples relaciones de poder –y de una erótica del poder, asimismo, puesto que se trata de cuerpos, afectos-. Tironeando del dispositivo, destejiendo sus bordes se abren incorporales huecos. Romper el aula. El dispositivo-áulico que nos trama como sus pliegues gramaticales, que no es lo mismo. Si fuera preciso, a martillazos.

Romper el aula. Hacerle sabotaje a la máquina. Que el fantasma de Ned Ludd se rumoree. Crear mil clases públicas, no estatales. Clases sin patrón, si se quiere. Aquello también se está ensayando en la construcción de un comedor estudiantil en la sede Constitución. Un espacio recuperado (o, mejor, invención del común, puesto que antes de él era sólo un interrogante) por las/os estudiantes autoorganizados, sin patrón alguno. Habitar el espacio, activar sus devenires. Hacer emerger el rostro de la potencia antagonista. Nadie es propietario de ningún secreto al respecto. La potencia es el privilegio de cualquiera. El aula reclamaba aquello y no lo sabíamos. Estaba ahí y no lo sabíamos. Nadie sabe para qué sirve un aula hasta que se rompe.